El Ministerio

 

            Como cada mañana, a las nueve había reunión para organizar la agenda del día y repartir el trabajo entre los siete integrantes del despacho. Manuel llegó el último – no era extraño esto – y para variar, irrumpió en la sala mientras el jefe dirigía al resto uno de sus soporíferos discursos, pesadísimos tanto por el tono aburrido como por el contenido, repetido hasta la extenuación. Que si la competencia; que si los costes; que si la productividad; etcétera. Manuel se disculpó por enésima vez – cada día cuesta más aparcar – y se acercó a la mesita situada al fondo de la sala, junto a la ventana, donde una cafetera ya casi vacía le ofrecía el primer estimulante del día. Y entonces, mientras daba vueltas a la cucharilla de plástico, preguntó qué le habían dejado, con toda la carga irónica de quien sabe que para el último siempre queda lo peor, y que por tanto, ese iba a ser su cometido durante el día. Luis, amigo íntimo de Manuel, y encargado de asuntos fiscales en la empresa, se disponía a decírselo no sin soltar unas cuantas carcajadas cuando fue bruscamente interrumpido por el jefe, que en virtud de su cargo se reservaba para si el placer de dar a conocer a Manuel la noticia, obteniendo así una pequeña victoria, ya que Manuel le fastidiaba enormemente, siempre tan informal y tan irresponsable, pero a la vez muy querido por sus compañeros, y sobre todo, por los clientes. Sus labios se arquearon, tratando de dibujar una sonrisa – lo cual le costaba un mundo, no crean – y con voz de triunfo dijo : “Hoy te toca el Ministerio”. Mientras, el resto del personal reía cómplicemente.

 

            No le molestó en especial a Manuel, pues como él pensaba, cuando uno está en la calle –lejos del jefe- puede conocer gente, tomar algo en cualquier momento, incluso vivir alguna que otra situación surrealista que hacía las delicias de los compañeros cuando les era relatada. Pero la verdad es que el Ministerio era el destino más odiado por cualquiera de sus colegas. Monumento al despilfarro y la incompetencia, sus doce plantas estaban rebosantes de funcionarios colocados perfectamente en filas de mesas y ordenadores, como las incubadoras en las salas de maternidad, pero mientras los bebés son agradecidos con la maquinaria que los mantiene y los alimenta, los funcionarios se afanan en trabajar lo menos posible. Por si esto fuera poco, llegar hasta ellos constituía toda una odisea, entre tanto atasco, tanta zanja, y tan pocas plazas de aparcamiento. Raro era el día que conseguía Manuel aparcar a menos de tres o cuatro manzanas de allí, y en aquellas extraordinarias ocasiones, se obsequiaba con un carajillo en vez de un triste café, a modo de deportista celebrando un triunfo con champán.

 

            Después tocaba cruzar la puerta, estrechamente vigilada, donde de uno en uno había que pasar por debajo del detector de metales, siendo ferozmente escrutado por no menos de cuatro policías armados hasta los dientes. Un día Manuel tardó exactamente treinta y dos minutos en pasar, pues tan solo hay un detector, y son cientos , sino miles, las personas que transitan cada hora por allí. Así que Manuel – la experiencia es un grado – compró el periódico para estar entretenido. Por suerte no tuvo que recurrir a él, al menos en la puerta, que no era más que el principio. Cruzó el inmenso hall, en dirección a los ascensores y saludó amablemente al bedel, que le correspondió con una especie de gruñido. “Planta tres, por favor”, le dijo al ascensorista. La planta tres era una de las peores, ya que se trataba de la más visitada por los sufridos ciudadanos. Conocedor del mecanismo, tomó turno recogiendo un ticket de la máquina que había justo enfrente del ascensor, y se sentó frente a las pantallas que indicaban mesa y número. Entonces si sacó el periódico del maletín y comenzó a leer. Tenía el número 096, y la cosa marchaba por el 057. Había tiempo para Nacional y Deportes como mínimo.

 

            Se equivocó. La cosa dio para leer hasta el suplemento cultural, algo que Manuel nunca hacía. Cuando por fin llegó su turno, se dirigió hasta la mesa cuarenta y dos, tratando de ver las pantallas de los ordenadores de las otras mesas, buscando pruebas palpables de lo que él consideraba una conducta inherente al funcionariado – o sea, ver pornografía o chatear por Internet – teoría que pensaba demostrar en cuanto tuviera ocasión. Se acomodó frente al funcionario y comenzó a sacar sus documentos, un simple trámite burocrático.

 

- Aquí tiene el DNI, copia del IAE, copias del Impuesto de Sociedades de los últimos cinco ejercicios- iba diciendo Manuel...

- Falta el impreso A12 – replicó el funcionario, con un tono impersonal, más propio de un robot.

- ¿Qué?.¿Qué impreso es ese? – dijo Manuel con asombro.

- ¿ Es que no lee usted el BOE? – contestó el funcionario- Nueva normativa. Entró en vigor el día 1.

- ¿ Y no me lo puede usted pasar por esta vez? Llevo hora y media esperando                   preguntó Manuel no sin cierto escepticismo-.

-No señor, las normas son las normas. Puede usted recoger ese impreso en la planta cinco  concluyó el funcionario sin apartar la vista de la pantalla de su ordenador.

 

            Llegado a la planta cinco, Manuel decidió no esperar a que le tocara, y tras preguntar al encargado de planta, avanzó hasta una mesa, siendo objeto de todo tipo de insultos e improperios proferidos por aquellos que pacientemente aguardaban su turno. “Hola, me han dicho que aquí me pueden dar el impreso A12 - le dijo Manuel a una chica que se entretenía rizándose el pelo con sus dedos- ¿El A12?. A mi no me suena, pregúntele a Pablo . ¿Y quien es Pablo?. Pues salió a desayunar hace un rato. ¿ Y tardará mu... Eso nunca se sabe, señor – ni siquiera le dio tiempo a preguntar- . Pues mire, señorita, voy a estar allí sentado, avíseme en cuanto llegue, por favor”.

 

            La espera no se hizo larga, pues la retahíla de quejas de los que esperaban le entretenía. Que si es usted un caradura, que si me alegro de que no le atendieran, que si nosotros también tenemos prisa, etcétera. Solo una persona se había abstenido de criticarle, y tratándose además de una señorita muy atractiva, Manuel optó por hacer aun mas amena la espera. “ ¿ Qué escribiría Larra si viviera en nuestros días?”, le preguntó a la chica con su mejor sonrisa. “¡Ni Larra ni leches, es usted un sinvergüenza!” – respondió ella elevando notablemente la voz, y siendo aplaudida a continuación por el resto de la concurrencia-. Afortunadamente, en esos momentos se acercó la funcionaria. “ Señor, Pablo ha llegado”.

 

            Otra vez de vuelta en la planta tres, con el dichoso impreso ya cumplimentado   – no era más que una simple instancia – se repitió la escena de los insultos, pues no era plan de volver a esperar. “Este no es, señor – le dijo el mismo funcionario que se lo había pedido anteriormente -. ¿ Como que no?. Impreso A12, planta cinco – replicó Manuel temiéndose lo peor -. No señor, planta cuatro. ¡Pero si usted me dijo que la cinco!. No señor, A12 rojo, planta cinco, solicitud de informe sobre recogida de residuos industriales. A12 azul, planta cuatro, solicitud de almacenamiento de residuos, no es lo mismo. Ya pero usted ... Lo siento”.

 

            En la planta cuatro había más gente que en todas las restantes juntas, incluida la señorita atractiva y peligrosa de la planta cinco, por lo que Manuel, tras recoger su ticket y mirar no sin proferir un suspiro las pantallas correspondientes, decidió salir a tomar un café. Esperó con ansiedad el ascensor que lo sacaría de aquel centro  psiquiátrico no reconocido y solicitó al amable ascensorista ir a la planta baja. “Espere señor, que vamos hacia arriba. Ahora mismo bajamos”. Cada vez más enfadado, Manuel sacó su teléfono móvil del bolsillo interior de su chaqueta para avisar a la oficina, pero no tenía línea. “ Lo siento señor – dijo el ascensorista-. No funcionan en todo el edificio. Han instalado inhibidores de frecuencia, por seguridad. El Ministro, ya sabe.” Subieron hasta la planta diez, pues las dos restantes estaban reservadas para altos cargos. Tras abandonar el ascensor el último ocupante, el ascensorista pulsó el botón, pero en vez de bajar, las luces del ascensor parpadearon, acompañando un sonido grave y atronador.  “Vaya, otra vez se ha soltado la correa. Lo siento señor, tendrá que bajar por las escaleras” – fue todo lo que acertó a decir el ascensorista, quizás asustado por la vena hinchada en la frente de Manuel-. “Esto no me puede estar pasando”, pensaba Manuel mientras comenzaba a bajar por las escaleras. Encendió un pitillo – por lo menos en las escaleras nadie se lo iba a prohibir – y bajó, dejándose caer empujado por su propio peso mientras oía un débil canturreo, más intenso a medida que bajaba. A la altura de la sexta planta encontró un grupo de albañiles – nada le sorprendía ya a esas alturas – que inmediatamente le solicitaron que volviera por donde había venido. “ Cortado, señor, por reformas, ya sabe. ¡ Pero si el ascensor no va!. En el ala Este hay otro, señor. Pues ábrame la puerta que cruce por esta planta. No puedo, señor, solo personal autorizado, ya sabe...”

 

            Había que volver a subir cuatro pisos, cruzar toda la planta diez, y bajar por el otro ascensor, justo lo que necesitaba Manuel tras una mañana como la que llevaba. Apuró su cigarrillo y comenzó a subir lentamente, pues el tabaquismo y su sobrepeso no eran amigos del esfuerzo físico. Pero, extrañamente, no le costaba subir, todo lo contrario. A medida que avanzaba se sentía más ligero, sin ahogos ni toses. Y entonces se asustó. Por un momento sus pantalones grises le parecieron blancos. Se detuvo y los observó cuidadosamente; todo normal. Hambre, pensó; son las dos, y no llevo más que un café en el cuerpo. Retomó la ascensión y esta vez no hubo lugar para el miedo, ni tan siquiera para la sorpresa. Los pantalones grises se tornaron blancos, al igual que su americana negra y la camisa azul claro. También su maletín se volvía blanco, toda vez que se fusionaba a su mano primero, después a su cadera, creando un todo blanco que paulatinamente fue cubriéndose de extraños signos negros, más familiares a cada momento. Casillas, campos y líneas. DNI, Apellidos, Nombre, Dirección. No tardó en darse cuenta. Se estaba convirtiendo en una instancia. Una asquerosa instancia en blanco, como las que tantas veces había rellenado. Condenado a ser manoseado, llevado de un lado a otro, arrugado y pisoteado. A ser almacenado junto a expedientes, informes, anexos, solicitudes y actas que serían olvidadas en cualquier lugar oscuro, el sótano del Ministerio por ejemplo, a la espera de su destino final, la trituradora de papel, esa horrible máquina que en segundos engullía aquello por lo que miles de personas habían sufrido para aparcar, habían hecho colas interminables, aguantado funcionarios ineptos e incluso habían recibido los insultos y desprecios de sus colegas. Eso en el peor de los casos. El mejor – más bien el menos malo – consistía en pasar a la poco noble categoría de papel en sucio, aquel que se utilizaría para ser garabateado, contener el número de teléfono de vete-a-saber-quien o las firmas repetidas hasta la saciedad de un funcionario aburrido, quizás el propio Ministro, quien a lo mejor dedicaba su tiempo a hacer aviones de papel.

 

            Nadie daba crédito a las noticias en la oficina. Luis, por ejemplo, pensaba que se trataba de una broma. “¿ Qué Manuel ha saltado por la ventana del Ministerio al grito de “Soy una pajarita”?. ¡Anda ya!. Cuéntame otro.”

 


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