Otra noche

 

    Y fue un golpe sordo en la cabeza. No mucho, sólo unos retortijones y sangre como para formar un charquito vistoso que se escurría por los costados. Un golpe en la cabeza que se había dado de manera precisa en el momento preciso sin sentir ni deber nada. Un golpe seco, sordo, que no significo nada, que se le dio a un tipo cualquiera en un momento cualquiera y se acabo, nadie extrañará al tipo ni se acordará de el incidente. Es tan simple como otro muerto con un hematoma en la cabeza que le ha hecho morir.

 

    Estábamos en la Taberna de Lucier: Benito, Mauro y yo. Y nos la pasábamos de lo lindo mientras bebíamos cerveza con esa determinación que tienen los jóvenes o los vagabundos o los viudos o los seres humanos, cuando entre platicas y risas salió el tema amado de la literatura, y pronto cada uno a sus posturas. El Benito, que es de la vieja escuela, corrió a defender tan distinguido arte entre solemnes palabras y citas y epigramas. Mauro, que es un revolucionario confesado, sonreía burlón y esperó cortésmente a que Benito terminara. Cuando este hubo dicho lo que tenía que decir, Mauro comenzó atacando dicha época, dichos autores, dicha manera de escribir, diciendo que la miel era para otros tiempos y que habría que redimensionar la literatura y centrarla en el hombre, para que el hombre, participativo desde el punto de vista ideológico, representara claramente sus ideas y, con base a eso, guiara su vida por un camino donde los otros pudieran a su vez responder a él, y así alcanzar un giro en la existencia que acabase con la injusticia y el dolor. Benito me miro fijo, como esperando que yo dijera algo, pero yo, que soy de la escuela de “a mi sólo déjenme leer” permanecí en silencio y seguí dándole duro a la cerveza. Luego siguieron las discusiones, Benito diciendo que la literatura es un lugar hermoso donde podemos crecer y Mauro diciendo que un hombre puede crecer únicamente siendo libre, Benito diciendo que se debe crear belleza con las palabras y su fonética y Mauro diciendo que el hombre por si es hermoso, Benito bla bla y Mauro bla bla, y yo duro y dale a la cerveza hasta el punto de casi comprender lo que cada uno decía. De la platica saltaron a la discusión, de la discusión hacia el insulto, del insulto comenzaron los empujones y yo no entiendo porque cuando hay empujones me pongo a instigar sobre la conducta del hombre ante el hombre y el sino de la violencia. Sabiamente me puse de pie y dije lo único inteligente que se había dicho en esa mesa: “Si se van a pelear, háganlo afuera, no vayan me vayan a derramar la bebida.” Benito se sacudió el saco, Mauro se disculpó pero había algo en los ojos de Benito, una chispa colorada y encendida, que no se apagaba y que para ser sinceros daba miedo. Era curioso verlo al Benito, con su 1:68 de estatura, modales rigurosos y exquisitez al vestir, su cuerpo chiquito y redondo y su característica fachadita alegre, jamás se había enojado. Mauro se sentó y entre dientes murmuró algo que quizá por el alcohol no alcancé a distinguir. Benito se paró sin decir nada, se dio la media vuelta y se fue.

 

    El resto de la noche Mauro y yo seguimos dándole duro a la cerveza hasta que nos corrieron del local. Pagamos la cuenta y caminamos ebrios tropezándonos hasta la entrada del estacionamiento donde Mauro había dejado su automóvil, un Nissan del 95 que había obtenido por la publicación de unos ensayos en la Universidad Nacional. Al despedirme reparé en la existencia de una silueta justo detrás de Mauro, una silueta que de golpe se proyectó con velocidad contra él y que lo empujó contra la pared. De pronto en la mano de la silueta, que no era sino nuestro exquisito y pequeño Benito, brilló un gato hidráulico con el que asestó un tremendo golpe en la cabeza, golpe que formaba sinfonías en las paredes y que dejaba al Mauro tendido boca arriba, debatiéndose entre muerte y más muerte y no fue mucho, sólo un golpe sordo dado con precisión en la cabeza, sólo un muerto más y no gran cosa, mañana habría de nuevo un día, seguramente yo tendría otra cerveza, tendría si todo iba bien alguna mujer y un techo, me despertaría y habría que trabajar, y la temporada de fútbol, y las estaciones, y el invierno y las vacaciones de verano y alguna próxima revolución, tal vez algo de conciencia o talvez nada. yo me fui sin decir nada, caminé por las calles de esta ciudad que no es otra sino la misma, y partí pensando, silbando, deseando, recordando que los hombres buenos heredarán la tierra quiéralo o no su buena voluntad...

 


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