¿Cuántos de nosotros no estamos perdidos?   Yo he decidido abandonarme a la literatura que encierran las cosas de mi misma que no logro hallar. Voy despacio. Este jamás podría compararse con el breve paseo que me representa escribir, por el contrario, es una tarea un tanto kilométrica, que de vez en cuando llevaré a la superficie de las cosas inencontrables. Entre la principal de esas cosas está el silencio. Sé que a muchos les incomodará la sensación automática de sentirse pedidos aquí, dicho de algún modo mas honesto: No os prometo entendimiento, pero sí, entrega. Voy a mi silencio y salgo de el, desesperadamente atrapada por el ruido enceguecedor, eso que mezcla todos y cada uno de los sentidos, convirtiendo al ser humano, en una masa animada, sin capacidad alguna, de control sobre si mismo. Confuso instinto de ser quienes somos.

 

    >> Una de aquellas mañanas, desperté en absoluta soledad. Todo estaba tan vacío. Aun así utilicé mi descalces bien asignada, y me dirigí hacia dentro, hacia lo que más miedo me daba siquiera pensar. Debo confesar, que cuando llegué al lugar que esperaba, no encontré más que a una pequeña niña asustada de si misma (lógicamente dicha niña era yo, y eso no es un secreto para nadie). Desde ese momento comencé a perderme, a indagarme, a desahuciarme y revivirme con el morir de la noche. El sol sale siempre sin falta ¿acaso lo habías notado?. Dicho encuentro fue breve, encerré nuevamente a mi niñez, y me di la vuelta, el problema es que ahora no hallaba el camino de regreso, y es aquí donde me encuentro, desde dónde con un poco de desespero y otro poco de incongruente calma, les hablo.>>

 

(Ilustración: Salva Salom Climent) 


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