Hablar de mi no es decir mucho. Es, al contrario, decir mucho de ustedes. Pero no pienso poner a categorizar las circunstancias ni la otredad que me forman, y sé que no tengo acceso a comprender la estructura que nos rodea y nos coloca dentro de esta sociedad donde pretendemos ser uno, caminarnos con el perfil del habitante correcto. Mejor vivir. Observar cómo cada uno de nosotros discute sus nombres de cara a la cicatriz. Disfrutar la lenta pena que nos corroe cuando al ver las noticias que Miguel Ángel Cavalo, o que Afganistán o que Microsoft 9.0. Mejor resignarse a la delicia de sentir que nos deshumanizamos hasta un Basta que se oiga y resquebraje la estructura, le pique un ojo al ciego de Dios, y éste se levante y nos recuerde y se recuerde su papel de creador y nos deje a nuestra suerte. Y ojalá mucho más.

 

 

     Leo porque leer es de esas cosas que uno no planea y simplemente hace, de manera inconsciente, porque las letras tienen ese algo de mágico que no se comprende pero actúa sobre nosotros y es tan bonito ese no saber que pasa que pues respondemos y creamos con las letras en la mente laberintos enormes donde gustosos nos perdemos para encontrarnos, un poco más que la última vez; Escribo porque no sé hacer otra cosa.


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