Selene


Selene
o
Identidad de la joven pintora
 

I


    Selene ya es fea. ¿Cómo espera oler una rosa que alguien le regale? A la edad que tiene, es imposible despertar un poco de amor, de ternura, de deseo. Diecinueve años son mucho, la inocencia muere cuando en la temprana mocedad nacen las primeras frases: “Mamá... quiero que mi voz florezca en extensos jardines, los hombres como abejas agiten sus corazones como alas extendidas”.


    Selene siente que está sola. Se fuma un cigarro de polvo sin filtro y exhala vapores lastímeros de sol. Porque la vida vale cincuenta centavos. Su mano morena entra por debajo de la blusa y en medio de los senos seca el sudor que la pica. Luego se queda dormida con las piernas laxas de mezclilla raída. Cabello apenas ondulante por el tacto vespertino. Selene despierta invadida de colores, matices oscuros que derraman las nubes como sal sobre los ojos. Pero siempre una línea blanca sobre el nombre propio, una mancha roja que representa un pétalo sobre el hombro femenino, el aroma de un beso frío impreso como herida en la aureola de la luna calurosa. Selene abraza las ideas. El color no abarca la vida. La ausencia de color... Selene quiere caminar. La palabra no es el primer soplo. El sonido de los pasos no escuchados es la onomatopeya de lo indecible. Selene tiene algo más que dos piernas, tiene miel agridulce salvaje para entramar su cuerpo en la tela de una sábana inconsciente, cuerpo bañado de estertóreas madrugadas. Lleva sus dedos a la tintura: el negro de su pubis, los pezones para esbozar los latidos del viento. Cualquiera diría que simplemente se masturba. Sólo ella reconoce las fronteras del lugar irrepetible.


II
 


    Mientras más desinteresado, más valioso es. Háblame de una vela cuya luz semeja un frontón sobre el alfeizar del miedo; de la acera que acaricias con los glúteos mientras amas la sombra de las jardineras. Dime que no quieres ser o hacer el reflejo de nada, sino crear y al mismo tiempo descubrir el universo oculto de tus ojos. Aquel objeto nuevo pero eternamente conocido, terrible a la vez que placentero, crear existencias independientes e indefensas, quedadas en el cansancio de una sola postura, peligrosamente insinuantes a tomar otra, saltar de pie a pie llorando preguntándose por qué no estará muerto, llenándolo de odiosas dudas o dudosas valentías.
Siempre puede destruirse al material creado. Arlequines, títeres y hombres por igual son propensos a la incineración del viejo amor que se desprecia. Y después... la soledad.
Ya sólo queda un árbol que gime de dolor como nosotros, porque ignora y a la vez sabe demasiado; el tiempo, que lo desgasta con lentitud infinita le permite pensar hasta cansarse. Árboles: pinceles desdeñados. Piedras: pintura endurecida de abandono.
¿Y todo para qué?
 


III



    Hay sonidos específicos que abren puertas en la realidad hacia un espacio onírico difícilmente traducible en hechos. El subconsciente, ¿es un plano que almacena emociones del conciente?, ¿o es que la vivacidad del subconsciente (hipotéticamente un estado primitivo) nos ha llevado a la llana existencia que nos ocupa?
 

    De cualquier modo, dichos sonidos, producidos en combinación con otros externos, espaciados y entonados en timbres únicos, abren las puertas. De pronto estás ahí.
 


IV
 


    De pie, ante espejos rectangulares y blancos. La búsqueda empieza en la nada; el encuentro está en los roces, marcos de “algo” que nos abruma; a veces violentos, otras suaves y finos. Cuando dices ¿y todo para qué? Se precipita el tiempo sobre campos mentales afelpados. Abrázame. Los garabatos reunidos no me explican nada. Sólo entreveo un camino bifurcado entre líneas, que semejan nubes donde aparece un rostro omnisciente. A la derecha (se puede ver mientras se rasgan nuevos trazos) hay una botella. Si caminas a su lado, te deslizas como pluma, penetras en el cristal. Adelante hay un arco de verde hierba que te vuelve gaseosa; al contacto de la luz tu sangre se condensa. Luego corpúsculos informes y multiformes. Tu garganta se irrita, te agachas y cierras los ojos unos instantes. A tus pies hay cactus de agudas espinas. Pereciera que tomaste el camino de la derecha, pero no te has movido aún.
 

    A la izquierda hay un rostro de mármol sin pupilas. Su cuerpo es de aire. Te tropiezas y caes en sus brazos. Ves aullar un lobo a distancia con garganta de madera y voces de los ecos sólo hallables en profundas cuevas. ¿Volver atrás? La puerta... se ha fundido con tu cuerpo.
 

    Lo demás es ocasionalmente concreto. Casi siempre (¿cuánto tiempo ha?) eres un estado, estadio, ente conciente de su inconciencia. Eres un “algo” suspendido entre vapores taciturnos. Como la yema de un huevo cuyo rompimiento es una cuestión banal. Ya eres libre ahí, ya exploras riscos, montañas y valles y vuelas acariciando las olas de los sucesos, cada una la interjección, la fricción entre tu umbral y otros, o el tuyo con las alas muertas de muchos. Nuestra realidad a un cementerio puede compararse.
 


“Estamos aquí desde el principio de los siglos.
Estamos aquí como olas, es decir, no estamos...
...cada ola bruta empuja a sus hermanas y todas regresan...
...nosotros no importamos para el mar.
Somos efímeros, intrascendentes.
No obstante,
Protagónicos”. (-Jorge Antonio García Pérez)

Lengua fugaz que saborea su propio jugo.
 


V
 


    ¿El rostro marmóreo, el lobo, la puerta ausente? ¿Por qué ya no los recuerdas? Sólo reconoces los brazos en que caíste, un aullido de proveniencia ininteligible, la búsqueda, la terrible sensación de no saber si la búsqueda fue en lugar conveniente.
Hay una gran piedra que al llorar su erosión te hace mirar hacia arriba. Sin darte cuenta, poco a poco estás más cerca de tocarla. Le preguntas... Antes de pronunciar, una voz dice: “Cuando me toques, habrás de conocer el sexo de la eternidad, lánguido, suavemente enhiesto, siempre complacido; otrora espasmódico, semejando irónica agonía pero increíblemente vivo”. Y la tocas y empieza a brillar. Eres lágrima de un ojo de la oscuridad. Tienes el halo creador. La voz lo sabe y concluye: “Una vez adentro, contienes este espacio. No busques la puerta fuera de ti, cuando ahora puedes ser una puerta”.


    Mientras sigues garabateando, en el espejo blanco, donde la búsqueda comenzó, donde preguntaste ¿y todo para qué?, en esa búsqueda que empieza por encontrarse a uno mismo, te has creado como una rosa. Ahora sabes que la bifurcación derecha también está en ti; ese camino corto, pero peligroso, amenazante, delicioso que en ocasiones se enlaza con el cuerpo de la belleza. Al fin y al cabo eres un ser humano.
 


VI
 


    Selene vuelve a su contemplación. Su cabello es nuevo, su piel es una extensión de los jardines de allende, sus labios brillan. Desea besar al amante que aún no conoce...

 


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