Deberías Titularlo

 

 

    Caminó tres pasos por el pasillo hasta tomar el revólver del escritorio y se quitó la vida de un disparo en la frente; así debiera culminar alguna vez este relato. La soledad no agrega nada a los problemas, solo se dispone de mayor espacio para cavilar sobre ellos - sobre ella -

 

      Caminó tres pasos - llamémoslo “Y” - por el pasillo hasta tomar el revólver del escritorio; el aire fresco de la madrugada le infló los pulmones y surcó una mueca de alivio en su rostro. Resbaló por el empedrado hasta alcanzar la plaza, que se dispuso a atravesar en diagonal. Se cruzó de frente con un hombre - si se me permite “X” - de mirada oscura y pómulos hundidos en las solapas levantadas

 

- Buenas noches, permítame que lo invite a tomar asiento en aquel banco - el grueso cañón del arma que portaba “Y” aseguraba una respuesta afirmativa - la madrugada es ideal para una charla entre caballeros - el rostro de “X” desnudó cierta sorpresa, aunque no parecía asustado.

Al llegar al banco el anfitrión prorrumpió:

- Quítese la ropa - El invitado obedeció con cierto rictus de fastidio

- Ahora cuénteme una historia, y le aconsejo sea interesante y breve, porque voy a matarlo cuando termine.

- Mi mujer - farfulló “X” como un autómata después de un instante en que pareció masticar cada una de las palabras - tiene un amante

- El prólogo no parece demasiado innovador

- Cada noche lo trae a mi cama mientras finjo dormir - continuó sin atender a la interrupción, mientras su interlocutor asentía con algún entusiasmo.

 

- Todo comenzó hace… un tiempo; ella se ausentaba por pequeños lapsos; empecé a  descubrir señales - golpes suaves en la ventana,  susurros -  Una noche sentí su murmullo en la cocina, después en el comedor, que dista apenas a unos pasos de mi habitación; jamás he abierto los ojos, y no es por miedo, no, hace unos días oí que caminaban hacia mí, en verdad me costó contenerme, sentí sus gemidos, la vibración de las sábanas y hasta el roce de su transpiración. Pensé en matarlos, en terminar con mi vida, pero le confieso que ese momento se ha vuelto imprescindible; me invade la fiebre, mi respiración  se torna acelerada e irregular. El encuentro nocturno se ha transformado en el sentido de mi vida, de nuestras vidas, creo, aunque de ellos no me interesa más que la materia que me brinda ese extraño placer… como ve, mi historia no tiene un final, no lo tenía hasta ahora...

 

- Váyase - se limitó a sugerir “Y”, sin prestar ya atención al arma que colgaba de su puño izquierdo - “X” lo observó por un instante con sorpresa, y comenzó a alejarse lentamente

- Eh! Eh! - pareció reaccionar - …Su ropa…

 

    Caminó tres pasos por el pasillo hasta la heladera, tomó con ambas manos la botella de vino y dio un profundo y lento trago; limpió sus labios con la muñeca izquierda y dejó ver los dientes por un instante; por sobre la puerta blanca y destartalada alcanzó a ver el revólver sobre el escritorio; como siempre.  

  


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