La coexistencia justo como la conocemos, no es más que una absoluta catástrofe dentro de nosotros. Somos tan elementales, tan frágiles. Deshacernos en un solo segundo, inclusive tú, que lees esto, podrías dejar de respirar justo ahora y jamás terminar de saber o entender lo que tengo que decir. Siempre he sido adepta a atrapar pequeñas flores de su medio natural, en este instante que lo reflexiono no soy más que una flor como tantas aquellas que he hecho mías, para ellas soy la muerte que las deja sin la savia que las alimenta, así, nosotros somos desprendidos de nuestras raíces vitales cuando menos lo esperamos.

 

          Concurro a reírme de todo esto con demasiada ironía, hallarse luchando por sobrevivir, por alcanzar  sueños absurdos, y al final no queda más que mirarlos desvanecerse cuando cerramos nuestros ojos en señal de fe, y entregamos – no nos queda otra – a ese inevitable declive del que nadie se salva.

 

       No le temo a la muerte, quizás es porque desde niña me he hecho la idea de que ciertas partes de mi van muriendo poco a poco, las personas a las que amo que he perdido se han llevado con ellas símbolos claros de la existencia que solía ser.

 

      Tampoco soy proclive de la desesperanza, pero en días como hoy, es innegable alimentar el suplicio de saber que mi existencia tan efímera como un rayo de luna, nada más, aunque yo me empeñe en reflexionar otra cosa. Todo muere, la muerte misma se hace un imposible reclamo sobre su breve energía, porque una vez que te lleva consigo se deshace y ya no representa dicha extinción, el concepto se contradice y ahora no es otra cosa, que uno más de nosotros buscando qué se yo, del otro lado en dónde nadie entiende nada.

 

     Hoy la miro con un poco de tristeza, a la existencia quiero decir, no le ha tocado un trabajo nada agradable, tener que sustentarnos para luego partir como niños pequeños, abandonados, y ciegos, sintiendo ella toda la responsabilidad de las cosas que no realizamos, de las casas que dejamos a medio construir, de los frutos que se pudrirán en nuestra ausencia, del arco iris que no tendrá quien lo borre con tan solo cerrar la ventana.

 

     ¿Quién curará a la pobre vida? acaso los infelices que se quedan con ella por incontables años, y no se cansan de patearla una y otra vez, de reclamarle las ganancias y las pérdidas como si ella pudiese darles de vuelta todo ese rencor transformado en bolitas de azúcar, para prepararse un té y volver a olvidarse de todo esto.

 

(Ilustración: Salva Salom Climent)


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