Nací en un pueblo recóndito, de esos en los que el lechero pasaba aún en carro, no por lo recóndito del pueblo, sino, sencillamente, porque soy muy viejo y cuando nací el lechero pasaba en carro por todos los pueblos.

 

      A los doce años comencé a escribir, no sin alguna dificultad, mis primeras incoherencias, en lo que fue un evidente traspaso de códigos y costumbres del registro oral al escrito, quiero decir que hacía ya mucho tiempo que decía incoherencias, sin poder hasta ese momento escribirlas.

 

      Mi relación con la palabra es, no obstante (he aquí un término que deseaba incluir más allá de que tenga o no sentido en el contexto) tensa, minuciosa, fútil y afiebrada y (espero que en este punto la editora respete el polisíndeton), por sobre todas las cosas distante esto último me define y anula toda tentativa (anterior o futura) de describirme:

 

SOY UN ESCRITOR (SI ALGUNA VEZ LO FUI) JUBILADO 

    

Por ende, las razones por las que alguna vez intenté escribir, están hoy afortunada y definitivamente superadas.

 


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