El ser humano – el hombre – está hecho de sus pequeñas historias. Casi no se ve, pero toda la piel por dentro y por fuera, está llena de palabritas, créanme ahí están. Y entonces proponés – Vení, vamos a tomarnos un mate y a compartir nuestras historias.... Y por un momento pensás que van a hablar, pero no.

 

    Cuando dos niños pequeños juegan sus historias son tan cortas que las inventan. En ese momento la piel es como una esponja que se alimenta de la savia creativa que el cerebro en conjugación con lo que es atrapado por sus ojos, derrama y se esparce cumpliendo el papel de la experiencia. Entonces comenzás  a crecer, y se van borrando las historias inventadas, por las sensaciones reales y así nos vamos formando día a día.

 

    En el caso contrario cuando llega la vejez, entonces esas historias se van deshojando, pero no se quedan por allí tiradas, sino que pasan a ser entonces una casa, un suelo, el monumento invisible a la sabiduría del final de una generación.

 

    ¿Y para nosotros qué queda? Pues eso, hacernos el amor. Lamemos la piel y en la lengua, se nos van quedando pegados los trozos de vida administrada equitativamente, y por ello siempre tenemos esa sensación de querer más.

 


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