Palabra mágica

 

“Lebracu Daguar Minosca”, mi verdadera vocación ha sido la hechicería,

la alquimia, la metalurgia,

Es decir, transformar. Siempre me ha gustado que las cosas sean de otro modo,

no sólo la poesía. Quisiera convertirte, ahora mismo, en un bello Unicornio.

Así podríamos, tú y yo, conocer los unicornios.

Mis primeros juguetes fueron un alambique, una retorta, dos kilos de pólvora,

una piedra de azufre, un mortero.

Fabriqué cohetes de lujo, aparatosos truenos, inquietos buscapiés, dulces bengalas.                     Practiqué la vivisección, las aleaciones, las fundiciones.

Me valí de los conjuros, la cartomancia, el incidente.

 

“Mequepor Résque Carpi”, hice pacto con el diablo pero no me cumplió; no tiene seriedad.

En la oscuridad del bosque, alta la noche,

la cocción de un gato negro, arrojado vivo al agua hirviente.

Saco un hueso, pregunto si es ése.

“¡Noooooo!”, me responde bronca voz, en la cima del bosque.

Saco otro hueso, con mano temblorosa.

“¡Noooooo!”, me responde de nuevo la voz incognoscible.

Cuando por fin apaño el hueso en el que está inscrita mi suerte,

el bosque entero se desploma en una catástrofe de gritos y maldiciones

y salgo más que corriendo, empujado por el huracán.

Al fondo de la casa, en la linde del monte, oigo que alguien viene por los techos,

arrastrando un viento frío. Se quiebran las tejas.

“¿Caigo?”, me preguntan. “Caiga, ¡pero no en mi cazuela!”,

le respondo con voz imperturbable.

Avanza por encima del zaguán, cruza la mediagua del salón, traspasa el caballete. “¿Caigo?”, me preguntan de nuevo, cada vez más cerca.

“Caiga, ¡pero no en mi cazuela!”, respondo imperturbable.

Cruza sobre las alcobas, el comedor, la cocina. “¡Ya estoy llegando! ¿Caigo?”

“Caiga, ¡pero no en mi cazuela!”

 

“Biendosa Lasosque Tracon” la cosa se está poniendo buena.

 Manitos de azabache contra el mal de ojo;

el nido del pájaro macuá para la suerte en el amor.

Si el caballero o la señora desean un amante, sigan por esta puerta,

espérenme allá, tengo el conjuro, tengo el ungüento, tengo el bebedizo,

el talismán y la oración.

Un tratamiento con base en la hiel de la salamandra

 y el corazón de la golondrina es infalible para atraer a ese hombre arisco que la hace sufrir.

Tenga paciencia, mi señora, confíe en mí, ese hombre vendrá de rodillas a sus pies.

Déme su nombre, déme su escarcela, supongo que me trae un regalo.

Es usted muy amable, yo no trabajo por interés sino por la felicidad del prójimo.

Le devuelvo su escarcela, cuente conmigo, ese hombre la está pensando, mañana será suyo;     que pase la siguiente, bienvenida señora, ¿en qué puedo servirla?

 

“Lade Lebracu Ralco”, le tengo la contra para que su princeso no se enamore de otra.

Dos gotitas en la coca-cola, no se preocupe, no se notan.

Y este polvillo para el café. Es un encantamiento;

su princeso la seguirá dócil como un perrito.

Cuando se canse de él, no lo dude, venga, hágame otra visita,

yo tengo la cura para todas las situaciones.

Mientras usted se conserve bella (y rica) la magia funciona, esté segura.

¡En estos tiempos hay tantos hombres decididos a dejarse atrapar!

 

Profesor Jaramillo, de lunes a viernes, de 9 a 12 y de 3 a 6.

Sábados y domingos no me pregunte qué hago.

Problemas en el amor, problemas de salud, problemas de dinero,

problemas de trabajo, la poesía lo resuelve todo, la poesía hace milagros.

Pero sólo la mía, fíjese bien, ¡no se deje engañar de la competencia!

 


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