Cómo se extraña la ciudad cuando no se tiene. Calles conocidas de memoria ¿recuerdas?, solíamos caminarlas casi a ciegas, reconociendo cada uno de sus olores, la desgracia y la alegría de los rostros anochecidos. Susurro de aliento cercano, lugar dónde morir sin importar los percances o la facha. El aroma del pan recién hecho a las 6 de la mañana, todos los ojos tratando de esquivar un sol hiriente. Sabía a dónde correr y cómo huir.

 

    Parque inmenso de árboles entre cruzados, concebible llegar desde tantos caminos variables al lugar mágico, aunque lo importante siempre fue perderse, saberse en otro universo, dónde estamos con dios aunque no creamos. Al verlo en la lejanía – mi amado lugar sagrado- me vestía por entero de aquella descalces nata, me acercaba despacio, sintiendo cada ráfaga de aire, cada sonido estridente de silencio. Muchas veces creí que la hipnosis que me producía aquel suelo no podía ser coincidencia. Llegar finalmente, me dejaba caer en sus raíces, posándome en unos inmensos brazos protectores llenos de pequeñas hormigas. Allí dormitaba sabiendo que nada podía tocarme, excepto la magia natural que me nutría maravillosamente. Alguna vez me subí alto en sus frondosas ramas, colocaba mi oreja pegada a su piel y lo escuchaba apacible respirar, y entonces respiraba yo a través de él. Sólo un fruto me dio a  comer, un mango dulce, dulce como el néctar de los dioses. Cuanto te añoro mi adorado espacio. El cielo se hacía abiertamente infinito , y la lluvia torrencialmente bautizaba al empaparme. Eres el verde del nunca jamás, porque aunque hoy quiera alucinarte, no consigo atrapar la lucidez que me brindabas.

 

        Camino de regreso a lo que consideraba mío - estación Parque del Este -.  no las calles que me vieron crecer como humano, sino las que observaron pacientes el re descubrir de mi alma. Iglesia Santa Eduvije, templo sagrado para mis pequeños ojos muertos de sed, de sonrisas. Subía pausadamente los escalones, escalones donde viví infinitas horas de maravillosa espera. Hacia una leve reverencia para persignarme y silenciosamente entraba, me posaba de rodillas en el último banquillo, es decir la última fila. Muchas veces recé a tu lado, en gloriosa unión entre lo sagrado y lo profano. Esa misma calle – frente a la iglesia – me vio reír o llorar, me vio cargar con un recuerdo durante horas, para morir en la esquina de la cercanía.

 

Mi ciudad era tan inmensa que no podía abarcarse.

 

De las cosas que más duele; El Ávila. Refugio de duendes y almas perdidas. Templo inmenso con techo de estrellas, mirar al infinito desde su altura, era mirar el mundo de afuera hacia adentro y sentir el poder de re encontrarse con el todo. No había horarios, ni caminos certeros, la jugosa supervivencia de demostrarse a uno mismo que jamás se desliga de aquello, lo que animal nos aleja del hombre y nos transforma en etéreo. Caminos de agua, puentes invisibles de piedra, planicie vertical de vegetación, que te brindaba su mano cuando ibas a caer. El sudor de millones de seres nutriendo la tierra, y una que otra muerte – es necesario -. Sin fin de historias que no detenían a casi nadie, de volver, de entregarse, corriendo el riesgo de no salir de si mismos, pero como no tiene dueños, ese riesgo es tan efímero como el hecho de mirar el sol y quedarse ciegos, o saber que esa luna llena robará tu alma a cambio de un poco de paz.

 

La gente, el calor y el olor de esa gente, todo se confundía con lo tuyo, terrible canción  o canciones, que podía tararear – a inconsciencia- en un carrito por puesto, o la tonada un poco más refinada en el pasillo enorme del metro. El tren siempre llegaba tarde – no era el tren, era el retraso general, de millones de personas amarradas a sus horarios -. No a toda hora podías asegurar un puesto, especialmente cuando ibas lejos, tenías que soportar el balance que el movimiento producía al cuerpo. A veces ver una sonrisa era tan probable como ver una mariposa dentro de un zapato, sobre todo a la “hora pico”. En mi ciudad había hora pico para todo, por lo cual todos se movían en un constante ajetreo como si jamás se fuera a llegar al lugar destinado. Amantes que iban a encontrarse con su amado – muchas veces hice aquel papel de amante, descartando los minutos y las estaciones, con la impaciencia en la boca del estómago- . Gente de madrugada para ir al trabajo, a la universidad, o al colegio. También formé parte de este grupo, creo que era algo así como un símbolo vital de ser un joven clase media caraqueño. Tratar de entrar – o salir – ileso del vagón era una especie de agilidad, que aquel que no poseía  excusaba con improperios, que certeramente recibían la misma clase de respuestas. Mezcla de rabia y risa cuando se entra a las mil carreras y terminabas en el tren que iba en dirección contraria a la que debías ir, esto no era mayor problema cuando te bajabas en una de esas estaciones que poseía ambos trenes de lado y lado, pero – como en Plaza Venezuela- que ambos trenes estaban separados por; subir escaleras, un pasillo, y volver a bajar escaleras entonces era realmente un caos. Cuando gozabas del privilegio de sentarte, podías soñar un poco mientras tus manos jugueteaban con el ticket del metro, inclusive dormirte y pasarte tu estación de destino… De oeste a este: - Propatria, Plaza Sucre, Pérez Bonalde, Gato Negro, Agua Salud, Caño Amarillo, Capitolio (estación de transferencia: Silencio, Capuchinos, Maternidad, Artigas, La Paz, La Yaguara, Carapita, Antimano, Mamera – doble desviación: Zoológico, Caricuao, ó Ruiz Pineda, Las Adjuntas- ) La Hoyada, Parque Carabobo, Bellas Artes, Colegio de Ingenieros, Plaza Venezuela (estación de transferencia: Ciudad Universitaria, Los Símbolos, La Bandera, El Valle), Sabana Grande, Chacaito, Chacao, Altamira, Parque del Este, Los Dos Caminos, Los Cortijos, La California, Petare, Palo Verde.

  

Comerciantes en las calles –buhoneros -, una mitad con ganas de estar allí y la otra no, así se clasificaban los rostros según el interés definido. Muchas veces me dejé rodar sin rumbo alguno, mirando a todos lados, quizás buscando una cara familiar que hace mucho tiempo no se ve, o por el contrario entrando de prisa a alguna de las tiendas para evitar el - ¿Y cómo va todo en tu vida? ¡ tanto tiempo sin verte! -. Sí, a ti te hablo Sabana Grande, jungla definida por el comercio, que finalizabas en aquel empinado reloj de la previsora, según el sentido de vía que se eligiera claro está. Siempre o casi siempre estaban dando alguna película interesante en la previsora, ya que era la clase de cine que presentaba films poco holliwodenses. Estación Plaza Venezuela.

 

Interminables colas en las autopistas o vías principales¿ para que engañarse?, si caían dos gotas de lluvia la cuidad entera se trancaba, era saludable tener algo de buena música y una maleta repleta de paciencia, o caer irremediablemente en el histerismo colectivo y el mal humor. Niños o adultos indiscriminadamente vendiendo refrescos fríos y tostones de esos de bolsita sin marca, o algún periodiquero tratando de rematar lo que no vendió en la mañana. Y si era de mañana entonces vital deshacer cuanto antes de todos ellos, para culminar el día con un poco de dinero para la leche y la botella.

 

Hay lugares que te transportan al pasado con sólo olerlos. Patio del edificio en el que aún vive mi abuela: no sólo corrí mi infancia, viví mis fiestas de cumpleaños, jugué con mi perro y charle durante horas con mis amigos, sino también el lugar al que recurrí innumerables noches para hacer el amor, porque en la adolescencia uno no sabe ocultarse que no sea el lugar de costumbre. Así que de madrugada y a medio desvestir, también guardó mis gemidos de mujer junto a las carcajadas de la infancia. Sonrío al recordar aquel “templo sagrado tamaño miniatura” que fabricaste un par de veces con la tierra de las macetas, unos palitos, piedras y algunas flores chiquiticas.

 

En mi ciudad hay tantas plazas. Todas pertenecen a algún grupo de gente de hora y fecha variables en el tiempo. Yo fui proclive de la Plaza Francia, mejor conocida como “Plaza Altamira”, quedaba a unas cuantas cuadras de mi casa; dos de bajada y derecho unas… 4?, luego bajar una más y allí estaba. Niños, heladeros, patineteros, perdidos, encontrados, enamorados y desenamorados como en todas las plazas. El Obelisco era el punto de coincidencia de citas, sin importar el término de estas. Recuerdo haber grabado– con una llave -, mi nombre en uno de aquellos bancos de piedra color cemento. Podías ubicarte de manera de ver a toda la gente que salía del metro – estación Altamira -,  o sentarte cerca de una fuente que por lo general estaba vacía, ver a los pequeños o amantes, jugar en alrededor de esta. Lugar apacible por las noches, especialmente por ser la sede de la policía de Chacao, mirar de reojo a todos aquellos uniformados que no podían considerarse precisamente amigos, bueno, eso dependía en realidad del aspecto de cada cual, podría decirse que en mi ciudad se llevan mucho por la apariencia, y la mía no era precisamente la mas adecuada. Siempre en jeanes, franela, zapatos de goma o botas, alguna chaqueta grande para mi frío imaginario, la comodidad como asunto primordial ante todo.

 

 Los zoológicos de mi ciudad vagamente los recuerdo, supongo que fui un par de veces de niña, pero nunca más volví. En el Parque del Este habían unos pocos –pobres- animales, siempre con aquellas facciones tristes, mayormente pájaros encarcelados, y un serpentario que estaba cerrado casi siempre. La fauna podía apreciarse mayormente en las calles, perros y gatos deambulaban por doquier, o por doquier la mayoría moría de hambre y buscaba algún refugio seguro. Pájaros y mariposas en la medida común de una gran ciudad, inclusive alguna pereza o ardilla retozando en un árbol, siempre había tiempo para detenerse y contemplar.

 

 Aruflos, otro pequeño parque con buenos recuerdos. Parte final de la Floresta, urbanización compuesta netamente de casas, en la última calle se encontraba el parque, era más bien como un caminadero de unas cuantas cuadras a lo largo, compuesto de bancos y grama, árboles y alguna piedra. Desde los bancos podías mirar los carros en la autopista, y un poco más allá esta el Aeropuerto La Carlota. En aquella zona recibí mis primeras clases de manejo, al igual que muchos otros. Tomé vino, retocé en el suelo, y disfruté de las estrellas en más de una compañía. Amaba caminar hacia ese lugar, aceras que consideraba como lugar maravilloso. Azotea donde redescubrí la magia, pertenecía a una de esas casas – Mi refugio- lugar en el que vivió mi mejor amiga de la adolescencia.

 

Ateneo de Caracas – estación Bellas Artes –, y como su propio nombre lo indica era el lugar de reunión de artistas, vagos y otros. El ateneo se hallaba lleno de muchas cosas, estaba el Teatro Teresa Carreño, uno de los teatros principales de la ciudad, se presentaban artistas de toda clase, obras de teatro, conciertos, sinfónicas, etc. También estaban los museos: M.B.A. – Museo de Bellas Artes- , el Museo de Ciencias Naturales, y la GAN – Galería de Arte Nacional -,  divididos por una gran plaza en el cual jugaban los niños y caras extrañas y conocidas se confundían con la tarde. Dentro de la GAN estaba “La Cinemateca Nacional”, pasaban videos de todas clases y películas underground, el precio era bastante más bajo que en los cines comerciales. Siempre había ciclos de cine de alguna especie, inclusive llegué a ir a películas gratis en aquel festival de cine Argentino que jamás olvidaré. Justo al lado de dicha plaza, fácilmente llamada “la Plaza de los Museos”, se encontraba el Parque Los Caobos, nunca me gustó mucho ese parque, no sé porque, pero aún así llegue a ir un par de veces. Para conectar la plaza y los museo con el ateneo había una especie de pasillo donde en mi buena época se instalaban los artesanos, a vender todo tipo de cosas hechas con las manos, hasta libros, inciensos, etc. Luego te encontrabas con el Balzac, otra mini plaza que era como decir el centro del ateneo, bajando las escaleras que seguían de la taquilla, habían 2 salas de teatro y la librería. Afuera también se encontraba el café Rajatabla, cercano a los espacios abiertos del Teresa Carreño. Ese café tampoco me gustaba mucho, y eso que pasé muchas horas en aquel pasillo de artesanos. Mis amigos hacían “Mandalas”. Un Mandala es un objeto de meditación hecho con alambres, donde puedes hacer diversas formas y jugar con el.  La magia del ateneo era especial, ya que no era sólo la magia natural de la tierra, sino el mezclote de la magia de cada uno de los seres que lo habitaban. Siempre me iba de allí con una sensación extrañamente agradable. Estación Bellas Artes. 

 

Parque Cristal; conocía a la mayoría de la gente que aún me sueña. El María Auxiliadora, colegio inmenso donde viví los primeros años del bachillerato. Peculiar olor de un sótano transformado en salas de ensayo “Studio Play”. Los perros calientes en la calle, “el Naturista” donde consumí innumerables birras.  El Hatillo y churros con chocolate, su plaza Bolívar, inclusive un pequeño bar donde pasé algunas noches con buenos amigos.  Prados del Este, los Próceres en el que tantas veces monté bicicleta. La UCV “tierra de nadie”, espacio abierto para el ocio y el cielo,  universidad que me dio algo tan distinto al estudio. Casa de la poesía, de allí salieron mis primeras palabras bien dichas. Plaza la Castellana, siempre el lugar concurrido por quienes participamos de aquellos talleres, o quienes se emborrachaban en el León y decidían caminar un poco. Doors, lugar nocturno al que siempre buscaba la manera de entrar con una minoría de edad tatuada en la frente. Centro Plaza y sus pequeñas tiendas, era de los pocos centros comerciales en el cual era agradable sentarse a conversar. El Centro de la ciudad, lugar en el que podías llegar a perderte con facilidad, la gente caminando con prisa, los buhoneros a los lados, el Congreso, los gritos, el ruido, al llegar a la plaza – La Plaza Bolívar o Plaza del Centro -, encontrar cantidades de palomas pululando en el suelo en busca de una miga de pan. El Centro Cultural la Estancia, donde aparte de exposiciones sobre cosas curiosas y conciertos al aire libre, también regalaba un hermoso espacio abierto para sentarte en la grama a disfrutar de la bóveda celeste. Las Cuevas del Indio, testigos de tantos rituales mágicos. Calles de Chacao, siempre tan nuestras, Las Mercedes, lugar que jamás encontré como mío, principal cede de la rumba y locales nocturnos caraqueños. Allí también había una plaza, en mi niñez la frecuentaban en especial los patineteros. Mi ciudad amaba las plazas o quizás sea yo la adicta a nombrarlas. Panaderías, lugar clásico en el que podías encontrar toda clase de pastelitos, dulces, panes, habían panaderías en todos lados, yo adoraba los cuarticos de jugo de naranja y la malta, y un cachito no caía mal a ninguna hora.  También era algo adepta las librerías ¿tendrán ellas la culpa de que sea escritora?, ¿o la tendrá mi locura conjugada con mi fecha de nacimiento?. La Universidad Católica Andrés Bello; tan verde, tan cuadrada, y la Univ. Simón Bolívar; inmenso terreno demasiado cuidado, con gente demasiado diferente a si misma. El Centro Cultural Consolidado, ahora conocido como “Corp. Group”, y un piano de cola blanco al final de la sala de conciertos, a algunos de los mejores poetas de Latinoamérica los vi recitar allí. El Poliedro de Caracas, se daban grandes conciertos de toda clase de música, más de una vez perdí la voz al cantar a todo grito alguna canción conocida – finalmente en vivo -. Ir por la Cota 1.000 a una velocidad indecente con Armando y el resto de los panas, escuchando buena música y dejarte llevar. Mi cine favorito era el Cine Altamira,  hasta que lo clausuraron junto con el edificio entero por estar inundado de ratas y graves problemas en referencia a la estructura del mismo ¿esas cosas sólo ocurren en mi ciudad?.

 

Cómo se extraña a veces la vena del pasado, ahora que lo reflexiono podría no detenerme de describirte jamás, la conexión in etérea de lo que nos hace intrañable, nuestros. Ahora que estoy lejos sólo puedo pedirte que me conserves un poco más aquella manera de desdoblarme, de sacudirme, de tropezarte conmigo para saberte aquí, a miles de kilómetros de distancia. No pienses que me despido, aunque sé que llorarás con mi lluvia infinitas noches de ausencia ¿recuerdas? mi dulce travesura de hacerte llover sólo una cuadra, y en la cuadra siguiente un sol escandalizadamente sonreído por lo que hacia. Guarda mis huellas y mis canciones de la niñez, escoge un río pequeño y hecha algunas sales protectoras, no te dejaré de soñar mientras me sepa viva. Tú pequeño ser humano que alguna vez irá a visitarte para saber con certeza que jamás morirás en ella.

 

¡CARACAS TE QUIERO!

 

Fotografía: Maiquel Torcatt


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