Diálogos de Medianoche

 

No hay luz en el silencio obstinado de los espejos.

No hay luz en los viajes ni en las costas:

el tren golpea y no se detiene en desconocidos

pueblos,

golpea y se detiene en ciudades que no conoceremos,

atraviesa campos brillantes al amanecer, caballos

y la cercanía del mar anunciando viajes diferentes.

 

Pasarás muy cerca y nunca llegarás a comprenderlo.

Es un camino persistir en las preguntas,

ver y rever el mismo rostro cada vez devuelto.

Nobleza obliga, Dios ayuda y nunca llegarás a

comprenderlo.

Se dilata la llama de las velas,

el cielo es blando y tu mirada mucho quiere

acariciarlo,

es blando el mar y tu cuerpo es blando.

Comienzan a vislumbrarse estancias anheladas,

costas y certezas, copas y vinos,

rostros y cuerpos alargados.

Comienza a crecer en huertos paralelos la nausea,

los sudores cada vez mas fríos, el humo del tabaco,

el laberinto de los sexos estallando en jardines de

piedra.

Es un camino persistir en las preguntas,

la danza de los labios

buscando en el muro lo que otros en la luz o en el

silencio.

 

¿Quién eres?

¿A quién pertenecen las siluetas que atraviesan tus

insomnios?

¿Quién eres?

¿A quién pertenecen los objetos gastados

que usas una vez y otra

con la esperanza de que un día van a deshacerse solos?

¿Quién eres?

¿A quién pertenecen esos viajes, esos círculos

de los que hablas y hablas tanto en la penumbra?

 

Cruzas la madrugada y la ciudad como las cruzan los

perros,

duermes, comes mansamente moviendo el rabo, ladras a

los desconocidos:

como un perro.

Te atenaza la sospecha de que vas a morirte solo,

definitivamente lejos de la luz y de los rostros

devueltos.

Entonces no recordaras lo que querías para ti,

o lo que tanto preguntabas y nunca llegaste a

comprender.

 


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