Cuando llegó al aeropuerto, no podía sacarlo de su mente, ni dejar de buscarlo entre la gente que pasaba. La fila para hacer el chequeo fue larga, además de no saber si tendría que pagar el sobre peso, cosa poco conveniente para ella. Llegada al mostrador, tuvo que comprar un pasaje de regreso (ella pretendía entrar al país, no salir de él), y el sobre peso le fue exonerado. Las valijas pasaron sin problema alguno por el rastreador, y finalmente estaba libre para dedicarse a su búsqueda, esos minutos antes de embarcar. Nada, miró en todas las direcciones y no lo reconoció en ninguno de los rostros allí azarosos. Ya con la esperanza resignada, justo cuando iba a ingresar a la sala de espera – inaccesible para aquellos que no van a viajar -, lo vio sentado a lo lejos, como esperándola desde siempre, como sabiendo que ese día de su vida se congelaría allí, para separarlos indiscriminadamente. Soltó lo que tenía en sus manos y corrió a sus brazos, sus ojos se llenaron de lágrimas, nunca antes sintió su corazón latir tan fuerte como ese instante. Tenía una bolsa llena de pequeños chocolates

 

 -         Son para vos, cuando se te acaben te enviaré más.

 

El reloj en contra y ellos ahí, doliéndose profundamente.

 

-            Tengo que irme.

-      Lo sé, cuídate mucho por favor, y no me olvidés demasiado pronto.

-         No lo haré.

 

     Se besaron con el mismo temor que lo hicieron la primera vez, sabiendo que algo dentro del otro cambiaría a partir de ese beso, quizás la vida les había regalado el mostrarles la utopía del complemento perfecto, en aquellas pocas semanas habían entregado más, de lo que entregaron a nadie en sus vidas.

 

     El “Te Amo” quedó implícito en el aire, ella partió con lágrimas en los ojos, y mientras despegaba el avión, lo imaginaba mirando hacia el cielo, conteniéndola en sus recuerdos.

 

    Han pasado muchos meses después de eso. Evidentemente no volvieron a tener contacto, aquella bolsa de chocolates duró lo que pudo, cada vez que comió uno, que regaló uno, o inclusive que los compartió con su pareja, él estuvo presente de alguna forma poderosa. Los chocolates finalmente se acabaron… excepto uno, que conserva en su mesa de noche, porque siempre supo que no recibiría otra bolsa.

 


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