Perseverancia

 

 

Alberto caminaba presuroso por costumbre, en realidad no tenia ningún apuro, hacia demasiado tiempo que había decidido vivir a prisa, siempre a mil vos! le decía el loco Iriarte, y bué... alguien tiene que hacer las cosas viejo... dale... mové el culo... contestaba él.

 

La siesta se recostaba somnolienta en esa tarde de Otoño soleada, lástima el aire frío ... pensaba mientras apretaba las manos dentro del bolsillo del sobretodo. Subió la escalerilla del puente de cemento gris con ese desgano inconsciente con que se suelen subir las escaleras, si alguien lo hubiese visto pensaría que estaba examinando la arquitectura de los peldaños, sin embargo lo conocía bien, lo había cruzado infinidad de veces en su adolescencia, era el nexo entre las dos orillas del sanjon, cinco escalones para subir y otros cinco en el otro extremo para bajar, la baranda de concreto y abajo el agua marrón, espumosa, haciendo remolinos sobre las piedras. Recordaba que a veces la corriente era mínima y el caudal se transformaba apenas en un hilito café con leche..... huy, un cafecito con leche, con lo frío que esta el aire .

 

Bajó los escalones y nomás quedaba atravesar el pasillito, tres metros de espacio cercados por paredes de ladrillo visto, no más de dos de alto... y pensar que pasaba por allí mucho antes que al municipio se le ocurriera construir ese corredor... lo difícil que había sido adaptarse al encierro, pero bueno... como siempre... lo que se hace demasiado a menudo termina por ser costumbre pensó seriamente mientras se animaba a sacarse las manos del bolsillo para encenderse un cigarrillo largo.

 

Se enfrentó a la calle, la calle arrebolada de recuerdos, recuerdos que lo golpeaban por todos lados, en realidad la culpa es mía pensó, todo por cortar camino, aquí no hay semáforos, el puentecito era para peatones, si me hubiera animado la espera seria máximo 1 minuto, lo que dura el rojo; pero nada, jodete por boludo y espera que afloje el tráfico... y se quedó un rato... girando la cabeza, mirando para los dos lados, esperando el momento preciso para cruzar trotando, no había otra manera de cruzar la calle, y mucho menos para él, que había decidido hacia demasiado tiempo vivir apurado. Lo insoportable era que de tanto girar la cabeza se seguían agitando los recuerdos, cada pasadita era una barrida que los elevaba como polvillo al aire y quedaban flotando y el ahí, en el medio de esa polvareda de remembranzas, con el cigarrillo en la boca esperando cruzar la calle...

 

El entierro debía haber empezado. Desde donde estaba se distinguían las paredes color tiza del cementerio, blancas como queriendo disimular la oscuridad de adentro... pensó, nomás cruzar la calle y caminar por la vereda, atravesar la placita y entrar por la puerta de atrás que le parecía mucho menos lúgubre que la principal, con esas columnas marmoladas imitando una solemnidad absolutamente innecesaria, porque la muerte es una mierda... había dicho siempre.

 

Recordó la época en que se sincoleaba del industrial y se iba a matar el tiempo en el cementerio, entre sepulcros lustrados, ese olor a flor marchita mezclado con carne podrida que se escapaba de los pasillos altos y fríos, ese colage de pasos invadiendo un silencio ocioso y aburrido, mirar sorprendido los rostros plasmados en las viejas fotografías blanco y negro, sepia de tiempo remolón. A este tipo no lo quiso nadie... se decía cuando miraba una sepultura abandonada, sin flores y sucia de polvo irreverente, por alguna razón atinaba a robar flores de las consentidas, de aquellas que ostentaban un orgulloso “Te amaremos siempre” o la de “Padre y esposo abnegado” tan brillantes, tan cuidadas con ramos de esplendorosos crisantemos y poesías patéticas en papel plastificado, sacaba las flores sin ningún pudor y adornaba aquellas tumbas tristes y vacías, limpiaba las inscripciones lánguidas con el antebrazo del blazer azul o con la corbata y susurraba un padre nuestro, el mismo que le enseñaron en la parroquia, allí donde no lo habían querido por hacer preguntas bobas, se quedaba un rato como con un sentimiento infinitamente demoledor, como con los bolsillos llenos de piedras, sintiéndose culpable de pertenecer a una humanidad que no le alcanzó el amor para contener a ese pobre tipo, allí, solitario y eternamente abandonado a los fantasmas gélidos, con el agravante de ver la capacidad de hacerse querer que había tenido su vecino.... que impotencia ! Recordaba ese periodo de su vida como quien va recordando una caricia, con esa constancia que tienen los recuerdos de ir como derramándose en la cabeza, que pelotudo meterse al cementerio! se decía ahora, pero a la vez, que sencillamente inocente la imagen de aquel adolescente escudriñando fotos y metiéndose a escondidas a los panteones, que temor sano, como contrastaban aquellas mañanas con la noche en que el Flavio mostraba sus dientes mientras le apuntaba con una 38 a la cabeza, porque con el Flavio no se jugaba... si te metés en la joda te la tenés que bancar pibe, le había dicho, y había que escucharlo al Flavio, ese era groso groso, llevaba como 4 milicos dados vuelta, este era de los pesados,... te la tenés que bancar Betito... y él se la bancaba, claro que se la bancaba ....

 

Un espacio!!! Justo atrás del R12 y antes del camión de la coca cola, sacó la mano del bolsillo y se arrancó el cigarrillo de los labios para correr mejor... listo! Ya estaba del otro lado, justo frente a la parada del 200... el 200... las mañanas frías de remanente de la helada de la noche en que esperaba el colectivo para ir al 2do año del Industrial, el saborcito a café con leche que guardaba en el paladar como a un tesoro hasta que un cigarrillo precoz le robaba el gusto y la inocencia, las chicas del Belgrano con el guardapolvo cortado sobre las rodillas y las medias tres cuarto y sus bocas de cofre escondido...  Esa panadería la han puesto hace poco... pensó mientras el olorcito a tortitas recién horneadas le sacudía las fosas nasales.

 

Primero habían sido sólo travesuras, la rápida sustracción del paquete de cigarrillos al despachador distraído, un movimiento fugaz que tanta gracia le causaba a sus amigos, porque la cosa se trataba de hacer gracias, tan fácil era que ellos le escucharan los devaneos que el resto rechazaba, la felicidad de que al menos alguien celebrara su osadía, su osadía, su osadía... y era osado. Vas a terminar mal vos... alguien le dijo eso alguna vez, cagones justificando su propia inercia claro...

 

Después empezó lo mas pesadito, en 3ro estaba el Olazabal que tenia 2 novias, 18 años y otras tantas amonestaciones además de su propio auto, entonces las travesuras se transformaron en pequeñas felonías, protestas contra un padre, contra todos los padres por que el de el se fue y porque los otros no y todo empezaba a mimetizarse con ese color marrón cloaca, y los robos tenían tanto rojo vida, de pronto se sentía respetado, que lo miraban con esa veneración con que se mira a las aves migratorias, desde abajo, desde lejos... y Alberto tan arriba, tan seguro, tan alado...

 

Que aire de mierda, con el sol tan luminoso... pensaba mientras cruzaba la placita triangular, puro capricho la placita, como hecha para rellenar el espacio entre el barrio y el cementerio, simetría loca. Se preguntaba si su estructura triangular la desplazaba de la categoría de plaza... Bah!, que venga a discutirme un arquitecto que ésta no es una placita, la puta que lo parió.... porque en aquel banquito restaurado, de maderas transversales que pellizcan las nalgas, justo en aquel banquito le había declarado su amor adolescente a la Vane, la Vane de voz dulcecita y modales tan femeninos, tan de olor a esmero, tan sencilla, con el pelo como cascada y pestañas como abanicos aireando el alma, su alma, la de Alberto, todavía encontrada, todavía suya, y así, con la palma de la lengua tan llena de alma la Vane lo rechazó elegantemente, con la seriedad con que se pronuncia un discurso, tan pausada, tan bella, tan inaccesible, tan hija de mil puta la perra... repetía para sí.

 

Llegó a uno de los vértices de la plaza, justo el que está frente al portón de entrada del cementerio, el portón de atrás claro...  porque ese es menos lúgubre...sobre los costados de las columnas se amontonaban los vendedores de flores y de velas como en un cuadro de pintor distraído, los colores no avivaban la tonalidad de las paredes ni de las lápidas que se insinuaban en el fondo, los floristas no se empeñaban demasiado, después de todo es día de semana, el Domingo se pone mejor le escuchó decir  una vendedora con campera de lana vieja o de vieja campera de lana o lana vieja de campera... no miró bien, lo que miraba ahora era que tenia manos gorditas y arrugadas, como las de su madre, con la callosidad abnegada de dedos incansables, recordó sus mejillas llenas de esa caricia tibia y áspera, eso fue antes de las decepciones, del desazón, del andate y no vuelvas, del es una vergüenza, de la bofetada inolvidable y las lágrimas indescifrables, vieja loca y fracasada, vieja de mierda, a ver de que vive la pelotuda y que se meta el amor en el culo... y en un tiempo sus mejillas llenas, y ahora tan vacías y frías o llenas de frío en todo caso, porque el aire estaba helado .

 

Cruzó entre la mercancía perfumada que transitaba desde ególatras narcisos, sencillos claveles, solemnes calas, las siempre sofisticadas orquídeas y como no, las poco dignas flores de plástico, aquellas farsantes que oficiaban de solución final al dolor... pensó, y se sintió muy ocurrente Alberto, como en el día aquel que se le dio por vender coca, deja mas plata y es menos peligroso... le dijo el loco Iriarte que era lo mas parecido a un amigo que llego a tener en los últimos 20 años. No importa lo que hagás, todo es una mierda loco... tal la filosofía de Alberto, esa certeza, ese despojo, ese arrojo, esa valentía suicida de Kamikaze sin causa, de insecto incendiado en la bombita de luz.

 

No vaya a ser que llegue tarde al entierro che... se dijo, tiró el cigarrillo sin pisarlo y se zambulló en la amenazante oscuridad del corredor de la derecha, atravesó el 1er pabellón puteando el aire frío una vez mas, con la indolencia y la perseverancia con que había puteado a todo desde que descubrió que todo era una mierda, apuró aún mas el paso cuando recorría el segundo pabellón enmarcado en paredes de tumbas de cemento, al extremo rebotaba el sol con efecto doppler, ennegreciendo aún mas los contornos de dentro, salió y el sol seguía tan falso como antes, el aire estaba demasiado frío, buscó el espacio abierto en los jardines, donde los muertos se entierran de verdad, con agujero y todo, la verdadera imagen del despojo o al menos, la que mas le cuadraba a Alberto, polvo al polvo, cuerpo a tierra, como corresponde.

 

Allí estaba el grupito de gente, justo a tiempo... se dijo.

 

Encaró la veredita, apretó los puños dentro de los bolsillos, se subió el cuello del sobretodo y renunció inexplicablemente a encenderse otro cigarrillo, quizás por no abandonar  al calor austero de la tela... quizás le pareció irreverente... pero no creo.

 

Veía agrandarse las figuras de negro mientras se acercaba, menos mal que los discursos ya habían terminado, el agujero se abría en un pastito semiverde en el suelo al lado de una montañita de tierra húmeda, los sepultureros habían comenzado el ritual de bajar el ataúd, prefirió no concentrarse en los detalles, los bultos negros eran impersonales y pocos, no era de extrañarse, como no iban a ser pocos... se arrimó al núcleo aparentando desinterés, la muerte es una mierda..., distinguió a la madre por los sollozos, un pañuelo le cubría la cabeza, el olor a tierra le golpeó justo entre las cejas, se hizo camino entre respiraciones pesadas y llantos mal contenidos, alcanzó a ver a una muchacha lejana de tiempo que cargaba a una bebé. Todo se le antojaba a comedia, hasta el ambiente de seriedad y dolor le parecía repugnantemente falso, llegó a primera fila, se acomodó entre dos de los bultos negros, el cofre seguía bajando y el aire frío les dio tregua a todos, quiso quedarse allí parado, idiotizado y aburrido como los siete u ocho espectadores que lo rodeaban (con excepción de la Sra. y la muchacha que parecían bastante entretenidas sonándose los mocos) pero no pudo, avanzó cuatro pasos hasta el borde de la fosa que ya empezaba a engullirse lentamente al féretro, las sogas eran torpes y mas aún los trabajadores a los que les costaba horrores mantener el entierro propiamente dicho dignamente estable... era un chirriar absurdo de goznes y poleas clavándole puñaladas a los tímidos sollozos, la caja económica se balanceaba torpemente, que fotografía grotesca... pensó Alberto mientras el viento frío le volvía a acariciar el pelo y las mejillas, de pronto sintió ganas de llorar, de arrojarse arriba del cajón con descaro, abrazarlo desesperadamente, pedir perdón a gritos, arrepentirse de algo, de todo, de sentir el dulce bálsamo de la purga, de la ingenuidad, de la entrega, la maravillosa vulnerabilidad del que mira al cielo esperanzado, humillado, gritar hasta quedarse ronco, gritar tanto grito contenido, vomitar tantos besos nunca dados, aferrarse a algo, creer que se podía empezar algo, o que se podía dejar de hacer algo, ganas de llorar violentamente, con fruición,  sentir por una vez, al menos una vez, la dignidad del derrotado, del antihéroe, del no-osado, la dignidad que otorgan los ojos húmedos de dolor auténtico.... De todo eso tuvo ganas Alberto, pero fue solo un instante, una ráfaga que no llego a formar ni siquiera un pensamiento, una idea, pero si alcanzó para ensayar una sonrisa... Alberto sacudió la cabeza, se inclinó sobre la fosa, escupió sobre su propia tumba... y se largó quien sabe a donde.

 


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