EPÍLOGO
 

El show llegó a su cúspide cuando el vigilante me llevó hasta el taxi. Me sostenía del brazo, mientras su corazón debía henchirse de bondad. Sus ojos denotaban compasión y preocupación.


Ya en el taxi me aseguró en el asiento trasero, colocándome los billetes en el bolsillo de mi chaqueta.


Por un momento pensé que me delataría a mi mismo, por la media sonrisa que se me escapaba, y que por un momento estuve seguro de que él se había dado cuenta.


Dos frías gotas resbalaron por mis sienes. Los latidos de mi corazón parecían temblar en todo mi pecho y sobre la mano del vigilante.


Sentí terror de abrir los ojos y encontrarme con un rostro furioso y decepcionado.
Escuché dar mi dirección al conductor y cerrar la puerta suavemente.
Pude abrir los párpados y observé que su rostro seguía igual de crédulo.

Cuando el coche se detuvo frente a mi apartamento, el conductor me ayudó a bajar y llegar hasta la misma puerta.

Al entrar en mi casa sentí una extraña sensación. Ni risa, ni nada, ni alegría o desgracia; ningún sentimiento humano cruzó mi desgraciado cuerpo. Solo pude tumbarme en el sofá, inerme, cansado...
No pensé absolutamente nada. Nada sentí.

Cuando el reloj repicó en su caja de madera indicando que amanecía, me di cuenta, de que estaba muerto.
Y reí.
 


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