Pollitos

 

    Tarde, calor. Uno de esos días donde uno no quiere ni moverse pero la necesidad impulsa, y maldita necesidad al servicio de los servicios públicos que me obligan a levantarme en estas tardes de calor cuando no quiero hacer nada tan sólo para recoger un documento necesario para un estúpido tramite legal. Pero supongo que volver al medioevo no es una opción, entonces me levanto, grito, protesto. Me pongo un pantalón de mezclilla, una playera blanca a medio planchar, mis botas, mi mejor cara y salgo a la calle a que me muerda la sociedad.

 

    Recuerdo que de niño (si es que alguna vez fui niño) tenía un amigo con el que jugaba lo que hubiera por jugar por estos tiempos, así que nos debatíamos entre partidos de fútbol y canicas y recortes de revistas pornográficas que nos gustaban tanto. Un buen amigo con el que pasaba las cosas propias que pasan los amigos hasta que un día me llevó atrás de su casa con la promesa de que jugaríamos el mejor juego que hubiese existido. Yo confiado, fui con él en espera de la promesa, y al llegar a la parte trasera vi como un tesoro una cajita de cartón de la cual provenían soniditos de “pio pio”. Estoy seguro que pese a mi percepción de la realidad que tenía desde ese entonces, me conmoví y esperaba llegar y jugar con los pollitos y divertirme de lo lindo, pero mi anfitrión se adelantó y tomó a uno entre las manos, le habló bonito y me miró de extraña manera. Me dijo que le siguiera y obedecí hasta que se detuvo frente a la mesa de carpintería de su padre, en donde colocó al pollito y le empezó a dar un discurso sobre cómo ser un buen pollito. Yo me reí del espectáculo y esperaba ansiosamente mi turno de jugar; fue entonces cuando mi amigo, de la nada, sacó un martillo y golpeó repetidamente al pollito hasta que la sangre comenzó a salpicar en la  en la mesa y en las paredes y en su cara. Mudo, en silencio, me quede ahí sin decir nada, el rió más y más, y después fue por otro pollito, y luego por otro. Después se aburrió del martillo y recurrió a un bote con agua donde los pollitos debían aprender a nadar, hasta que se aburrió y probo las leyes de la gravedad desde el techo de su casa, y si el pollito seguía vivo no le importaba, era mi turno, si acaso deseaba menguar el sufrimiento del pollito, de usar el martillo.

Esa tarde le conté a mi mamá lo sucedido y jamás me dejó regresar con mi amigo.

Años después, camino por una ciudad que me mata, con un sol que no conozco y con una resaca y una barba de tres días que me da aspecto de indigente y me gusta aunque mis conocidos me dicen que me quite la barba, que en fondo soy bien parecido.

 

    Voy trastabillando hasta la Secretaria de Gobernación, en donde ha de recoger mis documentos. Llego y ve la Burocracia, espera de horas y horas y horas, largas colas, maltratos, sobornos: las clásicas cosas que hacen de este un país inigualable. Fumo y no me dejan fumar, me siento y que no puedo, tomo agua y que es para los trabajadores, una prohibición tras otra, estoy apunto de estallar cuando de la nada un rostro, uno conocido que me saluda, se para del escritorio que esta al fondo de la metralla de máquinas de escribir que dictan sentencias para los pobres como yo, y viene a saludarme, y la sorpresa, es él, mi amigo olvidado de la infancia que me dice hola y que es jefe de la sección y que no puede explicarse cómo nuestros padres se alejaron tan de pronto. Yo sonrío, pongo mi mejor cara y le escucho y respondo cordial. Mientras hablamos una anciana se acerca y le dice que necesita ciertos papeles para lograr la tenencia de su casa, que si no la embargan, mi amigo apenas la escucha y le dice que lo siente, que no es su culpa, que pase a la sala tal con tal y que de tales documentos y que regrese tal fecha para que tal le diga que hacer con tal y talvez entonces pueda hacerse algo. Mi amigo regresa a mi y proseguimos la charla hasta que llega un señor, campesino, y le pregunta que qué pasó con el acuerdo. Mi amigo le ve fuerte y le dice que se largue, que si prosigue con esas insinuaciones será arrestado y llevado fuera, el campesino alcanza a decir que dónde está su dinero justo cuando dos guardias lo sujetan y le muestran no amablemente la salida.

 

    Mi amigo me contó que iba a ir a la universidad pero que  el futuro estaba en gobierno, y que primero había entrado a la policía judicial y se había hecho de un buen dinero y de nombre, por lo que fue recomendado para la Secretaría, y que al llegar las cosas ya estaban así, que salir adelante era tan sencillo que incluso, él podía ofrecerme un empleo. Durante toda la platica se habrán acercado siete u ocho gentes más que corrieron con la misma suerte de los primeros.

 

    Al final, mi amigo me preguntó qué era lo que buscaba, que con una buena cantidad de el podía tenerlo aquí enseguida, y que por ser su amigo me saldría barato, sin problemas ni nada. A lo que yo respondí que nada (entiéndase que no es un acto heroico, simplemente estaba asqueado de todo eso) que gracias, que yo sólo había salido a caminar mientras se me bajaba la resaca y que decidí entrar a la Secretaría por un poco de agua y aire acondicionado, total, él sabía como era el clima durante esa época. Me sonrío, se despidió de mi y me dijo hasta pronto, yo también, salí de ahí y prendí un cigarrillo. No tendría los documentos a tiempo y no importaba, tenía mi cigarro, mi barba, mi resaca, mi pobreza, la guerra y la soledad. Pero al menos yo ya no mataba pollitos.

 

 


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