Ella se fue en medio de mi tormenta personal: soy egoísta, lo confieso.
Han pasado cinco años, y de nuevo tan cercana por algunos días.


Mi cabeza retumba un pasado que no fui capaz de manejar, ni siquiera ahora, que ella está, podría volver a sentir el olor de su piel y algo impetuoso me detiene, me congela en mi caja, en mi zona de confort, donde me refugio cuando siento miedo.

 

Siempre nos elegí fantasmas en la sombra del otro.
Ella es como un símbolo al que volví mil veces en busca de significados para encontrar siempre lo mismo: y su imagen en el espejo.


Por eso me callé tantas veces, aún ahora reconozco que sigo apegado a los antiguos mecanismos de apareamiento.


Nada tenía que hacer, era una marioneta de sus hilos; cuando se trepaba a mi ventana y me hacía abrir los ojos en sus ojos, abría mi boca y ya estaba en la suya y así sucesivamente.

 

Espero de la misma forma que ella venga a mi cama, como hipnotizada por algún guía que desconozco.


Demasiado tiempo entre nosotros,  sigo sin comprender este culto absurdo que le mantengo a sus ausencias.


Pero no puedo culparla, yo también me habría dejado en aquella época, en ésta época, y en todos los estado de tiempo-espacio en los que he existido.


No voy por su rostro, me sigo escondiendo de esa luz del día, que ella esculpe en mi sangre.

 

Cuerpo, sufriendo la presencia intáctil ¿hasta dónde el sacrificio?¿hasta cuándo la indómita verdad de tener que hacer, para obtener alguna cosa?.


Fumaba el cigarrillo con una concentración.... como si en eso estuviese la salvación del Dalai Lama. "Se puede vivir sin pensar", sin pensar, sin hablar, sin salir de la casa, sólo esperando una llamada que no provenía de ninguna parte, más precisamente un rostro en la ventana, un llanto a gritos, un volver, un dejarse.

 

"... llévate contigo mis heridas... en espera de que vuelvas y tal vez vuelvas por mi..."


No existía otra forma: esperar.
El tiempo transcurría en vano: ella era la única mujer que el verdaderamente había amado, también era la única por la que se permitía beber el sufrimiento gota a gota, siendo a su vez una intragable espina.

Tenía la garganta recubierta de piedra maciza: el corazón.

A menos que ella...

  

- En el entre tiempo de mi risa tú, mariposa de alas sentenciadas-.

  

Una cama llena de cartas y dos cuerpos que se aseguraban ajenos. El silencio les aplastaba la cabeza. Ella re leía las cartas una por una, con expresión seria, él la miraba esperando alguna clase de sentencia burlesca. Cualquier cosa era posible, hasta que una lágrima brotó de sus ojos, y entonces Santiago finalmente sintió alguna clase de paz.

 

Todo el azar de lo inesperado volvió a ellos, todo el tiempo no vivido desapareció dejándolos indefensos, él inmóvil, mientras ella jugándose un poco de alma, se acercó y lo besó en los labios.

 

La oscuridad, un cielo cubierto de estrellas artificiales, el olor a incienso del día anterior, no importaba cómo habían llegado allí, y ella reconocía los objetos de su infancia en la vieja biblioteca, como mínimos trofeos capaces de darle toda la libertad, toda la vida de vuelta en un único abrazo.

 

Mirarse a los ojos otra vez, sonreírse, acercarse, besarse por primera vez después de tanto tiempo, encontrarse con las lenguas húmedas, reconocerse, quedarse allí largo rato, en unos besos que comienzan a dar paso a lo real, a lo que viene con impulso desde adentro y entonces una de las bocas muerde el labio inferior de la otra, y entonces se ha dejado caer la pesada roca que mantenía al animal encerrado.

 

 Las dos bestias son liberadas y se encuentran, en la sangre en los labios de él, en los cabellos de ella en su mano, el poder de la carne deshaciéndolos, gimiendo entrañablemente, partiendo del dolor que lo carnal permite prodigiosamente, controlándose el uno al otro, siendo en intervalos de tiempo breve; cazador y presa, predador y víctima, ave de rapiña y cadáver, que se levanta tras el prolongado orgasmo y va directo al baño, a mirar su rostro en el espejo, para descubrir con un hilo de rencor lo que tanto temía: Maldición, sigue transformándome en otra después de poseerme, sigo siendo suya...

 

-No tenemos derecho a extrañarnos, no lo olvides-.

 

 Virginia pisó de nuevo el suelo de aquella maldita ciudad que le había arrebatado todo y del mismo modo - quizás un poco de venganza absurda- ahora bebía de su propia sangre. Un ser que arremete contra sí mismo y se hace proclive de la autodestrucción.

 

Huiría a tu casa ahora mismo - tres de la mañana-, para despertarte como tantas veces lo hice, no para hacer el amor, sino para jugar al ajedrez en medio de ésta calma absurda, para hacer sufrir a tu reina, para dejar a tu "torre de marfil irresolublemente extensa" sin capacidad de movimiento ante mi peón.

En lugar de eso, fue al estudio de su madre, tomó un revolver y se suicidó. Quedando atrapados: los de él, los de ella.

 


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