El otro cielo

 

 (a Julio, por la idea) 

 

    Ahora estás, quimera a medio sueño, reptándome la espalda, murmurándome en la nuca cosas que nunca antes, pero el tiempo es un animal húmedo y giratorio que se la pasa dando vueltas en el humo del café donde te encuentro, y no pasa nada, no puede pasar, salvo el murmullo de las gentes que hablan bien, de buenos gustos, de ropa y de cosas de cafés, de cosas que los cafés permiten, pero tú, dadora, panal de queroseno, tú regresas entre ruidos y palabras y cosas que veíamos en silencio al contemplar el otro cielo de mi cuarto, donde complicidades eran igual a recurrencias nimias como besarte, jugar tu pelo, oler tu aliento, establecer la distancia boca a boca desde tu estomago a tus pies mientras paredes como ojos nos vedaban de los jueces, y tu espalda era el marco de mis más absurdas realidades, y llamarte por tu nombre era una injuria porque eres más que eso, y no adivino ni logro esclarecer cómo es qué ahora, por qué motivo o causa pierdo mis voces entre gentes y esta taza de café donde te invento, donde tus formas cobran textura entre lo mundano de mis manos y la caricia es una turbia curva que se escapa en un suspiro y la memoria como aliada melancólica, y un mesero se acerca amablemente bastándome decir que el café está muy bien, que todo está muy bien y el hambre no provoca mas que la necesidad de buscarte, de llenarte de esto que me das como regalo único y sin nombre, esta plenitud sin escaleras cuando la plenitud, pero esas son cosas del cielo y el único cielo que me importa y tengo acceso es el de tus ojos, como figuras escarchadas de vida alegre, de café oscuro y de misterio porque ciertamente también hay, y estirar mi mano en un gesto por tomarte, cerrar mi puño vacío es suficiente para destrozarlo todo en la iconografía que es buscarte, lenguaje a señas para decir que las distancias, que el engaño de las distancias pues estás tan lejos que estás aquí, en la sombra que el humo te dibuja como espalda que no me atrevo a profanar, que solo veo y tan disfruto que preservo y se hace tarde, y mis prefiguraciones se desvanecen cuando al tocar mis labios, cuando al notar que tu boca falta en mis labios levanto la vista a este otro cielo, el que comparten todos, y las estrellas como letras desdibujan otra figura donde estamos, donde nuestras vidas tan aparte, tan sin nosotros siguen sus rutinas y sus normas, donde debemos encontrarnos para entrar a ese extraño cielo de pertenencias, de ruidos de estomago y de penas descubiertas, de plenitud cuando la plenitud, esa última puerta compartida es traspasada y nos unimos como niños en un intento de furia, de juego donde lo que no importa es ganar sino jugar, desinteresadamente jugar y así nos vamos, entre la fábula de ti dando brincos en mi cama, queriendo alcanzar el cielo de mi cuarto para escribir una pregunta y tu sonrisa tan dulce como azúcar, sí, azúcar, dos terrones por favor, que el café ya está frío y se está haciendo tarde, uno debe comprender…

 

 


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