Obituario en un periódico desconocido.

  

 

Sólo un cuerpo desnudo en medio del gran charco, desnudez que no se basaba precisamente en la ausencia de ropa, sangre que certeramente provenía de ella. Un proceso que no le tomó demasiado tiempo, la preparación meticulosa no admitiría errores de ningún tipo. Muchos meses atrás había conseguido el arma perfecta, las bibliotecas le dieron un buen material sobre aquellas muertes certeras y su procedimiento correcto. Sabía cómo debía estar su cuerpo, la pulsación indicada en cada una de las venas escogidas, sabía también cuanto tiempo le tomaría caer inconsciente, inclusive tenía medido el dolor y el miedo que soportaría. La liga para hacer la presión suficiente, su sangre se acumularía justo donde lo delimitase; hoy en día venden todo tipo de cosas. El armamento no consistía mas que en un trozo afilado de vidrio y algunos calmantes por si la desesperación le impedía continuar con la otra muñeca,  la herida debía tener al menos un centímetro para que la cantidad correcta de sangre fluyera.

 

Se levantó temprano, justo después de tener la certeza de estar absolutamente sola, tres días en ayuno, pensaba:  mientras más débil, más pronto se dormiría. Tomó un baño y se vistió completamente de blanco, siempre había amado el color blanco y era una ocasión especial. Dejó su largo cabello suelto, y maquilló un poco su rostro, para que la palidez no fuera tan impactante. Pensó que la ducha era el mejor lugar para hacerlo, la sangre tarde o temprano se borraría de la porcelana blanca, y aquel lugar podría volver a ser alquilado. Entró al lugar elegido, antes se miró unos minutos en el espejo, alguien debía mirar su rostro por última vez y quién mejor para guardar su imagen que ella. Cerró la puerta,  se sentó en el suelo, saboreó sus lágrimas, dejó a la mano un vaso de agua y unas pastillas, y comenzó lentamente con aquel penoso ritual. No dejó nota de despedida, el universo que la rodeaba conocía a la perfección sus absurdas razones “se había perdido de si misma, y con ello, había perdido la esperanza de encontrarse”. Mantener los ojos abiertos para cerciorarse del tamaño correcto de la incisión, la sola previa acumulación de sangre en su muñeca había causado un breve mareo, hizo la primera cisura, aprovechando aquella valentía concurrió a su segunda articulación.

 

Estaba hecho, lo más difícil había pasado, ahora admiraba el fluido deslizarse lentamente al suelo, dejó las manos caídas. Cerró los ojos, podía dedicarse a recordar las historias  amadas en su vida, y todos aquellos que jamás le perdonarían el haber huido. Una fuerte sensación de nausea estremeció su estómago, pero se hacía tan pesada que no quería moverse, involuntariamente  arqueó, expulsando de su cuerpo un poco de bilis,  sabía que a partir de aquella sensación de sueño irremediable comenzaba la cuenta regresiva. Arrastró consigo su almohada, así que cambió de posición y se recostó en el suelo, perdido el cuidado sobre la posición de sus manos y sin quererlo, ya su ropa no era del todo blanca. La cabeza revivía la sensación que la heroína había causado en ella la primera vez, aquel shot inolvidable hacía un poco más de un año. Perdía visibilidad, lo que comprobaba cada cierto tiempo entre abriendo los ojos para chequear su lucidez. Ya no importaba, se estaba haciendo morir con la velocidad necesaria, en lugar de esa muerte estúpida que se había dado por casi siete meses.

 

Se durmió, finalmente se durmió, lo ultimo que sintió fue un poco de sangre pegando la ropa a su cuerpo y tuvo la extraña sensación de líquido algo menos denso saliendo de sí, entonces supuso que se había orinado, pensó: – "Perdóname  Daniel, por no haber inundado de sangre el lavamanos" -. En unas seís horas su marido la encontraría allí,  imagen de la que ella tantas veces había hablado y él la había silenciado con un – por favor, no digas estupideces -. Era realmente hermoso desdoblarse y verse, lamentó que en medio de lo etéreo no pudiese tomarse una fotografía, pero de seguro la policía se encargaría de ello, quizás por algún azar de los hechos, dicha foto llegase a manos de alguien que apreciara aquel abstracto arte que había hecho ella de sí misma.

 

Llegó tres horas más tarde de la que debía, al entrar la buscó con la vista y dijo su nombre un par de veces; habrá salido a caminar pensó y quiso chequear si sus llaves estaban en casa… allí estaban, colgadas en el lugar indicado, la casa estaba completamente en orden, inclusive la cama estaba tendida. Por un instante un frío extraño le recorrió el cuerpo, caminó despacio por el pequeño departamento ¿estará escondiéndose de mi?, prosiguió con la búsqueda que culminó en el baño, se paró frente al urinario, bajó el cierre de su pantalón, y un extraño olor lo hizo girar la cabeza hacia la derecha… La miró, sencillamente la miró, aquella maldita imagen de la que ella tantas veces le había hablado, inclusive hacía pocos días había escrito un relato sobre ello, y como de costumbre lo había hecho escucharlo sentado en el sofá de la sala, un poco en contra de su voluntad, otro poco en medio de su sueño. Impotencia, rabia, desespero, lo hicieron sacudirla repetidamente con violencia, con la vaga esperanza de encontrar algún vestigio de vida, en aquel cuerpo claramente muerto. Cuando logró razonar de nuevo, lavó sus brazos en el lavamanos y llamó a la policía para reportar el suicidio, ya tendría tiempo para estar solo y maldecirla por haberlo dejado de aquella cobarde manera.

 

En la pared de la escena, obviamente haciendo uso de la única tinta a su alcance, había una simple e inolvidable palabra escrita, aquella que le daría la inmortalidad en todos los ojos que la leyeran para recordarla:

 

Isabelle*…

 

 

¿Qué tan trillada puede ser la historia de mi muerte? (incluyendo la muerte misma).

 

 

 R.I.P

Jennifer Dugarte.

 Marzo 1978 – Mayo 2002

"En recuerdo de los sueños que no cumplimos".

 

(Ilustración: Salva Salom Climent)


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