Alucinando  

 

 

    Te forje en papel arroz y al margen del mundo me senté a fumarte. Te forje de piélagos, de reflejos de luna, de poemas inconclusos que en humareda se elevan al calor de la pluma que te inventa. Cada palabra que aspiro, de tu boca narcótico fruto, me arrastra impalpable del desvanecido litoral de mi conciencia al vértice de la euforia. Soy un rostro en busca de un eco que extravié en mi infancia que se aventura en el agua sosegada de tu espejo; vestigios de movimiento estremeciéndote en epicúrea danza, en nebulosas ondulaciones en que mis rasgos desertan para pertenecerte. La dolorosa conmoción de tu mirada detiene el tiempo, y escurren los instantes calcinados por tu humedad ardiente. Se derrite tu piel, en gotas de aire, en bálsamo, en olores a luna derramada y mar en celo, a lagrimas y a sexo. Entre zumbidos de insectos remonta una marea de sollozos y jadeante me interno en la espesura de tu selva cargada de misterios. Estoy en trance, sumido en tu mundo de luces y de formas, de húmedas y suaves texturas. Hay grandes ojos que me observan, dioses, espejismos, belleza y arte puro que me corta el aliento e implacable me persigue. Mi corazón se detiene, dejo de respirar, de pensar, de moverme. Vibrando enajenado muero, lentamente, sin dolor, sin pesadumbre, reposando mi debilidad en tu cansancio.

 


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