TRIBUNALES - CHACARITA

  

     Siempre se desnuda para mí, y no lo sabe, me da la espalda con sensual timidez, como si supiera que estoy ahí, como si quisiera que ahí me quedase; pero no lo sabe… no puede saberlo. Llego cada mañana en idéntico horario a la mesa junto a la ventana del mismo bar, no despego mi vista de su segundo piso, departamento seis, tercer ventanal a la derecha. Bebo a sorbos un café que cada mañana sabe idéntico, y espero que salga, con el temor renovado de no verla surgir como una esfera de viento frágil desde el fondo del largo pasillo de baldosas. Su puntualidad es casi tan irreprochable como la mía; pago mi café y cruzo corriendo Scalabrini Ortiz en diagonal hasta la boca del Subterráneo, que acaba de tragarla como si el corazón de la tierra reclamara para sí su más brillante gema; subo en el mismo vagón y la observo desde el extremo más lejano.

 

     Tribunales, cuarto piso, oficina cuatrocientos quince “b”, tercer escritorio a la izquierda; ahí termina su viaje, y comienzan mis horas vacías hasta las tres en punto, momento en que ella regresa; mi accionar se limita a un seguimiento cotidiano - discreto - hasta la puerta de su casa; tomo un café sin quitar la vista del tercer ventanal a la derecha, segundo piso. Siempre se asoma - al menos un instante - para mí, pero lo ignora, no debe saberlo. Entonces me retiro satisfecho a mi habitual insomnio.

     Esta mañana pocos detalles variaron con respecto a lo habitual, ventana, café, subterráneo; la contemplé, es cierto, con mayor profundidad, en tribunales me dispuse a descender y pasé por detrás de ella - nuestras ropas casi se rozaron - y por primera vez sentí su perfume. Reconozco que mi movimiento fue veloz, el  puñal produjo un lacónico zumbido y se hundió hasta el mango en su costado izquierdo, entre las costillas segunda y tercera; sé que debió sentir más sorpresa que dolor, estoy seguro. Bajé chapoteando sangre en tribunales, entre el estupor de los presentes, pétreos como zombis. Cuarto piso, oficina cuatrocientos quince “b”, tercer escritorio a la izquierda… no sé porqué llegué hasta ahí, quizás por costumbre. Con el puñal ensangrentado me presenté en la seccional - no logro comprender esa morbosa voluntad de conservar un arma como evidencia, puesto que acabo de confesar puntillosamente lo ocurrido, debieran colocarla junto con mis escasas pertenencias - solo deseo un lugar sombrío donde pensar todo el tiempo en el perfume de su sangre, y si así lo prefieren, pagar la condena que me corresponda; ella ahora es solamente mía, y es perfecta, aunque no pueda saberlo.

 


Inicio | Macrocosmos

Copyrigth 2002© Todos los derechos reservados