¿Cómo explicarle al ser humano, de los inmutables placeres de los dioses? Del fluido inmerso en lo más íntimo de mi ser, que va recorriendo los pliegues de un mundo efímero… El tacto incoloro e insaboro de aquello que produce sensaciones meteorológicamente incalculables. ¿De qué serviría adentrar la mente del hombre en mis oscuras perversiones, si de igual forma su roce jamás sería tan delicado como para despertar mis incongruencias de un letargo adherido? No valen la razón ni los abismos esta sentencia de muerte exquisita, dónde lo que se va palpando con los ojos, nos produce un gemido turbulento, perdiendo razones y miedos a la tolerancia de lo indecible. ¿Cómo controlar el susurro impalpable del deseo que arremete contra los principios y propiedad del ser?. Cuando una gota de sudor resbala por mi vientre ante el pavor de la iracunda penetración que un filoso cuchillo está a punto de hacerme, para marcar el himen sacrílego, para romper con la putrefacción que los seres perversos me han asignado. Casi sería un delirio llevar una mente a este mundo superfluo, donde el instinto tiene todas las de ganar, relamiendo tentablemente este suelo dulce, lubricado de miserias que no podemos volver a perdonar jamás. El quejido imperfecto de mi paraíso comprimido, no tendría razón de ser si desde este infierno permutado, yo no pudiese tocarte de la forma estridente que tus tímpanos indican. Entonces he de proseguir con la plenitud inmóvil de saber que se ha entregado hasta el último significado del halito a un ser que por ventura sólo reconozco en mis más mórbidos ensueños.

 

 

 

 

(Ilustración: Salva Salom Climent)


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