El Testimonio de un Cómplice

 

    Voy a confesarte algo: no me importa lo que pienses. Descarto tu opinión sobre el exordio de este escrito y toda estimación artificial sobre aquello que, según algunos, vive en mis palabras. Tu juicio jamás me pareció relevante. Sólo me esfuerzo denodadamente para que puedas imaginarme como el escritor más intenso. El amante, el sensible, el seductor o el ilusionista de las representaciones ingeniosas y las salidas inesperadas. Pero mi objetivo primordial es que me hagas sentir el mejor: ese es mi único fin. Para ello, necesito que creas y reivindiques mis patrañas, sospeches gentilmente de mi gramática, y alientes la posibilidad de que detrás de cada oración que concibo, se oculte una historia real.


    De la misma forma, tu apetito descontrolado por el fantástico alimento que surge de mi delirio, me inunda de dicha: soy el más perfecto egoísta. Ambos sabemos de qué se trata todo esto. Ambos conocemos, dominamos y reinventamos el arte del engaño. Por eso, cada vez que te detenés frente a mí, podés verte. Pero me aburre dar precisiones sobre mi naturaleza imperturbable, especialmente si la revisión de mi fisonomía no conlleva en su seno un mensaje de alabanza respecto a mis composiciones.


    Detengámonos en tu personalidad, en tu concepción de la felicidad como un bien propio, privado, libre de ser compartido y lejano de toda aquella intrascendencia que representa la esfera del otro. De ahí que cambiar el mundo nunca formara parte de tus premisas esenciales, aunque de niño alguna vez simulaste asumir un desafío. Tampoco confiás en que un libro puede hacerlo, mucho menos un poema redactado sobre papel higiénico: ante tu mirada, el verbo y el excremento presentan colores, perfumes y texturas que los vuelven indiferenciables. El hechizo que se oculta, apasionado, en la comodidad que le brinda la palabra, sólo es basura que roba el tiempo. Te comprendo: lo que importa es que uno se sienta bien.

    Ahora te propongo un paisaje: imaginemos juntos una avenida, una senda atestada de personas que no valen la pena. Caminamos distraídos cuando algo te detiene: a tus pies, un mendigo suplica por una limosna. Atento, revisás en tu bolsillo y luego le extendés el papel coloreado que posee menos valor ¿Un billete es suficiente para acallar a tu tortuosa conciencia? ¿Sirve para eludir un encuentro no deseado? Le entregás el dinero pero evitás tocarlo. Te invade una lástima repentina. Pero a no equivocarnos, no te duele el destino adverso que esclaviza al indigente. Tras esa congoja teatralizada se oculta el temor venenoso a que lo mismo que hoy consume al mendigo mañana pudiese sucederle a tu venerable persona. Y rogás que eso no ocurra; tu beneficencia se transforma en inversión ante un destino que, hijo de su presente, parece aceptar complaciente la cobardía del soborno. Ahora, que el pordiosero abandone su disfraz de harapo maloliente no es algo que tenga que ver con tu accionar. De manera similar, recurrís a este comportamiento para enfrentar las tragedias mundanas. Espectador de la desgracia ajena, no te horroriza el padecimiento del otro. Inmerso en una situación extrema, el motivo que expulsa tus gritos y arranca tus lágrimas no es más que ese sórdido pensamiento que no deja de advertirte, socarronamente, que la desventura siempre está a tiempo de pronunciar tu nombre. De esto se deduce que la suerte de tus similares no te preocupa en lo más mínimo.

    Si llegás a tiempo para abrazar al querido moribundo antes de que el convaleciente abandone la dimensión de los vivos, no es tu acción un tributo a su bienestar, a su último deseo. Aquello que verdaderamente te tranquiliza, te colma de regocijo, es el haber llegado a tiempo. La fortuna de poder cumplir con tu intención de estar presente para no tener que recriminártelo mañana. Para que tu maquiavélico status de héroe sacrificado y servicial no pierda su brillo aséptico. Y así una infinidad de circunstancias en las que pregonás una entrega absoluta cuando tu único propósito es obtener una retribución inmediata. Te brindás para sencillamente proteger tu autoestima. Obnubilado, confías en que retacear amor, volcarlo sólo a tu identidad, te volverá un ente luminoso y digno de ser imitado.

    No me preocupa lo que estas palabras te provoquen ahora. No es a través de ellas que establecimos nuestro vínculo. Intuyo tu asco ante mis expresiones, pero tal sensación es sólo un reflejo condicionado de corto alcance, y que no permite que disimules tu vergüenza. Ambos somos lo mismo. Hojas de un mismo árbol. La banalidad, el culto enfermizo a lo frívolo y lo trivial; desviaciones encubiertas tras un rostro que miente pasión.


    Entiendo que ahora revises estos conceptos: de seguro calificás como limitado a mi estilo, suponés que bajo tu mano todo puede realizarse mucho mejor. Hasta podrías ser un gran escritor. Pero sos una alimaña cauta, y tu narcisismo ha creado anticuerpos que te protegen del fracaso. Así, si tu iniciativa falla, siempre podrás recostarte en las mieles que brinda el rótulo de genio incomprendido y, desde esa perspectiva, tu individualismo quedará a salvo.

    Mirémonos otra vez. Ojos que no se cansan de admirar la belleza propia. Hacer para uno mismo; buen título para una autobiografía. ¿Para qué escribir? ¿Para qué domesticar a la falacia? Para ser reconocido; nunca olvidado. El objetivo es no extinguirse, no desaparecer. La mezquindad se revela como un absurdo precepto moral: hay que sobrevivir. Que nuestro nombre acaricie eternamente los labios desesperanzados del prójimo. Que no me olviden. Todo lo que escapa a tales atributos son meras estupideces: ¡Qué cada uno cargue con su existencia de acuerdo a sus posibilidades! Por mi parte, me ocuparé de salvaguardar mi valiosa integridad, para luego catapultarla a la masa idiota. Será su insignificante inteligencia la que me volverá popular. Y así seré completamente feliz, porque me amarán tanto como yo me amo: seremos más de uno adorándome.

    Consumamos un poco del opio legalizado: ¿Dios me lo impedirá? Si tal afirmación es un argumento, me compadezco de tu tenue conocimiento de la retórica. El Supremo de las velas encendidas digiere gustoso la hipocresía que le acercamos a su mesa tambaleante. Igualmente, se ha marchado hace un buen tiempo a disfrutar de sus ebrias orgías, tal cual hizo durante la semana en la que dio origen a la basura que hoy pisamos, y a la que hemos bautizado, poéticamente, con el impronunciable nombre de existencia. Previsor, para remediar su lujuriosa inasistencia nos ha encomendado, generoso, a una jauría de perros sarnosos para que nos muerdan el pensamiento y desgarren nuestra independencia. Perros que celebran con vino y pan nuestro temprano alistamiento en la legión de asquerosos farsantes que ellos auspician. Ese es tu amo y el mío: el Dios de la conveniencia. El que se entrega, displicente y derrotado, para que lo modelemos según nuestros intereses. Al que le asignamos el rol que se nos antoje.

    Confortable mediocridad. Día a día imito tus movimientos: tampoco deseo cambiar el mundo. Quiero sentarme, junto a mi mejor amigo, en un jardín cubierto de ceniza humana para contemplar como esta temporalidad inmunda continúa cayéndose de a pedazos. No quiero perderme este espectáculo por ningún motivo. ¿Un mundo mejor? Imposible, mejor sería erigir otro, en un planeta distante o tal vez en un universo paralelo. Nuestro mundo es un artefacto obsoleto, una biblioteca de papiros sin escribir a la que hay que arrojar a las llamas para que se consuma de una vez. Me quedaré para contemplar como eso sucede. Seremos dos. ¿Parezco desquiciado? Pues si eso te permite sostener la fantasía de persona honesta que has construido, te doy toda la razón. Compartir tu ficción es una tarea que realizo con fervor y eficiencia. Adhiero a tu postura de que lo sustancial es lo que le sucede a uno. Obviamente, resulta imposible que me condenes por seguir tus lineamientos: somos colegas. Tampoco podrás odiarme. Si acaso intentás hacerlo, este sentimiento no hará más que confirmar lo que puedo leer, perspicaz, tras la anemia que exhalan tus mejillas: la infinita lástima que ahora, en este preciso instante, sentís por toda tu persona.

    Esto no es un cuento. Tampoco una declaración de principios. Es el reflejo hostil de una medusa que, quitándose la piel por primera vez, se pasea bajo el sol impune y desnuda. Llega el tiempo de mirarnos a los ojos y volvernos nuevamente uno. La hora de las confesiones oscuras frente al testigo silencioso e inmutable, aquel que escucha las verdades más tenebrosas y encubre tras su frialdad las revelaciones más funestas. Bienvenido a la tierra de los espejos.
 

 

22 de Octubre de 2003
2.35 am
 


Inicio | Macrocosmos

Copyrigth 2002© Todos los derechos reservados