Cristal

 

    Miró su reloj, impaciente. Casi las 9, y él todavía no llega.

Mientras tanto, a través del límpido ventanal de cristales la lluvia dibuja, déspota, las facciones de una ciudad derrotada por el creciente otoño. Automóviles y transeúntes disputándose las migajas de un pavimento resquebrajado, sometido al inclemente llanto del firmamento.

 

    Las 9, y él aún no llega. De pronto, el teléfono suena, pero ella decide ignorarlo. Alguien le transmite: “su marido no llegará hasta el mediodía”, pero la mujer se mantuvo indiferente. Avanzó unos pasos y se acercó a los cristales. Respiró suavemente sobre ellos hasta empañarlos, para luego, con su dedo índice, comenzar a trazar un contorno desprolijo en el que, tenue y difuso, se confundieron los rasgos de un rostro y los senderos de un laberinto.

 

    9 y 10. El murmullo de unos pasos que se aproximan destierra el silencio. Pasos que se detienen, giran y transponen la puerta para dirigirse rumbo a los ventanales. Ella continúa delineando formas sobre el cristal cuando algo detiene su mano temblorosa, inquieta ante la docilidad del vidrio. Está de espaldas, en silencio. Los hombros firmes, la cabeza en alto y una blusa de seda, apenas liberada en dos botones que ceden, tímidos, a un rosado escote que apenas permite adivinar una ilusión de piel. De pronto, cautelosa, discreta, una leve caricia se deslizó por su cuello. Lo recorrió despacio, apenas al contacto para luego detenerse. Ella continuó de espaldas. La mano desconocida dejó su lugar a dedos cálidos, que no se contentaron con apreciar la inocencia de tan perfecto cuello. Que bajaron hasta la blusa, y comenzaron a juguetear con los botones desprendidos. Y de pronto liberaron otro hojal. Y luego otro, para entremezclarse con el ardor que, cual húmedo vapor, escapaba vírgen del ahora turgente escote.

 

    Lentamente, un brazo serpenteante se aferró a la fragilidad de su cintura, y la obligó a retroceder unos pasos. 9 y 20. Ella respira de manera pausada sobre el ventanal mientras el brazo, de pronto amable y cuidadoso, la ciñe a otro cuerpo, y los dedos cálidos continúan explorando la suavidad escondida bajo la delicada prenda. El paisaje, de manera repentina, se deshace en ráfagas de calor, y ella se ve desfallecer bajo el disimulado persuadir de un perfume embriagador. Un perfume que habla de un atardecer lejano, teñido de pasión y risas nerviosas. Dos cuerpos conociéndose tras un furtivo escape a través de los pasajes de la lujuria. Una desenfrenada carrera, sólo saciada por la lascivia intrépida que apenas necesita de una caricia sugerente para volverse éxtasis. En una habitación de hotel, un paseo de compras o una oficina. Lo mismo dá. Sólo dos cuerpos fundidos, aferrados el uno al otro; inmersos en una danza sensual celebrada a los felinos ojos de dos personas que se desean.

 

    Enceguecida, la mujer giró y lo tomó de frente. El dulce fulgor de una boca que no hizo más que buscar otros labios. Y los encuentra, juega con ellos, los muerde; los acaricia con el tenue movimiento de su lengua. Los párpados apretados por el imperio de la fantasía, para luego caer al piso, quitarse la ropa con violencia y dejar que él se pierda en el agitado movimiento de su vientre. Se sumerja, obnubilado, en el delicado latido de su entrepierna a la búsqueda del preciado néctar de la salvación. Mientras las manos, los dedos, todo lo tocan; lo acarician, lo modelan sin pudor.

 

    Tras los ventanales, la lluvia se transforma en furia torrencial que borra las imágenes. Que silencia los gemidos. Ella aún respira agitada cuando él regresa de las seductoras llamas de lo vedado, simuladas bajo una aparente candidez que, inútilmente, encubre la sed de contacto. Y comienza nuevamente a recorrerla, a transitar la perfumada suavidad de una piel estremecida por el placer. Regresa a su boca, para encontrar en ella el sabor de la fruta madura y una melodía que, a modo de susurro, adormece sus oídos. Ambos se entrelazan, finalmente, en un rito de palpitaciones compartidas, enlazados en un movimiento pausado, calmo como el gotear de la miel cuando ésta comienza a derretirse. Respirando al unísono para no separarse, en un instante de placer estrepitoso aunque fugaz.

 

    Al fin, los cuerpos se detuvieron, los labios dejaron de morderse y las respiraciones retomaron su tranquilidad. Pero las caricias continuaron unos segundos más, imperturbables. Luego, un intervalo de calma, un ligero soplo de serenidad que alcanzó para revelar la comunión de dos fuegos condenados a nunca ser extintos.

 

    Ella se levantó. Se vistió apurada y nuevamente se acercó a los cristales para ver la lluvia. Él la imitó, presuroso, al tiempo que la observó alejarse. Siempre de espaldas. Siempre distante. 10 de la mañana. Ninguno de los dos habla: no hace falta. De pronto suena el teléfono, pero ella no le presta atención. Alguien que vuelve a transmitir: “Su marido no vuelve hasta la tarde”.

 

    Cuando él decidió abandonar la oficina, ella, siempre de espaldas, siempre distante, repitió la frase acostumbrada: “Mañana a las 9, o estás despedido”.

 

 28 de Septiembre de 2003

 


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