K

 

"Todas las parcelas de mi vida tienen algo tuyo

y eso en verdad no es nada extraordinario

vos lo sabés tan objetivamente como yo".

 

Mario Benedetti.

 

 

   

     Apareció tarde – como siempre -, con su gran sonrisa reivindicadora , qué según él, contaba con algún poder mágico capaz de redimirlo en las peores situaciones.

 

        -Ya lo sé, no es necesario el reclamo, no uso reloj, ni soy esclavo de la hora y lo sabes.

 

     Y claro que ella lo sabía! No había cosa de él que no supiera, lamentablemente era de las pocas existencias en este mundo,  que tenía la certeza apropiada en cada clase de situaciones.

 

     Caminaron en silencio algunas cuadras, entraron a una librería y se le encendieron los ojos con aquel libro sobre la vida de Kafka – "Franz Kafka/ Diarios/ (1910-1923)", para ser más exactos -. Cuando se dio la vuelta y se distrajo con otras cosas, él ya lo estaba comprando, días atrás había sido su cumpleaños y siempre los malditos detalles en la punta de los dedos.

 

     Hojeó el libro mientras seguían su trayecto, entraron al café de siempre – dos té, por favor -, subieron las escaleras, y se sentaron en la mesa de siempre, junto a la ventana. Una mesa que por demás no era suya, era de otra – de ella- y precisamente eso era lo que la hacía tan de ella.

 

      Hablaron sobre religión, sobre el pasado, recordaron algunas cosas tontas, también de ella - ¡cómo podía faltar el tema favorito! -, le dedicó el libro: “A J. (ya no Isabelle) en cualquier cima. Allí también hay un sabio alucinado, como en las esquinas de todo parque” Firmada con garabatos – escribió cualquier cosa a su parecer -.

 

     Tomaron el té despacio y se miraron poco a los ojos, lo único que podían hacer en aquel tiempo, eso, y tener un poco de dignidad con ellos mismos, aunque fuese falsa.

 

      Salieron de ahí con el sol a cuestas, tomaron el metro, el se sentó sobre sus piernas – como siempre - y fueron hasta Plaza Venezuela. La conversación era poco importante, ella pretendía descubrirlo, saber qué demonios sentía con todo ese tiempo atragantado en la boca del estómago.

 

     Recorrieron algunas otras librerías, creo que buscaban un libro de texto para alguna de sus clases, no lo recuerda con claridad, revisaron libros, se rieron de sus malos chistes – otra de sus tantas costumbres-, hasta que de repente lo sintió venir por detrás, la abrazó con fuerza y entendió lo que quería dejarle en evidencia con aquel falso abrazo. Por muchos años se negó a mi misma que lo suyo pudiera ser sólo eso, pero la facilidad con que se iban a las manos, siempre le llevó la contraria a sus pensamientos.

 

- ¿Y si vamos a un lugar más solitario? – preguntó él -.

- No. – Respondió – con el deseo recorriéndole todo el cuerpo.

 

    Sabía con claridad lo que representaban aquellos encuentros; horas a plenitud, no había pareja más certera. Pero después se quedaban tan vacíos, hasta tan culpables por haberse amado tan intensamente sin amor,  ritualizados con respecto a lo que seguía; el vestirse, el decir cualquier estupidez para reír un poco, el irse… Desde ese entonces antes de ir con alguien, pensaba en el después, y así se rescaté miles de veces.

 

     Siguió insistiendo, mientras pasaban de una librería a otra, sin saber ya ni lo que buscaban. Finalmente llegaron a la plaza, y se acostaron en el césped, muy cerca de la fuente.

 

     Conversaron mucho sobre ellos, de las cosas que sentían, de la improbabilidad de una vida – sana – juntos, de lo impertinente que se les venía la adultez, de los sueños que ya no podían realizarse, pero aún así no desistían de ellos.

 

     Fue un buen momento, uno apoyando la cabeza en el cuerpo del otro, pero apartados del morbo, dejando de lado lo carnal, para volver a ser un poco ellos mismos, eso que tanto los asustaba ser cuando estaban solos y juntos.

 

    La tarde despuntó a terminarse y caminaron tomados de la mano hasta el autobús que los llevaría de vuelta a sus vidas individuales.

 

   Se besaron. Le pidió un beso para saber qué sentía, y el predecirlo fue absolutamente fácil: nada, ya no sentían nada, aún así lloró, de impotencia quizás.

 

  Se despidieron con el abrazo interminable de siempre, ella  prefería mil veces su abrazo.

 

      Caminó hasta su casa abrazada del libro, vivió su vida, se casó, se fue del país, se consumó su matrimonio, se separó, se fue a otro país – no al suyo, únicamente para no tener que volver a verlo -, y finalmente seis años después de aquel día, pudo leer el libro. No era tan bueno después de todo, “El Castillo” sigue siendo su libro predilecto de Kafka.

 

 


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