El  Guaguancó de la  China  y el  Chino

  

     Cuando El Chino llegó al bar que está frente al parque, Roberto La Fuerza y Ojazos ya estaban allí. Ellos siempre estaban en el bar. A la hora que cerraba el bar cruzaban la calle y seguían bebiendo en el parque. Aunque Roberto La Fuerza trabajaba como estibador en el mismo almacén que El Chino, nunca se quitaba un casco plástico de constructor que, años atrás, había recogido de la basura. No se lo quitaba ni siquiera los domingos. Esa era una mañana de domingo y Roberto La Fuerza parecía estar festejando algo. Ojazos era su compinche, y en ese momento reía con aquella risa estúpida que casi nunca se le borraba de la cara. El Chino se sentó con ellos. Roberto La Fuerza le contó que estaban celebrando porque habían conseguido una mujer. La tenían encerrada en el cuarto de él y le habían escondido las ropas para que no pudiera irse. La mujer era La Morcilla, alguien que todo el mundo en el barrio conocía. La morcilla era un cilindro prieto, con discretas manchas blancuzcas en el pellejo arrugado, que siempre estaba en el bar. El Chino se sentía atraído por ella desde la época de la secundaria, la misma época en que comenzó la vida amorosa de La Morcilla y muchos, a pesar de su visible fealdad, la buscaban porque sabían, o habían escuchado, que un rato con ella era un rato en el paraíso. El Chino supo del paraíso una madrugada de carnaval que se la encontró en un parque. Los dos habían tomado un poco y, después del sexo, El Chino descubrió algo que nadie más supo nunca, que La Morcilla era una muy agradable compañía, siempre alegre, siempre sonriendo, como si vivir fuera, para ella, una fiesta perenne. Pero El Chino era joven entonces. Sabía que los amigos no entenderían nada, temió que se burlaran de él y no quiso seguir viendo a La Morcilla. Ella lo persiguió un tiempo, enamorada y lo olvidó en el torbellino de amantes de quince minutos y en el torbellino de los años. La Morcilla se acomodó a esa clase vida y, con el tiempo, llegó a no soportar permanecer demasiado junto a un mismo hombre. Nadie sabía su nombre y nadie había podido tenerla mucho tiempo, ni siquiera encerrándola. Como para demostrarlo, a las diez de la mañana, La Morcilla, que rompió la puerta del cuarto de Roberto La Fuerza para escaparse, llegó al bar. Venía cantando, siempre estaba cantando. Tenía puestas una camiseta de hombre que le llegaba hasta los muslos y unas chancletas de palo. Ese era todo su atuendo. La camiseta estaba vieja, semitransparente y toda llena de huecos. Se podía ver  muy bien que debajo de aquel trapo no llevaba más nada. Roberto La Fuerza y Ojazos se disgustaron al verla llegar, pero El Chino, riéndose, pidió que la dejaran tomar un poco de la botella de aguardiente que él iba a comprar. Roberto La Fuerza se tranquilizó con la perspectiva de tener en la mesa una botella completa para ellos solos, además, mientras hubiera un tonto que pagara el aguardiente, La Morcilla no se escaparía por nada del mundo. Pero Roberto La Fuerza no dejó de aclararle al Chino que no lo podían incluir en lo de la mujer, si él quería pagar el aguardiente era su problema, pero la mujer era solo de ellos. El Chino sonrió,  pensando que La Morcilla no era de nadie, pero prefirió quedarse callado. Entonces llegó El Hombre del Tambor. El Hombre del Tambor tenía una pistola. Cuando ya estuviera borracho, El Hombre del Tambor iba a sacar su pistola, que le molestaba en el cinto, para ponérsela en los muslos debajo de la mesa. Eso lo había visto todo el mundo en el bar, y también habían visto al Hombre del Tambor bromear, amenazando a algún infeliz con su pistola. La pistola siempre estaba cargada y la cosa terminaba cuando sus escobios le quitaban el arma, la escondían y se lo llevaban a rastras hasta su casa del otro lado del parque. Al Chino poco le importaba todo aquel asunto secreto de la secta Abacuá, nada sabía de juegos, ñañigos, ecobios, ni de todas las reglas que marcan el comportamiento de esa secta repleta de desesperación y venganzas, pero estaba seguro de que jugar en público con una pistola cargada estaba mal, incluso para aquellos seres oscuros y violentos. El Hombre del Tambor tuvo suerte de que nunca lo viera un policía. Muchos, que no lo estimaban, llegaron a pensar que él mismo era una especie de policía, pero el escobio Saldivar solo era El Hombre del Tambor, y lo que hacía era lo que todos lo veían hacer: tocar las tumbadoras, riendo como un demonio, en un conjunto de guaguancó. Todos los sábados armaban una gran rumba en el callejón. El guaguancó era la pasión del Hombre del Tambor y también era la pasión de La Morcilla. El Hombre del Tambor se acercó a la mesa donde bebían El Chino, Roberto La Fuerza, Ojazos y La Morcilla. Ella le brindó un trago de su vaso, mientras él los saludaba a todos. Antes de regresar a la mesa de sus escobios, El Hombre del Tambor cantó unos versos y La Morcilla lo siguió, completando la primera estrofa de eso que se llama “Los Beodos”: “Decirnos a nosotros escoria, decirnos a nosotros escoria, eso sí tiene que ver. Nos dan ese apelativo sin saber por qué...” El Hombre del Tambor se fue a su mesa y El Chino dejó de prestarle atención. Pensaba en que le quedaba el dinero suficiente para comprar todo el alcohol que se necesitara para tumbar a Ojazos y a Roberto La Fuerza, a La Morcilla no. A La Morcilla la iba a meter en su cama cuando el aguardiente hubiera liquidado a los otros. El Chino no sabía por qué le gustaba esa mujer, por buena hembra no podía ser. La Morcilla parecía un demonio negro y enfermo, lo que tenía por pelo era como un fieltro quemado y escaso, lucía una pareja de delgadas cicatrices idénticas un pómulo, sus tetas eran como dos pedazos de grasientas y oscuras esponjas, que se alargaban, inertes, casi hasta tocar el ombligo, por encima de un vientre abultado y lleno de grietas, los dedos de los pies, torcidos y resecos, eran semejantes a las garras de un ave vieja y descomunal. Pero estos eran detalles, para percibirlos era necesaria una larga observación. Más que verlos, El Chino presentía esos detalles sólo cuando la bellísima sonrisa  de La Morcilla no le estaba encandilando los ojos hasta cegarlos. Si La Morcilla era un demonio, entonces tenía que ser un demonio muy carismático, porque cuando reía, a lo que en realidad se asemejaba era a un ángel en desgracia. Aquellos dos negros aguantaron como bestias una botella tras otra, pero al final, cuando El Chino se llevó a La Morcilla, ya no tenían ánimos para quitársela. La Morcilla también estaba bastante mal, caminaba dando traspiés y cantando. El Chino la sujetaba con un brazo y con el otro apretaba una media botella contra su cuerpo. Pero no tenía deseos de seguir bebiendo, tenía hambre. Cuando llegaron a su cuarto tiró a La Morcilla en la cama y se puso a preparar algo de comer. La Morcilla siguió cantando y bebiendo hasta que se quedó dormida. Antes de que se durmiera, El Chino le preguntó su nombre. Su nombre era Belén.

 

    Belén se despertó cuando ya era de noche. El Chino dejó el programa que estaba viendo en el televisor y le sirvió algo de comer, pero Belén no comió casi nada, quería seguir bebiendo. El Chino salió y regresó con más aguardiente y con cigarros, pero él no tomó nada. Se tumbó en la cama, después de servirle un buen trago a Belén. Belén conversaba, cantaba, se movía por el cuarto del Chino con entera libertad. El Chino la miraba como hipnotizado. Hacía muchos años que ninguna mujer había vivido allí, en aquella pocilga destartalada y sucia. Belén, comportándose como si viviera en ese cuarto, le revolvió algún anhelo escondido y olvidado. El Chino era un hombre amargo, tranquilo, borracho y trabajador, pero definitivamente amargo, casi triste. Belén ya había traspasado todos los límites y, seguramente, su vida era una historia terrible, muchas cosas difíciles le habían tocado a ese cuerpo, pero nada le arrebató la alegría, una alegría inocente, sexual y transmisible que tanto bien podía hacerle a cualquiera que se decidiera a compartirla, incluso a alguien tan amargo como El Chino. El Chino ya no lo pensaba, pero, en un tiempo pensó mucho que la vida era como una espesa mermelada y que él se revolvía en ella buscando, cada día, algo que lo ayudara a respirar, ese algo muchas veces adoptó la forma de una mujer, una mujer alegre. Esa mujer podía ser Belén, Belén que siempre estaba sonriendo y cantando, como sí, a pesar de todo, la vida fuera, definitivamente, una fiesta. El Chino haló a Belén hasta que la tumbó en la cama y entonces le hizo el amor varias veces, como un adolescente y, al final de la madrugada, se quedó dormido. No pudo dormir mucho. Temprano en la mañana se despertó sobresaltado, temía que Belén se hubiera ido. Belén estaba desnuda delante de la cocina preparándose algo para desayunar y con el vaso de aguardiente en la mano. La miró despacio. Sentía ganas de volver a meterla en la cama, pero ya no tenía fuerzas ni tiempo para eso. Era lunes y El Chino tenía que irse a trabajar, pero temía que Belén se escapara en cuanto él saliera. Cuando él salió, ella estaba mirando el televisor. Le dejó cigarros y cerró la puerta con candado por fuera. Pero regresó al mediodía. Se escapó del trabajo porque no podía estarse quieto pensando que, de alguna manera, Belén podía escaparse para ir al bar y que allí se encontraría con Roberto La Fuerza que no había ido a trabajar y, tal vez con Ojazos. Belén seguía delante del televisor. Roberto La Fuerza y Ojazos habían estado por allí tratando de violar el candado para rescatarla, pero ella no quería irse y les gritó que El Chino era su marido y que ella no pensaba salir de ese cuarto. Eso los asombró un poco, pero lo que realmente los contuvo fue el candado que no cedió. Mientras Belén le hacía el cuento al Chino, él vio que ella había limpiado el cuarto y adelantado algo de la comida. Belén le preguntó al Chino si él ya era su marido, El Chino dijo que sí, que ya era su marido. Pasaron la tarde metidos en la cama. Durante la comida, él sintió que se estaba enamorando de aquella mujer. Al día siguiente se quedó hasta las cinco en el trabajo, pero no se olvidó de poner el candado antes de salir por la mañana. Belén estaba llorando porque se había pasado todo el día sola, pero se alegró cuando El Chino llegó. Roberto La Fuerza y Ojazos habían vuelto a pasar por allí por la mañana. El Chino vio que otra vez el cuarto estaba limpio y la comida casi terminada. Salió a comprarle algunas ropas.

 

    Pasaron los días. Cuando El Chino llegaba del trabajo, salían juntos hasta el bar o el parque. Todos los sábados iban a bailar guaguancó a la peña que tenía en el callejón El Hombre del Tambor. Roberto La Fuerza y Ojazos ya no iban por las mañanas a tratar de sacar, a Belén de la casa del Chino. Ahora, y después que El Chino les compró varias botellas de aguardiente volvieron a ser amigos y le decían a Belén, burlándose, La China Morcilla. El Chino dejó de ponerle candado a la puerta y Belén salía a hacer las compras. Alguna vez se escapó para el bar, pero nadie podía sacarla de allí hasta que no llegaba El Chino. El Chino pagaba las cuentas de ella y se la llevaba cargada, y cargándola entraba en el cuarto y en el baño y se bañaban juntos y vestidos, riéndose hasta que terminaban en la cama haciendo el amor. El cuarto seguía estando limpio y limpias estaban las ropas del Chino, la comida siempre estaba lista cuando él llegaba del trabajo, aún cuando ya era casi una costumbre que Belén lo esperara en el bar. A veces ella quería seguir bebiendo y él la complacía y se quedaban bebiendo hasta que cerraba el bar. Cuando el bar cerraba se iban a seguir bebiendo en el parque hasta caer rendidos. El Chino ya no se despertaba sobresaltado pensando que Belén podía haber escapado, se despertaba con una taza de café que ella le ponía todas las mañanas delante de las narices. Cuando él se iba ella seguía durmiendo la borrachera. Un sábado, El Chino tenía que quedarse hasta tarde en el almacén. Él y Roberto La Fuerza descargaron solos un montón de camiones. Trabajaban cantando y bebiendo aguardiente. Cuando todos los sacos blancos se amontonaban en pilas perfectas, ellos quedaron exhaustos y completamente borrachos. El Chino llegó a su cuarto y se tiró en la cama con la ropa puesta. Belén estaba borracha y no lo sintió acostarse junto a ella. Cuando El Chino despertó ese domingo por la mañana la cama olía a queroseno, Belén olía a queroseno y hasta su propia ropa estaba contaminada de ese olor. Luzbrillante, la palabra le hirió el pecho como un rayo.

 

    Luzbrillante era un camionero de otro barrio que algunas veces paraba en el bar, como siempre tenía ese olor la gente le puso ese nombre y Luzbrillante se había metido en la cama con Belén, en la cama del Chino y con la mujer del Chino. Mientras El Chino la golpeaba con una furia desgarrada, Belén lo miraba sin comprender. No recordaba nada, pero El Chino la iba a matar a golpes. Los gritos de dolor y de furia llenaron el silencio de la mañana del domingo en el solar. Muy poca gente estaba despierta a esa hora y casi todas eran mujeres, mujeres que lavaban en el patio común las ropas de sus maridos. Los hombres aún estaban durmiendo. Las mujeres se acercaron tímidas y curiosas a la puerta del Chino, pero no se atrevieron a más que dar gritos y carreras incongruentes. Algunos hombres se despertaron. Derribaron la puerta y sacaron al Chino de encima de Belén antes de que la matara. Los vecinos se la llevaron para el hospital. Cuando se llevaron a Belén, El Chino agarró un machete y salió por el barrio a buscar a Luzbrillante. Luzbrillante no estaba en ninguna parte y El Chino terminó en el bar. El Hombre del Tambor estaba el bar jugando con su pistola. El Chino se sentó en su mesa de siempre sin prestarle ninguna atención hasta que se puso bien borracho, entonces quiso convencer al Hombre del Tambor de que le prestara la pistola para matar a Luzbrillante. El Hombre del Tambor se rió de él y entonces El Chino le propuso comprársela, pero El Hombre del Tambor se reía cada vez más. El Chino insistió, ofrecía una enorme suma por la pistola con todas sus balas y El Hombre del Tambor comenzó a impacientarse. El Chino se percató de que no iba a poder lograr nada y se sintió mucho más molesto de lo que ya estaba. Comenzó a hacerle reproches al Hombre del Tambor que terminó de ofenderse y le dio un manotazo al Chino. El Chino quiso responder, pero calculó mal el golpe y quedó a merced del Hombre del Tambor que, sin perder la oportunidad, lo golpeó con la pistola en la cabeza y lo encañonó. El Chino estaba en el suelo, encañonado y con la cabeza sangrando, pero no paró de gritarle insultos al Hombre del Tambor. La situación se ponía cada vez más tensa, hasta que alguien gritó que venía la policía. El Hombre del Tambor guardó con calma su pistola y El Chino se fue con la cabeza rota y el machete en el cinto, murmurando maldiciones. No vino la policía. El Chino pensó que ahora El Hombre del Tambor también era su enemigo y que tendría que matarlo, pero no podía dedicarle ninguna energía a este nuevo problema, El Hombre del Tambor iba a tener que esperar, porque primero estaba Luzbrillante y lo primero es lo primero.

 

    Los días pasaron, El Chino seguía buscando a Luzbrillante y Belén ya había salido del hospital. Apenas salió del hospital, Belén fue a buscar al Chino, pero el Chino no se dejó encontrar por ella. Cuando Belén no estaba buscando al Chino,  estaba en el bar hasta que cerraba, pero ya no cantaba ni se dejaba agarrar por nadie. Todos los que se le acercaban tenían que oírla hablando del Chino y a todos, conocidos o no, les pedía que intercedieran por ella con  él. El Chino extrañaba a Belén, la extrañaba mucho. Ya no estaba yendo al trabajo y el cuarto volvió a estar sucio y desordenado. Todos los días se emborrachaba, pero en otros bares lejanos en donde le cogían las ganas, cansado de buscar a Luzbrillante. Lloraba en la cama, tarde en la noche, porque deseaba estar con Belén, pero no podía perdonarle su traición mientras Luzbrillante no estuviera muerto. Los días seguían pasando sin que Luzbrillante apareciera para que El Chino pudiera matarlo. Con el paso del tiempo, el deseo de estar con Belén fue venciendo. Ella iba todos los días hasta la ventana del cuarto del Chino a gritarle que la perdonara, que volviera con ella, que la dejara entrar. A veces El Chino estaba dentro y no abría, a veces no estaba y Belén, sin saberlo, le gritaba hasta quedarse dormida en la puerta. Él llegó una noche y la encontró allí. No tuvo fuerzas para pasar por encima de Belén y dejarla fuera. La cargó y ella se despertó cuando él la puso en la cama. Hicieron el amor llorando. Belén repetía que la perdonara y que la perdonara todo el tiempo que estuvo despierta. A la mañana siguiente El Chino le pidió a Belén que se fuera, pero ella se le agarró de las rodillas, repitiendo aquello de que la perdonara y que la perdonara y que la dejara quedarse allí con él. El Chino quería que Belén se quedara, pero todavía no había podido encontrar a Luzbrillante y, como Luzbrillante seguía vivo, Belén no podía quedarse. Pero no pudo hacerla salir. Ella le dijo que se iba a quedar allí encerrada y que nadie lo sabría. Le prometió que no iría al bar, ni al callejón y que nadie sabría que ella estaba de nuevo con él, hasta que Luzbrillante no estuviera muerto. El Chino aceptó, aceptó porque no tenía fuerzas ni deseos de sacarla de allí a rastras. Volvió a ir al trabajo, pero se cuidó de ponerle candado a la puerta antes de salir. Regresaba temprano a encerrarse en el cuarto con Belén, a comer la comida que Belén le tenía siempre lista, a mirar el televisor con Belén, a hacer el amor con Belén hasta quedarse dormido, cansado de tanta felicidad. Ya no tenía fuerzas para salir a buscar a Luzbrillante.

 

    El Chino se encontró con Luzbrillante un mes y medio después de haber vuelto con Belén. El Chino ya no estaba buscando a Luzbrillante, pero él mismo no sabía que no lo estaba buscando y siempre salía con el machete. Cuando lo vio sintió un susto: ya no quería matarlo. Matarlo era ir a la cárcel, dejar de estar con Belén. Algo tenía que hacer. Empujó a Luzbrillante hacia el interior de una escalera, amenazándolo con el machete y, siempre  amenazándolo con cortarle la cabeza de un tajo, lo obligó a quitarse toda la ropa, mientras pensaba en lo que podía hacer. La emprendió contra él con el plano del machete y le estuvo dando planazos hasta que Luzbrillante estuvo en el piso, fuera de combate y al borde de la inconsciencia. Cuando El Chino le metió el dedo en el culo a Luzbrillante, le dijo que eso lo hacía por el bien de los dos, porque tenía que limpiar definitivamente su honor con la muerte, o con la deshonra más absoluta de su enemigo y su enemigo ahora era él, pero no quería desgraciarse cargando con su muerte. Luzbrillante tenía los intestinos ocupados y la mano del Chino se llenó de mierda. El día siguiente era sábado y, como antes, El Chino fue a bailar guaguancó con Belén a la peña del callejón.

 

    El callejón estaba muy animado, la música se oía desde varias cuadras de distancia y, apenas se entraba, el olor del aguardiente terminaba produciéndole una especie de enérgico frenesí a todos los que iban llegando, que eran muchos. Había más de doscientas personas bailando, cantando, emborrachándose y queriendo saber dónde estaba El Chino. Todo el barrio quería ver al Chino. El Chino estaba bailando, bien borracho, en medio de un apretado grupo que no podía creer lo que estaban mirando sus ojos. El Chino gritaba que le había metido un dedo en el culo a Luzbrillante y alzaba su mano derecha en dirección a la cara de los que estaban más cerca, que no sólo podían ver, sino también oler la mierda reseca. El Chino reía y gritaba y alzaba su mano llena de mierda sin parar de bailar guaguancó con Belén.

 

    A media madrugada El Chino se despertó pensando en El Hombre del Tambor. Esa tarde en el callejón la gente se la pasó hablando de cómo El Chino se había vengado de Luzbrillante. La gente lo aprobaba y El Chino sentía que esa aprobación también iba con su relación con Belén. Venían a saludarla y hasta hubo quien se refirió a ella como “La señora del Chino.” Pero no faltó quien mencionara el incidente que tuvieron en el bar El Chino y El Hombre del Tambor. Es cierto que los que hablaron de ese asunto eran unos pocos cobardes que habían soportado los abusos del Hombre del Tambor sin atreverse a responderle, pero también era cierto que todo el mundo sabía que en aquella pelea El Chino había llevado la parte mala y eso empañaba su triunfo sobre Luzbrillante. Al Chino lo único que le preocupaba era la parte moral del asunto, nunca quiso ser un héroe del barrio, nunca se mezcló con los pendencieros y no era de los que siempre estaban peleando en el bar, ni siquiera hablaba de eso, pero nunca nadie había podido ponerle un pie encima. La gente sabía que debajo de aquella apariencia comedida, El Chino tenía malas pulgas y ni los más buscapleitos  se metían con él, que tampoco daba motivos, pero ahora estaba este rumor que no lo dejaba dormir. No quería problemas, pero tenía uno. No podía permitir que su moral estuviera en boca de cualquiera, además, El Hombre del Tambor sonreía cada vez que lo miraba esa tarde en el callejón. Los ecobios del Hombre del Tambor también sonreían y El Chino quería que dejaran de reírse. Belén estaba despierta, cantando parada en la ventana y, cuando El Chino salió con una botella de aguardiente en una mano y el machete en la otra, ella salió con él. El Chino había dormido un poco, pero todavía estaba muy borracho. Se detuvo frente a la casa del Hombre del Tambor y, justo debajo de su ventana, comenzó a gritarle que saliera, que saliera si era hombre, que él lo iba a matar, o mejor, que él le iba a quitar la pistola y se la iba a meter en el culo, como mismo le había metido el dedo a Luzbrillante. El Hombre del Tambor estaba durmiendo su borrachera y no pudo escucharlo, nadie lo escuchó. No había nadie en la calle, oscura y desierta, sólo Belén, La China Morcilla, que se reía de no haber aguantado y haberse orinado su propia ropa. Cuando El Chino echó a caminar hacia su cuarto, ella lo siguió, cantando.

                    


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