El Instante

 

    Se muestra sentado. Su cuerpo levemente recostado sobre el respaldo de la silla que lo sostiene. Hombros angostos, que descienden hasta un pecho pequeño, casi de adolescente prematuro. Rostro blanco, de pómulos bruscos y mejillas sin barba. Mirada hundida; almendras resecas y ajadas sobre un tapiz de cándida hojarasca. Labios desprovistos de un bigote que los oculte. Cabello de ondas violentas, en castaño apagado y ligeramente peinado hacia atrás. Nariz aguileña, presa de una sutil desviación a la altura del tabique y cejas pobladas; terciopelo azabache y espeso que disimula las grietas profundas que, cual ríos víctimas de la sequía, surcan indomables los confines de una frente rectangular. El ceño fruncido revela un atisbo de preocupación, quizás circunstancial. Viste un pantalón en tenue azul, desprendido y abierto hacia los lados. El cinturón de cuero que cuelga sobre su derecha parece besar, furtivo, una sigilosa brisa que se empeña en agitarlo.

 

    Piernas extensas que culminan en zapatos gastados, que señalan al firmamento mientras descansan en la firmeza que brinda el taco, siempre amparados en un marrón oscuro que los confunde con el piso. Un piso elegante, de mosaicos forjados en listones blancos y negros, entrelazados en figuras geométricas que, sometidas a la distancia, simulan lunares en constante movimiento.

 

    Exhibe su torso desnudo. Escuálido, una punzante armadura de vértebras se desnuda sin piedad bajo su piel. Sus brazos, largos y descarnados, culminan, como si de un angosto desfiladero se tratara, en palmas enormes, recubiertas de una película débil aunque flexible, y que revelan sus límites en pálidas extensiones que se asemejan a dedos. Luce sus brazos orientados hacia delante. Las manos ocupadas en indagar los rincones de una cesta rebosante de frutos jugosos; ofrenda dispuesta a saciar la desesperación de todo peregrino sediento.

Sobre su cintura, una mujer. Que regala las virtudes de su abundante dulzura, desnuda de timidez bajo una camisa desprendida. Una larga pollera oscura, apenas levantada sobre un pantalón que yace indefenso, libre ante la desafiante osadía que esgrime el paño femenino. Un rostro de líneas perfectas, labios abultados, ojos que recuerdan las luces finales de un atardecer, y un rabioso cabello ceniza que cae, lacio, hasta la cintura. Piernas esbeltas aunque cortas, igualmente dignas de ser recorridas. Se muestran tersas, brillosas por un bronceado que evoca, salvaje, los inclementes latigazos que el trópico se encarga de grabar en la piel de sus súbditos.

 

    Su cuerpo pequeño, de extrema delgadez, se percibe cautivo; ahogado entre las piernas de él. Su mirada, el fulgor de su espíritu, prisionera a los ojos de él. Ambos sobre una silla precaria que disimula su fragilidad. Que se presta, cómplice, a una escena que inmortaliza un intervalo de futura fogosidad. Uno y otro inmersos en un horizonte de lienzo blanquecino, junto a una mesa de algarrobo astillado, habitada por dos copas de cristal y una botella teñida en morado. Un hombre que toma lo que desea. Una mujer que desea entregárselo. Ambos dispuestos a cercenar el mandato de una soledad tirana, contenta de mantener siempre prisionera a la natural inocencia del instinto.

 

    “Faltan algunos detalles” comentó Maximiliano, sin levantar la vista del libro que leía. “Lo dudo”, contesté. “Un color más y ya no habrá nada que contar” le dije, y nuevamente me dediqué a protagonizar, quizás por última vez, su más reciente pintura.

 

8 de Octubre de 2003
4.10 am
 


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