Puzzle
...mientras paseaba sus dedos
en los flancos de ella sabía que quizá ya era muy tarde, que debieron haberse
dado tiempo para conocer qué opinaban de deportes, a qué equipo le iban los
domingos cuando se liberaban de la presión cotidiana del trabajo en exceso, o
cuál era su obra preferida de Sarraute, que si bien Flaubert era un tema en
común y era tan lindo sentirse dentro de la mirada del otro, hubiera sido bueno
saber que era la indicada, o tener cierta seguridad, cierta certeza (pero la
certeza, sólo una palabra).
Sonó el despertador y era
tarde. Miguel se había quedado dormido hasta muy noche viendo un documental de
la National Geographic y se desveló en un grado que es en absoluto recomendable
en épocas de trabajo, maldijo su mala suerte y corrió a la cocina a prepararse
un café. La encontró sucia, tal como la había dejado. Esperaba quizá que alguna
hada apareciese por las noches y lavara los platos y todo mágicamente se
solucionara, pero nada, sucia y deslavada, su cocina. Hirvió el agua mientras se
cambiaba, imaginaba la cara del Jefe, ese estúpido que olía a alcanfor y a
licor, y su reclamo, “que por qué llegas tan tarde”, “que si no fuera por el
dinero que te pago mal agradecido”, qué lo que fuera, él no sabía (o no quería
saber) que de no ser por Miguel la transacción del semestre pasado no hubiera
sido posible y probablemente todos los de la oficina estarían comiendo
porquerías y atendiendo en autoservicios, pero no, dada su habilidad todos
podían seguir viviendo en ese mundo de camisas de marca. Preparó el café lo más
rápido que pudo y se lo bebió de un sorbo, se quemó la lengua y al salir se
golpeó la rodilla.
Era tan hermoso de veras, el
tenerlo ahí dormido como un niño acurrucado, dejando que ella le meciera los
cabellos a su antojo y que los cabellos de él se enredaran tan gentilmente
dentro de sus manos. Y su respirar tan calmado, hasta el momento en que un
reflejo muscular involuntario le hiciera moverse de improviso, y gimiera un poco
por estar viviendo allá, en aquella frontera que es el sueño, último lugar donde
ella no podía estar. Arriba era de noche, en algún lugar las gentes dormían y no
lo podía soportar, no podía no estar con él en esos minutos donde el sueño se
colaba. Lo tocó hasta despertarlo, él le dijo bruta, tonta. Hicieron el amor.
Ana adoraba los paisajes, había
comprado tres o cuatro y los miraba antes de salir de su cuarto, le daban buena
suerte, creía, o por lo menos la hacían sonreír.
Tocó el cronometro, una jugada
sorpresiva lo había puesto en problemas, su reina peligraba y si la movía
inadecuadamente seguro daba una oportunidad ante el enemigo, y el cronometro
intolerante, tic tac, tic tac, había que pensar pronto ¿defensa? ¿ataque?.
Había sido en un viaje a
Francia donde conoció a Marcel, no era muy guapo pero tenía un no sé qué y esa
sonrisa y eran tantas cosas, el nombre de las calles (la Rue des Prince, donde
supuestamente Flaubert había amasado sus poemas), los aromas de los vinos, la
inagotable variedad de seres y colores y las lluvias melancólicas de París,
sumado al gusto de saberse juntos, viviendo así, como pobres comiendo mala
comida en lugares escondidos, como pobres de si necesitándose en el otro. Fue
tan triste irse de París, fue cruel alejarse de todo pero Marcel, tan lindo,
quizás era por eso, al irse le había regalado un paisajito.
Odiaba viajar en metro, las
cosas que se veían, el frío que no inventaba y se colaba entre todas las gentes
perdiéndose en ese aroma... pero en fin, tenía que llegar a tiempo al trabajo, y
lo más rápido (lo único efectivo al momento) era el metro. A su izquierda una
señora con cara de ratón lo miraba fijamente, explorándolo con sus ojos feos y
su cara mal maquillada. No pudo evitar inventarle alguna historia, seguramente
trabajaba de secretaria en algún lado, ganando cuarenta pesos diarios y vivía en
una casucha alejada donde cocinaba huevos con tómate para sus hijos, los cuales
comerían presurosos para ir después a hacer los deberes, y ella quedaría sola,
en espera de su marido que seguramente se habría ido con sus amigos a tomar en
alguna cantina hasta emborracharse y agarrar valor para contar sus penas, y
cantar y elegir a una prostituta que le cobraría cien pesos por cinco minutos en
el callejón y él se iría, regresaría tranquilo a la casa, se recostaría tan
tranquilo en esa fría cama.
“El tiempo es una alegoría”
intentaba convencerse. “Un invento practico para esquematizar el día”. No
importaba, no era nada, un juego de segundos que rayaba en el concepto y vaya
que no soportaba los conceptos. Risible talvez, aprehensible por supuesto, pero
era tan lindo tenerla ahí, desnuda, asomando poco a poco el ritmo que habrían de
tomar para deshacerlo todo y era increíble. La había conocido por la mañana, en
la calle, con la prisa característica de las calles en la mañana, y al verla se
había olvidado de todo, ya habría tiempo para las excusas. Se acercó y le pidió
permiso para invitarla a tomar un café, ella aceptó y le pareció magnifico
cuando ordenó una coca cola, podría significar que le había gustado y que
deseaba pasar más tiempo con él, podría significar nada pero somos una raza
simbólica, clavamos simbolismos donde podamos y ese acto, ese pequeñito acto de
no tomar un café sino una coca cola podía ser un símbolo de algo más y valía la
pena creerlo..
Decidió mover un alfil, cuatro
cuadros en diagonal hacía abajo, de esa manera el enemigo tendría que mover su
caballo si deseaba tener a la reina, pero dejaría descubierto a su rey para un
ataque certero y momentáneo. El rival tendría que replegarse, no había más. Tocó
el cronometro y la gente reunida alrededor de ellos miraba atenta, esperando con
la mirada.
Aceptó por la sed, realmente
los días se habían vuelto calurosos y había aprendido que no todos buscaban algo
más de ella en la vida. Se sentó, miró a la calle y vio los coches que
deambulaban como peregrinos de algo nuevo, de la prisa que devora a todos en
cierto tiempo. La prisa no es tan buena, no deja ver los pájaros ni las hojas ni
los detalles tan bonitos que carga el mundo a todos lados, alzó la mano y pidió
de tomar mientras reparaba en la gente amontonada que estaba en el parque.
Bajó en la estación
correspondiente, apenas pudo contener el vomito cuando vio a un borracho
vomitado en el suelo que dejaba todo apestando a alcohol. Huyó a las escaleras a
toda prisa hasta que un cartel le llamó la atención. “¿Sufres de hemorroides?”.
Se río como desde hace tiempo no lo hacía y para demostrar su buen humor le dio
un peso al limosnero sin piernas de la salida.
Basta conocer al mundo para
odiarlo, ver como se deshace en cada una de sus partes y se reinventa de nuevo,
no siempre siendo agradable para la vista. Un ejemplo, la
gordavacacaraderatónmalmaquilladaquenoseparalavistaqueexasperatanto. Desvío la
vista, mejor ver las luces que pasan de pronto, cantar una cancioncita en mi
cabeza, pensar en los partidos políticos, en el mar que en algún momento ha de
comérselo todo, en la guerra hasta ahora frustrada que intento Estados Unidos
contra Irak. Pienso lo que fuere, pierdo lentamente lo que queda de mi en esta
oscuridad.
-... y lo del once de
septiembre es imperdonable, no sé cómo un pueblo puede atentar contra otro de
esa manera -
-Es irónico y onírico pensar que a toda acción
equivale a una reacción, pero tenemos que considerar que los afganos estaban
reprimidos desde antes, desde siempre y han sido un pueblo guerrero, pero oye,
¿te gusta Sarraute? –
-Algo, pero prefiero lo menos filosófico. Me gusta
la fantasía, Ende, Gaardner, cosas que me hagan entrar a su mundo como árboles
forrados de sueños –
-Me sorprende encontrar algo de sueños en estos
días –
-Todos soñamos. Oye, ¿puedo decirte algo sin que
te espantes? –
-Claro –
-Tienes los ojos más hermosos que haya visto –
-¿Dices eso siempre? –
-Sólo cuando los encuentro –
-Vaya uno a saber lo que encuentra de cuando en
cuando –
-Pero tus ojos, ese color... –
-Cosa de mi madre –
-Bendita, cuál es tu libro favorito –
-Madame Bovary –
-¿Flaubert? –
-Sí –
-Que curioso, el mejor final literario es el de
-Faubert –
-¿Puedes resumirlo?
-En otra vida o cuando seamos gatos...-
Era tan tibia su mano, no
sudada, ni por el calor, tibia de bonita, de coqueta, de alegre de tomarme, de
llevarme a mi que aunque soy independiente me gusta a veces saber que me lleven
a ningún lado y yo que allí voy, dispuesta a conservarlo todo en ese rinconcito
mío que es la memoria. Y quizá suene romántico porque el romance está en desuso,
pero sí, dejarse llevar por un momento que quizá lleve a otro y si no qué
importa, su mano estaba tibia y yo la quería en la mía, sujetando la mía tan
independiente y solita. Caminamos mucho en un parque que probablemente tenía
nombre, caminamos tanto hasta ver a dos tipos ensimismados en algo durante largo
rato mientras la gente los devoraba con los ojos, fue una pena que al llegar
acabara todo, quizá era un show, un performance, algo divertido y conservable
pero llegamos tarde, ese tiempo de mirar no nos toco pero si alcance a ver como
la gente empezaba a aplaudir y también aplaudí, largo rato, hasta que mis manos
se pusieron rojas y la gente me miraba divertida. Al final estaba tan cansada.
La televisión tiene algo de
hipnótico, de imágenes que llegan desde lejos y que no parecen reales, de
absorbente y es que es cierto, como dice Sattori, que la televisión rompe con la
tradición oral e impone la nueva, la visual. Que cuál será mejor es otro tema,
ya que yo, cansado de juzgar, no me alimento de los juicios que hacen los demás,
es tan trillado pero bueno, estoy cansado y harto y prendo la televisión y ésta
me regala imágenes. Nada bueno, infomerciales, noticias del clima y ciertos
eventos, caricaturas que ya no vale la pena explorar y me pregunto, ¿será
posible que esta comunicación visual forme un progreso similar a la que logro la
escrita (que en su forma más pura es oral) con la ilustración? ¿o será que al
contrario nos aletarga en el milagro de dar las cosas como dadas? Pero mira, un
documental, algo bueno entre lo malo, es sobre los Tigres de Bengala en un
parque nacional Africano, hay que verlo si no para formar conciencia, sí para
que me acompañe con su sonido hasta que me venza este sopor. Pongo el tiempo de
apagado automático en una hora, cincuenta y nueve minutos cincuenta y nueve
segundos, cincuenta y nueve minutos cincuenta y ocho segundos, cincuenta y nueve
minutos cincuenta y...
Salí nada más a tomar unas
fotografías. He oído desde siempre que la vida es como una película que se va
formando mientras pasamos y que al final Dios nos dirá si nos ganamos un Oscar o
si apenas llegamos a los Arieles, o talvez que alcanzamos el grado máximo de
expresión pero creo que son tonterías, la vida es más fotografías que cinta
vista a través de un aparato proyector. No recordamos todos los hechos, si no
imagina qué circulo, recordamos todo un día entero y se nos fue todo el día en
recordar y entonces qué recordamos, el día recordado o a nosotros intentando
recordar. No, la vida es más fotografías recortadas y guardadas en la cabeza,
fotografías que en el fondo nos permiten recordar con tan sólo verlas y decir
entonces sí, que bonito fue, o en su defecto, velarlas con el esfuerzo requerido
o guardarlas en un baúl donde nadie puede entrar. La vida son fotografías
preciadas o importantes que uno guarda en la memoria. Pero la vida tiene tantas
formas de sorprendernos, y entonces hay que tener la cámara en la mano, por si
acaso, por si se nos fuera el momento, como cuando salió de las escaleras y me
vio. Esa fue toda una señal.
Quién inventa las cosas o por
qué existen, de dónde viene todo o hacía dónde va. Cosas paulatinas que se
pierden en la mente en esto que es pensar. Circulo de nada, arquitectura vacía y
viciada por las formas que tenemos, porque ya no nos es preciso sorprendernos al
despertar y decir que fue un buen día, hemos endurecido el corazón a los
milagros y ni que un sapo nos brinque a mitad del camino nos asombra, quizá es
un príncipe rogándonos ayuda o un mal augurio, pero ve tú la reacción que
tenemos de salir corriendo o matarlo con escobazos o el zapato.
Estaba tan dormido y ella
estaba tan dormida, pero no, de pronto me mueven el hombro y a pesar de estar en
una playa salvando ballenas presas de un mafioso tenebroso que dominaba todas
las técnicas del karate me despierto, gesticulo, no me saquen de ahí, no sean
brutos, tontos, déjenme salvar a las ballenas que mi karate es el mejor. De
pronto un beso, un escape potencial a la quimera y una lengua, abro los ojos y
está ahí, dándome todo, me defiendo pero no quiero, me dejo tomar, inventar en
esta noche porque quizá no exista el mañana donde despertar, y todo sea parte de
un enorme sueño que alguien tiene y donde hay que vivir a toda prisa antes que
suene el reloj despertador.
Decidieron ir a caminar al parque, que si bien no
era precioso era el indicado para pasar un día como ese caminando bajo el sol.
Habían llevado consigo las bebidas correspondientes y miraban a un mimo hacerse
el encerrado. Vieron globos de muchas formas y colores y a los niños que
lloraban porque no les querían comprar uno. Platicaron de tanto y de nada. Se
sorprendieron por las aves y los cantos y el estanque y por una multitud reunida
en torno a algo, se acercaron pero era tarde, la gente se retiraba y sólo se
podía interpretar que había sucedido por el tipo que estaba aun en medio, quien
sonreía complacido y orgulloso y que de pronto se volteó hacia ellos y los miró
extrañados, regalándoles una sonrisa.
El rival decidió ir al ataque,
fue por la dama, tocó el cronometro y el alfil en una rápida disposición de
fichas se situó en el lugar preciso desde donde se podía dar la estocada final.
El rival miró sorprendido el movimiento predispuesto desde antes, y con una
mueca que simulaba una sonrisa balbuceó algo in entendible. Acercó su mano hacia
su rey y lo dejó caer.
No sabía si invitarla a pasar.
¿Qué pensaría? No quería que se fuera pero tampoco quería asustarla, hacerla
sentir incomoda. No hizo falta, ella pasó, se instaló cómodamente en el sillón
de la sala y se pusieron a platicar. No necesito bebidas, no necesito mentiras
ni hablar de su trabajo. Ella se entrego a él como un pez al agua y él la
recibió, abriendo sus puertas de par en par. Fueron a la habitación donde hace
un rato acababa de salir a toda prisa de un concierto de deberes en la mañana y
que ahora no importaban, y ella reparó en un cuadro que él tenía. Era una foto
de las montañas de Canadá con un mensaje positivo al pie de la misma que un
amigo le había regalado, ahí se enteró de que le gustaban los paisajes y que
debido a uno ella jamás podría ser la misma. Hablaron y se desvistieron e
hicieron el amor. Pero mientras se tenían desbordaba la pregunta de si era
correcto, de si existiría un mañana donde descubrir que todo era lo indicado.
Manía de preguntar para tener seguridad, dar las cosas como dadas, como ciertas,
como abordables pero que aburrido, dejarse llevar, única opción dentro de tanto
mundo y tanto encierro...
- Me trae un café por favor –
- ¿Y a usted señorita? –
- A mi tráigame una coca cola –
Se levantó triunfante del
asiento, alzó las manos y la gente rompió en aplausos. Había ganado tras horas
de batalla en ese terreno absurdo que es el ajedrez, pero había ganado y era
bueno, recibir el triunfo, saber que era el mejor. La gente le aclamaba y
vitoreaba. Poco a poco se empezaron a ir y el silencio fue dando paso a la breve
respuesta que es lo efímero de todo. Pero se escuchaba a alguien aplaudir como
loco en la distancia, volteó y vio a una pareja donde la mujer aplaudía y
aplaudía y era lo mejor, el único pago que se extinguía apenas en minutos. Pero
esa mujer, ese cuadro de alguien entregándose en un aplauso era algo que
llevaría en la memoria. Aunque dentro de quince años no importara.
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