El Regreso

 

 Cuando salía de la visita diaria a casa de su novia, y camino a la parada de la guagua, siempre veía a La Cojita. El regreso era largo, lento y aburrido. Primero tenía que caminar más de un kilómetro y luego esperar un buen rato en la parada desierta. La Cojita representaba una buena distracción en medio del regreso. Las cuadras antes del encuentro las llenaba la ansiedad, el resto, las elucubraciones referidas a los breves instantes del encuentro. La Cojita era una muchacha fea, tan joven como él, que no podía sostenerse sin un par de muletas. Cuando él reparó, primero en aquella presencia diaria, y luego en el interés que la muchacha no ocultaba al verlo aparecer, la cabeza se le fue llenando inexplicablemente y poco a poco con la idea de tener sexo con ella. La hora: pasada la medianoche, y el lugar: calles oscuras y desiertas, eran los más apropiados para su empeño. Perdió los primeros días en indecisiones y timideces, pero mientras más tiempo pasaba, más fantaseaba con la idea y más se impacientaba por hacer algo, acercarse de cualquier manera. Pero fue ella quien se lo facilitó todo metiéndose con él un sábado por la madrugada. Era una hora desacostumbrada, más tarde que nunca. Había ido con su novia a un concierto que se extendió más de lo que él hubiera pensado y deseado. Entre la vuelta y la despedida, cuando miró su reloj ya eran casi las tres. Recorrió a toda velocidad la distancia que separaba la casa de su novia de la esquina donde siempre lo esperaba La Cojita, temía llegar demasiado tarde y se sobresaltó al verla en el mismo sitio de siempre, sonriendo.

_ Pensé que hoy no ibas a pasar por aquí. Por poco no te veo, ya me iba a ir a acostar. Yo siempre me acuesto después que tú pasas y hoy ya no podía esperar más.

_ Y, por qué me esperas todas las noches?

_ Porque no tengo nada mejor que hacer. No puedo ir a ninguna parte y no tengo sueño, después que se termina la televisión y como todo el mundo se acuesta, vengo aquí a esperarte.

_ Pero, por qué me esperas a mí, si ni siquiera me conoces ni nunca hablamos nada.

_ No sé, pero mira, ya estamos hablando. _ Esa fue la primera conversación. También se preguntaron los nombres y ella quiso averiguar qué hacía él por allí todas las noches. Él mintió, inventó un trabajo, cierta extraña clase de ocupación, y cuando ella se echó a reír y trató de desmentirlo, él insistió. Molesto, agregó que era tarde y tenía que irse a dormir.

_ No te vayas tan pronto, chico. Vamos a conversar otro poquito, mira que te estuve esperando cantidad. Tenía muchas ganas de hablar cualquier cosa contigo, pero como tú siempre pasas tan apurado. No estás bravo conmigo, verdad?

_ No.

_ Eres muy bonito y me caes muy bien.

_ Tú también me caes muy bien.

_ Pero no soy bonita.

_ Tienes algo.

_ Te gusto?

_ Sí.

_ Y por qué nunca me habías dicho nada?

_ No sé. Estaba esperando el momento.

_ Pero yo me adelanté. Soy muy impaciente, pero eso no te molesta, verdad?

_ No, yo también soy muy impaciente.

_ No lo parece. _ Se hizo un silencio largo, incómodo sobre todo para él, que sentía la mirada de La Cojita escudriñándolo.

_ Vives cerca de aquí?

_ No, tengo que coger la veintisiete.

_ Quieres que te acompañe hasta la calzada.

_ No te molestes.

_ No tengo nada que hacer y no quiero irme a dormir todavía. Quisiera estar un poquito más contigo.

_ Bueno, acompáñame si tú quieres, yo ya me tengo que ir. Se está haciendo tarde. _                Caminaron un poco en el silencio de la madrugada. A lo lejos se escuchó cantar a un gallo. Él, que sentía muchos deseos de tocarla, se aprovechaba de cada pequeña dificultad del camino para fingir que la ayudaba y aliviarse con los fugaces pero intensos contactos. Ella, que muy pronto se percató de esas maniobras, sonreía cada vez que él la agarraba por la cintura o le sujetaba un brazo. Pero comenzó a excitarse y dejó de sonreír. Unas dos cuadras antes de la calzada él se le pegó un poco más al agarrarla por la cintura para ayudarla a subir la acera. Ella se volvió y lo sorprendió dándole un beso en los labios. Él no dejó escapar la oportunidad y la volvió a atraer cuando ella ya se estaba retirando. Se besaron largamente en la boca. Se besaban y se tocaban por encima de la ropa como dos desesperados. Un ruido de gentes los sacó de las profundidades en las que se habían sumergido. Pasaron varios muchachos conversando en voz muy baja. Uno de ellos los miró y él, que sintió vergüenza de su acompañante, hundió un poco la cabeza y bajó la vista hasta el suelo. Cuando  levantó los ojos se encontró con los de La Cojita y se turbó aún más. Ella quiso saber qué le estaba pasando.

_ No me pasa nada. Es que se me ha hecho muy tarde y ya me tengo que ir.

_ No la estás pasando bien?

_ Sí...

_ ... pero te da vergüenza de que la gente te vea conmigo.

_ No, chica, no es eso.

_ Entonces, dime lo que te pasa.

_ No me pasa nada... Nos estamos calentando mucho y nos vamos a quedar con las ganas.

_ Por qué?

_ Estamos en el medio de la calle, aquí no podemos hacer nada. Casi ni me puedes tocar por las muletas...

_ Si tuvieras más deseos usarías tu imaginación de hombre y no te estorbarían tanto mis muletas.

_ Tengo deseos, pero no se me ocurre nada... No sé... Qué tú crees, nos metemos en un portal?

_ Por mí... _ La cuadra estaba llena de casas con pequeños jardines, portales y oscuros pasillos laterales. No les tomó mucho tiempo escoger. Él abrió con cuidado una verja de hierro y la ayudó a entrar, procurando todo el tiempo hacer el menor ruido posible. Avanzaron con cuidado sobre el césped del jardincito, hasta que él la acomodó contra el ángulo de la pared en un pasillo húmedo. En algún patio  ladraron los perros. Se susurraron unas pocas palabras, ella puso las muletas a un lado, se sostuvo del cuello de él y sentándose a medias sobre una jardinera de concreto. Tan pronto volvieron los besos y las caricias él le desabotonó la blusa. Ella le abrió el cierre de los pantalones, que se le cayeron hasta las rodillas y se alzó la saya hasta la cintura. Se separaron unos centímetros para ocuparse cada uno de su propia ropa interior. Cuando él sintió el contacto de la piel tibia de los muslos desnudos de ella contra su piel, el placer lo enloqueció de golpe. No sabía qué hacer: la besaba en la boca, le apretaba las nalgas o las tetas, le lamía las orejas y el cuello, la apretaba con fuerza contra su cuerpo y le susurraba frases desesperadas, hasta que la penetró. Ella chilló de placer  y le dijo: “Me vengo... Me estoy viniendo”. Él la mordió en un hombro, la mordió hasta sentir el sabor de la sangre en la boca. Entonces eyaculó, y  entonces pudo recordar el ruido de las muletas al caer al suelo cuando ella estaba tratando de defenderse de la mordida y entonces pudo escuchar los gritos de dolor. Se echó hacia atrás, asustado y la vio llorar, tapándose la cara con una mano y frotándose el hombro lastimado con la otra. Estaba tratando de consolarla y de hacerla callar sin conseguir nada, cuando se encendió una luz dentro de la casa y se escucharon voces alarmadas que venían de donde mismo se había encendido la luz. Casi no tuvo tiempo de subirse el pantalón cuando todo el frente de la casa se iluminó vivamente. Huyó sin pensarlo. Al abrir la verja de hierro oyó que La Cojita le decía algo, pero corrió y no se detuvo a entenderla. Corrió y corrió sin saber hacia donde y solo se paró cuando le faltaron las fuerzas. Se recostó contra un poste del alumbrado público y allí se quedó, recobrando el aliento, solo entonces pudo comprender lo que le estaba diciendo La Cojita mientras él escapaba: “Muchacho, muchacho, alcánzame las muletas... No huyas, maricón. Ayúdame, alcánzame las muletas... Maricón... Maricón.”

Cuando llegó a su edificio ya estaba amaneciendo. Pero lo que hizo que volviera a la realidad fue su padre, que salía a comprar pan para el desayuno en el momento que él entraba.  Su padre le dio los buenos días y le preguntó por su novia. Cuando su padre le preguntó por su novia, él se percató de que no había pensado en ella en toda la madrugada.

Volvió a ver a La Cojita pocos días después, ella estaba comprando helados y  lo miró con desprecio. Él iba con su novia y se aterró, pero la muchacha no se percató de nada. Los días que le siguieron a ese encuentro se los pasó temiendo por el próximo, pero después de ver varias veces a La Cojita y comprobar que su actitud seguía siendo la misma, sintió que ya no iba a pasar nada. Dejó de preocuparse y luego dejó de verla. Pasaron varios años. Una mañana de verano coincidieron en un parque. Ella estaba sentada en un banco frente a él, mirándolo con fijeza y con un niño de pocos meses en los brazos. Pasó una media hora larga. Cada vez que él la miraba se encontraba con sus ojos. Cuando él se levantó para irse, ella lo llamó.

_ A mí me parece que yo te conozco de alguna parte.

_ No sé... Creo que no.

_ A lo mejor te confundí con otra persona.

_ Seguro. _ Se fue. Le había visto la cicatriz en el hombro y pensó que aquella imagen debió producirle algún sobresalto. Cuando lo pensó mejor comprendió por qué no  había sentido nada. Había otras cicatrices, en la cara, en los brazos, y restos de antiguos arañazos, y moretones resecos. Todas las historias de una vida repleta de noches como aquella que vivieron juntos estaban grabadas en su piel. Ella no podía recordarlo. Ella tuvo que irlo olvidando poco a poco en los muchos hombres que, oscuros y distintos, utilizaron su cuerpo sin piedad para descargarse de algún demonio. Él no pudo sentir remordimientos, ni nada. Indiferente, se vio a sí mismo hundido, mezclado fríamente con una multitud de seres perdidos y huecos como él. “Como todos”, pensó mientras se alejaba. 

                            F  I  N

 


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