De rodillas… el arma fría y dura contra la sien, presionando mi cabeza, una pared del otro lado haciendo la contraparte. Aún así trataba de mirarlo a los ojos, de intimidar su poca humanidad, comprobándolo notablemente por las gotas de sudor que corrían por su cuello. Era tarde, ya era demasiado tarde para cualquier cosa que de la cual arrepentirme, pero no me importaba demasiado, porque no me arrepentía de nada; ni del llanto, ni de la sangre en las paredes, ni de los gritos de terror suplicando clemencia, ni de esa última mirada – esa – valía cualquier sacrificio a pagar.

 

Los minutos pasaban sin apuro, aunque estaba esposada evidentemente mi sola identidad le causaba demasiada impresión, como para permitirme ninguna cosa. Me oriné encima. Por largo rato cerré los ojos, como si pudiera dormirme en semejante posición con la muerte sonriéndome en medio de mi oscura demencia, haciéndome gestos de que se acercaba mi hora, que estaba lista, que me deseaba con ella y por más, que no era la única que me esperaba despierta. Quién sabe si alguien pueda cobrarme su vida más allá de ésta. 

 

Pero mis pensamientos era lo único que se movía en aquel desolado lugar, desolado, él y yo, nada más. Mis rodillas comenzaron a sangrar, así que me dejé caer sobre mis piernas, el movimiento lo hizo reaccionar con violencia, pero  ¿qué más daba? Que terminase de una vez por todas lo que ocurriría sin lugar a dudas. No me disparó, evidentemente había un precio demasiado alto por mi cabeza, y no era precisamente a él a quien le tocaba cobrar la recompensa ofrecida.

 

Finalmente llegó el resto. Se escuchaba ladrar a los perros desde lejos, como si yo fuese un conejo al cual necesitasen atrapar. Pateó mi estómago para hacerme volver a la posición anterior, y se irguió orgulloso ante su hallazgo ¿qué se sentirá ganar un trofeo para otro? Todas mis victorias fueron sólo mías, nadie más podría sentir semejante satisfacción ante un cadáver que acaba de ser mutilado por mis dientes.

 

El “jefe” llegó hasta el lugar con ínfulas de dios con el poder en la mano, me tomó de los cabellos y me arrastro algo de un kilómetro hasta llegar a la jaula donde certeramente sería trasladada. Seguí sin entender para qué tanto proceso. Yo no tenía oportunidad de nada, era culpable, y la condena podía ser sólo una: me temían demasiado para conservarme con vida.

 

Allí me eché como un perro, buscando dentro de mi mente alguna pútrida forma de disfrutar de los últimos minutos de vida. Me sentía muy débil, hacía más de doce horas que no consumía ni una gota de sangre, pero, no debía protestar demasiado, al menos todo ocurría dentro de mi territorio, como si la impune luna se aliara conmigo para verla por última vez.

 

Nos detuvimos. El sonido del roce de las armas contra el metal hirviente y el ladrido nuevamente, me hicieron dejar de lado mis ansiosas cavilaciones. Esta vez me trasladaron con jaula y todo. Un galpón inmenso y oscuro abarrotado de cosas, parecía ser el lugar del dictamen. Me llevaban a los tumbos, me escupían, se burlaban, me apuntaban una y otra vez, buscando con desespero ver algo de terror en mis ojos, pero lamentablemente para ellos, ni un segundo les di ese placer.

 

Dejaron caer con violencia la jaula en el suelo, soldaron estratégicamente los puntos de escape, y colocaron un pesado cartel de acero en la parte delantera de mi encarcelado recinto. “Vendido”. Respiré profundamente complacida.

 

Seis horas más tarde un inmenso demonio sonriente, de dos cabezas y a cuatro patas, pagaba un precio lo suficientemente justo por mi alma. Cuando pasó a mi lado me lanzó una rata viva por entre los barrotes, la cual devasté sin siquiera pensarlo.

 

La trampa. Estaba hecho, el círculo se había cerrado perfectamente y yo iba de vuelta a mi maravilloso infierno, sobre las piernas de mi amo.

 

Más pronto de lo que creían, volveríamos a olernos las miserias.

 


Literaberinto | Preludio | Deceso | Onironauta | Inconmensurable | Me voy | Inicio

Copyrigth 2002© Todos los derechos reservados