Llevo horas perdida en la lectura de un Borges aún desconocido para mí. Siento que el tiempo se ha detenido mientras yo leía. Lamento ser tan acertada con mis presentimientos. Por obra del azar y el cansancio miro el reloj, tras unos instantes entiendo que está detenido. Le doy unos golpes suaves, no reacciona. Me levanto del sillón.  Camino hasta la cocina buscando alguna otra referencia, que suele dar la hora en la pared. También se ha detenido; 3:05 a.m. lo mismo que indica el otro reloj.

 

Nunca lo olvidaré. El presentimiento comienza a cobrar fuerzas, el corazón se acelera cada vez más, es cuando escucho mis latidos que asimilo el silencio espectral que me rodea. Siento un pequeño mareo, aceptar que el tiempo se ha detenido, es demasiado absurdo.

 

Vuelvo a la pieza, mi gata me observa plácida sobre la cama, ella realmente me sirve poco como referencia: jamás le importa nada. Me siento atrapada. Así en ropa interior y descalza, abro la puerta de la casa lentamente. Afuera no hay nada, realmente el tiempo se ha detenido. Levanto la vista al cielo, las nubes se han quedado congeladas. Me hago presa del pánico, corro hacia la calle. Nada. Todo estático e inanimado.

 

En medio de mi desvarío, recuerdo el conjuro de reversión, me aferro a ello como lo único que quizás pueda rescatarme.

 

Comienzo a retroceder sobre mis pasos, corro de espaldas, dejo de mirar el cielo, desabro la puerta lentamente, miro a mi gata –  sigue sin importarle nada -, salgo de la pieza, devuelvo a mi corazón el ritmo cardíaco normal, no presiento nada, olvido.

 

Observo el reloj de la cocina sin poner atención a la hora, vuelvo a la pieza, me siento en el sillón, acaricio el reloj (sin prestar atención a los números), desleo el libro lo más plácidamente que puedo, pero sin perder el sentido de lo que éste, ya no va diciendo y el porqué lo hago.

 

Cuando llego a la primera palabra, de la primera hoja, respiro profundamente. Con toda seguridad y conocimiento de causa, miro el reloj. Son las 3:06 a. m.

  


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