Servilletas

 

Diálogos

  

-         ¿A y B es igual a C?

-         No, es igual a AB. ¡Cómo carajos obtuviste una C de dos cosas que, aparte de letras, no tienen nada en común!

-         No sé, lógica formal, esos dulces que comemos cuando niños

-         Míralo al Marco este formando recursos literarios con base a una simple abstracción literaria.

-         Qué no todo es literatura

-         Ojalá que no

-         Ojalá  

-         Pero me intriga la pregunta, porque eso de A + B

-         Justificación numérica de la raza, si simplificaba todo a una formula podría entender un poquito sobre las desigualdades sociales y esas cosas que a veces carcomen la cabeza

-         ¡Pero hombre! ¡Que positivista! ¡Eso es de hace dos siglos, no somos números por amor de Dios¡

-         Sin embargo fuera tan bonito, ponte a pensar, si fuéramos números seríamos el resultado de operaciones previas, estaríamos de plano establecidos y de ninguna forma podríamos dejar de ser el número que somos; yo un 6 jamás dejaría de ser un 6 aunque mi corazón deseara con todas sus fuerzas ser un 24, y en dado caso, sólo juntándome con otro número que sumado conmigo diera 24 alcanzaría, sin la plenitud pues eso es personal, mi sueño.

-         Una clase de comunismo aplicado ante la realidad del caos, ¡casi no pides nada chico!

-         Talvez suene utópico, pero imagina la formula, el patentar la formula para resumirnos, el dinero que nos haríamos

-         ¡Ah maldito alquimista! He ahí la intención, la piedra filosofal para volvernos millonarios con lo recién creado.

-         Escuditos verbales para que no me puedas ver mejor

-         Lo sé, desafortuputamadre lo sé

-         Dame un cigarro

-         ¿Sabes hombre? En el fondo no sos tan malo

-         Ojalá que muy en el fondo

-         Ojalá

 

Aft-her

 

 

(a qué delicada sin razón obedecen a veces nuestros pensamientos. Por qué desazonada ilusión nuestro corazón se ve encarcelado por ayeres que se extienden hacia un futuro –es curioso, existen ayeres y mañanas, pero no existen hoyes-. A qué dolor antiguo que se forma respondo hoy en este momento, qué capitulo sin cerrar, qué manera....)

 

     Escribo su nombre con mi dedo en las paredes, sabiendo de antemano que apenas termine de dibujar esa silueta dejará de existir. Talvez sea la solución, un principio de olvido. La negación de existir al separar mi dedo de la pared. Pero me preocupa el acto, el saber que a pesar de el tiempo respondo a ella. Y no es tan malo, solo que, tengo aun el impulso de escribir en un gesto idiota su nombre en una caligrafía inexistente.

 

    Extender su recuerdo innecesariamente a paredes inocentes que la devuelven como espejo.

  

    Fui a la antesala a traducir unos versos de Kavafis por puro aburrimiento y ganas de apostarle a los humanos como a los caballos y me siento y pido una coca cola y algo extraño se apodera de mi, se asoma como una meopa de nostalgia pero no es eso, va más allá, se coloca entre mi pecho y afecta la motricidad de mis manos. Resuena en mi cabeza la voz de mi papá diciéndome “es que tú eres un filosofo” e imágenes de tiempo: unos calamares que comí en un restaurante italiano, unos boletos al cine y la esperanza... y me pregunto se algo de todo esto sirve para algo, para algo fuera de mi. Está claro que esto soy, que por esto “resulto” pero ser, sólo es lo que transcurrimos / transcurriremos. Resultamos lo que interiorizamos, lo que hacemos nuestro y por ser nuestro no es de nadie más. Postura egoísta que me convierte en este intento de “extensión de mi” en estas súplicas o letras que intentan traspasarme y darte un poco de ese “eso” que me hace ser lo que “soy”, no para que comprendas o contextualices, sino para sentirte cerca, para acortar las distancias “transcurridas” por cada uno de nosotros cada cual en su vida y ver si algún día estamos cerca y (pero porque concluir la idea, mejor la utópica partida desde aquí, con la absurda suspensión de los puntos para llenarlos, para demostrar que estamos TAN lejos de ese punto que decir lo que fuera estaría equivocado, mejor esperar, ver si llega la respuesta y el qué sucede, si no es otra teoría errónea del destino, otra jugarreta del mundo y ves que a pesar de mi soy un idealista. Pero no puedo detenerme, no puedo marcharme en el Allegro cuando la Sinfonía promete un delicioso final)

 

 

Para viajeros

 

    Si acaso por detalle del destino llegasen a acercarse durante su visita a Mérida al café La Antesala un Martes por ahí de las 930 de la noche, no deberán asombrarse por lo que podrían llegar a ver, ya que gracias a la variedad de seres que resultamos se darán cuenta que Dios suelta sus pinceladas de colores sobre el genero de parroquianos que asisten al café.

 

Por ejemplo podemos ver:

 

 

    Entonces, como sugería, guarde precauciones, tome medidas y salga con el cambio justo en el bolsillo, no vaya a ser que tentado por la diversidad, usted caiga en la ilusión de que es normal, e irremediablemente se vaya al carajo.

 

 

 

Ventanas

  

En esas habitaciones oscuras donde vivo

Pesados días, con qué anhelo contemplo a veces

Las ventanas. –Cuándo se abrirá

Una de ellas y qué ha de traerme-.

Pero esa ventana no se encuentra, o yo no sé

Hallarla. Y quizá sea mejor así.

Quizá esa luz fuese para mi otra tortura.

Quién sabe cuántas cosas nuevas mostraría.

 

Konstantinos Kavafis

  

 

 

P.O.V.

  

    Una hoja en blanco doblada a la mitad donde escribo horizontalmente con mi pluma “Pilot” lo que lees (a tinta negra, siempre a tinta negra) sobre una mesa blanca. A mi izquierda una máquina de escribir Olymipia que he tenido desde siempre. A la derecha una cajetilla de Marlboros nueva, al frente una lata de coca cola y uno cenicero lleno de colillas. Más atrás, a la derecha, hojas que he escrito sobre hojas en blanco HP Office de 500 (paquetes convenientes). Atrás a la izquierda, una caja registradora donde guardo lo que escribo (qué irónico) y sobre ella dos libros, de Cortázar y Paz creo.

 

    Yo sobre una silla frente a la mesa. En mi mano derecha la pluma y la izquierda agarrando el otro extremo del papel. En mi muñeca una cinta de color café. Más arriba, por mi antebrazo, una cicatriz producto de una navaja y una mano hábil. Una camiseta roja con mangas blancas y el cuello negro. Unos boxers amarillos con cuadros naranjas en los bordes y las piernas cruzadas a la altura de los pies. Vellos en las piernas y en la espinilla izquierda una cicatriz por darme cuenta que no podía volar. Afortunadamente no puedo ver mi cara, pero mi sombra despeinada me adivina o se me parece.

 

    A mi derecha, fuera del espacio antes descrito, está mi cama. Un edredón azul arrugado cuelga del extremo inferior derecho, al lado de este, casi debajo, mi katana. Sobre la cama libros de Lu Sin, Darío, Alberti, Baudelaire, Pavesse, Bukowski, Pessoa, Safo y Cernuda, en desorden. Bajo en una hoja escrita a máquina. Más allá de la cama, siempre a la derecha está....

 

 


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