Escribir, como vivir, consiste en buscar. Buscar un lugar en el mundo, una voz propia, un estilo. Buscarse uno mismo en una palabra que lo resuma, en una actitud que lo defina, en un gesto que lo marque para siempre. Escrutar en otros el reflejo inesperado, una luz distintiva, la imagen distorsionada de lo que intuimos ser. 

 

         Y la verdadera búsqueda, como la verdadera vida, es aquella que nunca termina. La que se prolonga eternamente, intentando llegar siempre un paso más allá, traspasar el umbral de lo posible para llegar al reino de la incertidumbre y de la incógnita, pues el auténtico conocimiento emana de la duda, de cuestionar todo y a todos, de cuestionarse a uno mismo.

 

   

      Carlos hace tiempo que busca, que se busca, consciente de que nunca llegará al final del camino. Pero también consciente de que eso no importa: los verdaderos hallazgos son los que deparan las curvas cerradas, los atajos imposibles, las bifurcaciones huérfanas de mapas y planos. Busca como Johnny Carter, como Horacio Oliveira... Busca como los perseguidores de sueños que habitan en los libros de  Julio Cortázar.

 


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