Qué jodido es mirarse desnuda al espejo y verse tal cual, con todo, con las verdades y las mentiras, con las miserias, con el dolor y la rabia, con la imperfección, con las ganas de amar hechas  nada, con la sangre queriendo salir desesperadamente de mis muñecas. Verse así, con un hueco en el medio, con una falta de aire que nada llena. Una cree que se puede recuperar del daño y seguir adelante, pero luego te encuentras con que la rabia y el dolor han creado en ti hogueras por todos lados, barricadas, muros, castillos, puertas que no pueden derribarse, entonces me siento asfixiada, atrapada dentro de mí misma, porque a nadie podrían destruir tanto mis verdades, como a mí.

 

      Muchas veces he tratado de ser otra, o de ser mejor, o de cambiar, pero parece que la enfermedad de ser yo misma, crece vertiginosamente hacia adentro, lo más invisible que puede, para que yo piense que me estoy curando, y me relajo, y me pienso fuerte, y salgo y creo que es el sol lo que estoy mirando… y es allí cuando sale ella, como un animal salvaje desesperado de hambre, acechador implacable de su presa. Y a mi cada vez me va quedando menos corazón y menos fe, con la casi certeza de que algún día para bien o para mal, voy a desaparecer de todos lados, como si pudiese borrarme de la conciencia colectiva de todos los que me conocen, con mis colores y mis formas en todas sus gamas. Ya no sé ni quién soy, sólo sé que me siento prisionera de mis propios personajes, que en este cuerpo habita más de un alma, y que el alma no siempre es buena.

 

     Quisiera sentirme salvada por haber leído el Lobo Estepario, por pensar que podré vivir con todo esto aquí dentro, que voy a seguir buscando respuestas, que escribo para ser leída, pero todo queda aislado en el vacío. Siento entonces que mi mejor consuelo es la desesperanza, quizás sea más fácil darme por perdida, pero terminará siendo más sano dejar de luchar batallas perdidas de ante mano, y quedarme así, un poco quieta, un poco como congelada, sin avergonzarme tanto de todos mis agujeros, sin querer llenar el vacío con más vacío, como si el ser humano que soy no fuese tan podridamente complejo y yo quiero solucionarlo llevándome un pan a la boca a diario. Todo lo que tengo es mi palabra, eso que soy yo misma, esto que ahora se hace papel y se lee, y se entiende, y se puede llegar hasta a pensar: yo sé de lo que está hablando, yo la conozco…. Ella esto y ella aquello, pero… quién se adentra de verdad a mis laberintos? Quién corre el riesgo verdadero de quedarse a vivir conmigo y con mis demonios y mis verdades, y mis depravaciones, y mis miedos, y toda esa basura que me hace sentirme tan compleja y tan desesperada de mí misma? 

 

     Esta necesidad absurda de ser comprendida, amada, respetada por una persona que jamás podré ser yo misma, porque en el fondo me tengo tanto miedo, soy tan débil, estoy tan sola, y el medio a la soledad puede ser a veces mi peor enemigo, pero la realidad es que sin dicha soledad yo no podría mirarme tal cual soy, desnudarme de esta forma, mirarme los rincones y las alegrías enclaustradas en pequeños frascos con formol, para que se conserven mucho tiempo, pero en realidad todo asfixia, todo es lo mismo, y yo sigo parada frente a mismo espejo, mirándome deformemente, tratando escapar, huir, siendo por cierto, muy cobarde como para hacer nada, explicándome que la vida es bella y que hay que vivirla a plenitud, que aunque el mundo sea un asco, vale la pena tener sueños, aunque nunca puedas alcanzarlos, aunque esté tan cansada de mi misma, que eso no me baste para vestirme de nuevo y volver a sonreír.

 

“La felicidad no es una forma de vida, sino un privilegio”.

 

 


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