Un Alquimista murmura en la taberna

 

¿A donde van las cosas,

todo lo que se pierde finalmente?

No hay nada que mis manos puedan retener,

nada verdadero,

ni la falacia de la canción del viento,

ni las incomprensibles y secretas palabras de Dios.

En otros tiempos tenia sueños favorables,

inquietantes.

Esos sueños que aceleran la sangre y la reviven.

Había magníficos pececillos dorados saltando,

ellos saltaban a mi delantal

mientras yo reía como un loco.

He tenido sueños, pero ya no creo lo que dicen.

Campanas, copas doradas, dorados pececillos saltando

y mi risa de loco,

siempre esa risa de la vanidad del corazón.

Luego, mi soledad de loco

y mi vida perdida en esa soledad.

Con mis zapatos hago signos, dibujos incomprensibles,

delgados animales que desaparecerán en el polvo.

¿Qué he hecho hasta hoy

y que haré cuando llegue mañana?

 

Cuando era joven dudaba y recorría los campos,

cortaba flores para regalarlas

a esas doncellas que iban en busca del agua.

Ellas llevaban grandes baldes,

grandes porrones de barro

y se perdían con mis flores y su perfume escurridizo.

El perfume de las doncellas también es escurridizo.

Ahora estoy en la más grosera taberna

y deseo embriagarme.

Miro a los ancianos

 y a los jóvenes que un día lo serán,

sus rostros están enrojecidos por el vino,

sus dedos hacen tintinear monedas, monedas doradas.

¿A donde va el aroma de las flores,

el aroma de las doncellas?

¿A donde van las doncellas, los peces, las palabras?

 

Caen gotas de plata en una fuente de plata.

 

¿A donde van el tiempo,

la vida solitaria, los metales?

Ahora ya sé que todo se muda y se pierde finalmente,

por eso es que estoy aquí y ya no espero:

he aprendido que sólo la embriaguez

y el dolor son incesantes.

 


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