Testifico que me tomó desprevenida. Quizás si hubiese podido presentirlo – como solía hacerlo – habría actuado de otra forma. Pero no, llegó así, de la nada, comenzando por un ruido estridente que me hizo saltar del miedo, dándose paso, imponiéndose presente ante todos. El espacio entre advertencia y hecho, no se hizo esperar demasiado. Yo ansiaba algo glorioso, que dejara huella, inclusive llegué a apostar conmigo misma, que esto estaría ocurriendo por lo mínimo tres días seguidos.

    Mi inocencia me hacía pensar y/o desear, que durase mucho más. Primero suave, despacio, como tanteando el terreno, como saboreándolo dulce. Luego sentí la vitalidad de su fuerza, cómo se hacía definir en cada humedad proporcionada de manera presurosa. Fue un vaivén, un ir y venir, ese olor que tanto he añorado todos estos meses, la química entre mi piel y su roce, la calidad incomparable en su forma de poseerme con pureza, dejando intachables marcas de plenitud en cada pliegue de mi humana forma…

    Rogué que se quedara toda la noche conmigo, envolviéndome, dándome material del más puro, para poder escribir y escribir sobre mis alucinantes y epicúreas sensaciones. Me quedé dormida aun sintiendo, fantaseé despertarme de madrugada, que volviese a ser suya con fuerza, que como mil noches irresolubles, me despojara de todo mi sueño para beber de su boca, de sus ojos, de toda la inmensidad que representa y se hace materia.

    Me equivoqué, o quizás la fuerza de mi suplica fue muy precaria. Al despertarme ya se había ido, busqué rastros, rememorar su olor que queda en el aire como una huella perenne. Ya no estaba. Tuve temor de volver a no saber cuándo tiempo pasaría antes de que volviera a tomarme como esta noche, hacía tantos meses me había abandonado sin recelo alguno.

    Quizás es mi culpa, sólo a mi se me ocurre en medio de mi inocencia, venirme a un lugar tan climáticamente desértico, tan lejos de esta lluvia que amo con absoluta devoción y entrega.

    Lúcidamente los milagros son tan breves.



Anoche, por unas pocas horas, juro que llovió.
 


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