Recién  descubro que amo la palabra. Su forma, sus pequeñas letras agrupadas… hay tantas maneras de que la palabra no diga nada, o lo diga todo. Y no es sólo la palabra en sí, son los acentos, las exclamaciones, la entonación, la intención… Cada letra representa algo, podría ser un color o un sonido, algo fuerte, inolvidable, como un tatuaje preconcebido.

 

Entonces me encuentro con que los ojos y las palabras son verdaderos amantes, de esos cuerpos que una vez que se encuentran ya no pueden volver a separarse porque dejarían de existir. Siendo así también he de admitir que hay palabras que odio, quizás porque me hieren más allá de lo que a conciencia soy capaz de soportar. Pero dichas palabras también me llevan a ciertos extremos que se hacen absolutamente tentativos para mi. ¿Quién juega realmente, la palabra o uno? podría decirse que uno hace uso de ésta, pero eso es absolutamente relativo, en millones de momentos me he sentido absolutamente usada por la palabra y no creo haber sido la única que lo haya sufrido.

 

Caramba me acabo de dar cuenta de que jamás puntualicé que me refería absolutamente a la palabra escrita. Quizás dicha aclaratoria está demás para algunos, pero para no caer en la impuntualidad de confundir mi palabra referida con la palabra hablada, queda del todo sentado que es a ella a quien hago absoluta referencia, a la palabra escrita, hermosa como sólo ella sabe serlo. Y muchos podrían alegar que es exactamente lo mismo, y he de defenderme diciendo que se equivocan, porque el silencio que se atrapa entre la lectura de una palabra y la pronunciación de ésta, es algo tan marcado como la distancia de la tierra a la luna, al menos para mi.

 

Ahora me siento esclavizada por la palabra, asfixiada por el auto compromiso de no poder desprenderme de ella, de ser co-dependiente de su intención y sus formas. Comienzo a aturdirme, pero en cuanto intento escapar con mis más radicales esfuerzos, viene y me sorprende con algo sutil, con la clase de palabra que acaricia y desborda, y entonces vuelvo a ser su complaciente prisionera. La palabra me lo da todo en este momento. A ella  están atados absolutamente todos mis sentimientos, mi capacidad de moverme, mis argumentos y mis influencias. Si me quitaran la palabra y su correspondiente silencio, estaría absolutamente perdida, creo que dejaría de respirar voluntariamente para poder caer en una desesperación un poco menos fuerte que el hecho mismo de perderla.

 

Cuando la palabra me desnuda entonces realmente entiendo que me he perdido para siempre, dichas palabras consumen mi cuerpo y me dan orgasmos excepcionales, entonces sé que esta pleitesía nunca será de gratis, que yo he de morir y renacer gota a gota en la palabra irremediablemente. Su manera más cruel de castigarme es romper mi conexión con ella, inutilizar mi entendimiento, se muestra tan sutil como siempre, pero me hace imposible saber que quiere decirme, como si tuviese el poder para bloquear mis sentidos y dejarme allí, inerte, desprotegida, desesperada a la espera de que me mire aunque sea por el rabillo del ojo y me de una pequeña señal de que sigo siendo suya, y que me sigue amando como sólo ella puede hacerlo. Pero es cierto, su castigo es directamente proporcional a mi abandono, pero es que hay  veces en que necesito diluirme de ella, dejarla de lado, escuchar un poco las cosas a mi alrededor, para sentir que su fuerza de pertenencia no atrofia mis otros sentidos, dejándome absolutamente sorda, intáctil, inodora, insabora.

 

Única y absolutamente a su merced. Igual es una contradicción, yo no sé como existir sin ella, pero a su vez esta pertenencia me aplasta dejándome sin otra escapatoria que amarla con todas mis fuerzas, sentir inextensible la cruda y absoluta realidad de que sin ella ustedes no podrían leerme jamás. Y eso verdaderamente duele.

 

“Cadáver exquisito de mi propia iniquidad…”  

 

 


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