Distancias Astronómicas

 

 

“ La imagen moderna del universo se remonta tan solo a 1924, cuando el astrónomo norteamericano Hubbel demostró que nuestra galaxia no era la única...”

 

            Seguramente ambos estarán pensando en lo aburrido de la transmisión radiofónica – un programa de divulgación científica, nada menos- mientras conducen de regreso a casa, tras pasar el fin de semana en la costa, precisamente en la costa, tratando de evitar el naufragio en que se había convertido su relación, comprendiendo demasiado tarde que hay circunstancias en las que mantenerse a bordo solo sirve para hundirse con el barco.

 

            ¿Es qué no hay otra cosa en la radio?, pregunta ella, con un tono neutro, distante, acorde con la situación. Busca tú, le replica él, cortante, sin apartar la vista de la carretera, dolido y triste, volcando su rabia contra el acelerador. Tragando kilómetros, doscientos ya. Y los que quedan, que no son pocos, los peores. Junto a alguien que en cuanto pueda bajar del coche dejará de estar junto a él. Sin remedio, sin marcha atrás. Una ruptura previsible e incluso necesaria, y sin embargo tan dolorosa, al menos para una de las partes, pues la otra decidió hace tiempo.

 

            Pocos coches para ser domingo, dice él, incomodo por un silencio solo roto por la radio multiplicando años luz y cometas y asteroides, sin esperar una respuesta que no se produce, pues a ella también le irrita la situación, en un grado distinto, no en vano ella ha sido la primera en rendirse, y sin embargo sigue junto al abandonado,  que a su vez piensa en la perdida de tiempo, de dinero, y sobre todo de dignidad que ha supuesto un fin de semana que jamás debió existir, y que jamás volverá a repetirse.

 

            En tales circunstancias, una disertación sobre la expansión del universo llega a ser hasta gratificante. Por eso es comprensible la irritación que suscita en ambos observar como el nuevo túnel de la autovía, recién estrenado, de doce kilómetros de longitud, se abre ante ellos y les invita a entrar, quedando fuera la radio, que desaparece de repente, multiplicando los silencios y la incomodidad del momento. Una recta infinita y oscura, donde el tiempo parece pasar más despacio y la sensación de claustrofobia aumenta a medida que se aleja la entrada del túnel en los espejos retrovisores.

 

El presente parece detenerse o congelarse. Lo único que denota movimiento es la sucesión de rayas blancas discontinuas que inconscientes se lanzan bajo el coche, y que vistas de cerca, a toda velocidad, dan una sensación de estatismo definitiva; parece que alguien ha pulsado el pause. Sucede sin embargo que por muy lento que parezca el transcurrir del tiempo, un minuto no deja de tener sesenta segundos, y que a ciento veinte kilómetros por hora, doce kilómetros se hacen en seis minutos. Es entonces cuando cada uno de ellos, en silencio, sin alertar al otro, comprueban discretamente relojes, indicadores de velocidad y cuenta kilómetros, hacen rápidos cálculos mentales, y finalmente, comienzan a asustarse.

 

            Los dos tienen mucho más en común de lo que piensan y saben, pues reparan a la vez en que no han visto otros coches en el túnel, ni adelantados ni adelantantes, tampoco señal de tráfico alguna, ni teléfonos de emergencia. Tan solo un recta larga y oscura, infinita. El se lo iba a decir; ella no le da tiempo. Saca su teléfono móvil del bolso, marca y escucha. Como era de prever, el gesto es inútil. Perdidos, solos, incomunicados y sin soportarse, y sin embargo ambos sienten a la vez la necesidad de mirarse, de hablarse, de pasar juntos por algo que no aciertan a explicar, pero que está ahí, delante de ellos, y detrás también. El infinito hacia ambos lados, y ellos en medio, sin saber ni cómo ni por qué.

 

            Y la sensación de angustia crece por momentos. Solo él sabe que no queda mucha gasolina, en realidad muy poca, así que ella tampoco tardará en darse cuenta, en el mejor de los casos cuando se pare el coche, algo que no va a tardar mucho en suceder, y entonces si, el caos o el terror, o todo a la vez y para siempre. El acelerador tiembla bajo su pie, o su pie sobre el acelerador, mientras comparten el último cigarrillo del paquete, quizás el último de sus vidas, y es entonces cuando surge la esperanza, en forma de emisión radiofónica recuperada de repente, señal de la pronta finalización del túnel, e instantes después en una curva, tras la cual se adivina majestuosa la salida, la luz, el aire, la vida, y sin embargo lo único que ven tras superar la curva es túnel, otra recta infinita y oscura. Y se desmoronan sobre sus asientos, completamente abatidos e incrédulos, con la radio como única compañía, hablando en esta ocasión de agujeros negros, como no podía ser de otro modo.

  


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