Parse
 

 

Me fui a Oberá y me enteré de un par de cosas: “tu abuela está deprimida… es la edad. Tiene 70 y no entiende que no puede salir a la calle sola. Viene a la ciudad y se pierde, se desvanece, pierde noción del tiempo (…) Los médicos han dicho que ese aneurisma es imparable y el tiempo se encargará de dejar definitivamente marcadas sus huellas. No podemos hacer nada”.

¿Acaso sabes de qué abuela te estoy hablando? De aquella que protagonizaba el cuento de Madonna, la que era ejemplo de moralidad y que de pronto cambiaba de personalidad para transformarse en un ser desconocido. La abuela que me hablaba tiernamente cuando era niña, la que me acompañaba a dar largas caminatas por ahí y que me aconsejaba, esperanzada, tratando de que yo triunfe. La única que quedó encantada – y no espantada – de que me viniera a vivir a Buenos Aires con Yohami.

Coño, las putas nostalgias.

Recuerdo que en mi personalidad y mi cortaza social yo era un ser patéticamente frío. No sé si también lo era en el plano espiritual pero el hecho es que cosas como estas no me afectaban. ¿Será la distancia y el hecho de pensar que ya nada será igual? ¿De dónde surge esa nostalgia?

La gente no se da cuenta de lo cerca que está su muerte. No se trata de vivir refugiados en la cueva de la negatividad y en la asfixia permanente por ir yendo derechito a ese pozo del que nadie sabe, pero el hecho es que la muerte – la desaparición oliveriana, che – está ahí y es inevitable.

¿Pero por qué ciertos pensamientos regresan o tienen que estar? Por ejemplo, la sensación de pensar lo que se debiera. Las reacciones que una naturalmente tiene que tener. La nostalgia ante la pérdida de lo que se tuvo.

“Fulanito se murió. Qué triste” se concatena con el pensamiento más típico de todos: la nostalgia por aquello perdido. Fijate: cuando alguien dice “fulanito se murió” quiere decir el tipo ya no está. Desapareció ¿entendés? No sé adonde se fue y tampoco puedo comprenderlo. Pero no es algo que me pase a mí. Al menos, no es algo que me vaya a pasar. Y bueh, si pasa, pasa…

Resulta que es hipócrita, porque ese “Que triste” que sigue al “fulanito se murió” es el apego a una imagen. Yo tengo una imagen, yo concibo al mundo a partir de esa relación de conceptos, y si esa imagen desencaja a lo que estoy acostumbrada me quedan dos opciones: o modifico mi sistema de conceptos o pugno porque esa cosa no cambie – lo que eventualmente sucede porque el hecho mismo de cambiarnos, o al menos cambiar nuestro sistema de conceptos, es la cosa más difícil del planeta -. El hecho es que la cosa esa de la nostalgia pasa por cierto apego a cierta cosa. Y si te fijas, las personas se sorprenden si Pablo, que tenía cabello largo, aparece de buenas a primeras absolutamente rapado.

El odio al cambio del estado de cosas. Por eso digo que la hipocresía de la frase bien hecha – al menos, aquella del tipo de frases que siempre tienen que estar – “Y bueh, si pasa, pasa…”, es evidente. ¿Si pasa tu muerte, decís? Yo no creo que tomes el hecho de tu muerte como algo que pudiera llegar a pasar. Más bien lo decís como para consolarte. Porque bien que cuando te dan la oportunidad de vivir los últimos segundos de tu vida de manera conciente, te aferrás con lo que podés y sos capaz de proponerle un pacto al diablo con tal de conservar esa bendita existencia.

Entonces en definitiva, todo se trata de una mera evasión y desde el otro punto de vista, el apego a la imagen conocida. El hecho por el que escribo hoy es por ese conjunto de sensaciones de nostalgias repetidas. Esos apegos al tiempo del que me he venido aferrando últimamente. ¿Por qué están ahí? ¿Por qué ponerse triste al saber que mi abuela empeora? ¿Por qué vivir recordando momentos del pasado? ¿Por qué el hecho de sentarse a oir una canción implica volver atrás el tiempo, sentarse en esa silla, mirar esa ventana, aspirar fuertemente el aire, escribir demasiado lento…? (…)

Si trato de debatirme un minuto más en esa cuestión, el hecho es que los recuerdos esos que tengo – y que por alguna tonta razón anhelo – vuelven cada vez más con más insistencia. Por ejemplo, la noche del viernes en que estábamos jugando pool y cuando yo iba ganando cómodamente. Empezaba concentrada, metía unas cuatro o cinco bolas, y cuando me quedaban las últimas dos para definir el partido, escuchaba la música. Escuchaba la músicaaaa… y me ponía histérica. Esa cumbia verde villera me recordaba a ciertos momentos en donde me comportaba de cierta manera (…). ¡Y me provocaba tanta repulsión! Entonces salía fuera de mí y me quedaba perdida en algunas cavilaciones desconocidas. Me encontraba errática, lidiando con cuestiones que ya no debería lidiar porque no existen. Y dejaba que me empataran. Sólo cuando tomaba conciencia de que me estaba dejando ganar, volvía a mí y hacía lo que tenía que hacer. Es decir, ganaba.

Una de las opciones que se me presentaron ante esta invasión quizás pretendida de imágenes del pasado, fue la de borrar definitivamente todo lo que molestaba. Todos esos recuerdos. El hecho paradójico – y nuevamente, la razón por la que estoy escribiendo esto – es que cuando pienso en la posibilidad de deshacerme de esos recuerdos me asalta una especie de desesperación que me grita: “Eso es imposible. ¡No cometas esa locura! Si lo hicieras – como si cupiera la posibilidad de hacerlo – dejarías de ser lo que sos”.

“Dejarías de ser lo que sos”, lo ves? Se es lo que se conoce y se vive caminando perpetuamente en el eje de la rueda. Uno simplemente se aferra a una imagen y no la quiere dejar ir. Cynthia – ésta, por cierto – es aquella que hace ciertas cosas. Es la que escribe, la que estudia Derecho, la que escribe o al menos, escribía, la que ama a Yohami, la que pretende o al menos, pretendía, hacer enormes cosas, la que se queda extasiada ante una buena foto panorámica, la que lee esto. ¿Cómo debería hacer Cynthia para soltar esas cosas que conoce – las que cree que la definen exactamente como son – y ser algo superior en la escala evolutiva? ¿Cómo haría Cynthia para dejar de aferrarse a lo conocido y dejarse modificar por el aprendizaje? Como dijo Yohami: el aprendizaje es un cambio constante - dejar lo viejo e incorporar lo nuevo; refutar lo viejo o ratificarlo – al que no estamos dispuestos. Venimos a la vida a aprender y gastamos el tiempo que nos queda únicamente en la resistencia.

Ese es el miedo que surge ante lo desconocido. Y quizás la desesperación más grande de todas sea la de pararse un día cualquiera frente al espejo y aparecerse distinto – el hombre que se despierta siendo mujer y todas esas versiones cinematográficas -. Desconocerse.

Como en cada proceso dialéctico, aparecen dos benditas opciones: resistirse a ese cambio y llorar ante lo viejo - ¿Oíste, Cynthia? Llorar ante lo viejo – o aceptarse distinta y estar feliz con la evolución.

(…)

Parse.-
 


Inicio | Macrocosmos

Copyrigth 2002© Todos los derechos reservados