Mi sueño era tan débil como el vuelo de una mariposa de cristal, que sólo dura en el aire un instante de vida antes de caer y hacerse añicos contra el suelo. El Mago, no pudo evitar que abriera los ojos y lo observase en silencio, como quien finge demencia al presenciar un atroz asesinato. ¿Qué podía hacer?, ¿acaso detenerlo? Jugarme mi suerte a sabiendas de que lo mejor que podía pasar, era salir sin ojos de aquella habitación, ya que una ciega jamás podría ser testigo fiel, de un suceso ocurrido en el más profundo silencio de la noche. Así que lo dejé, lo permití, e inclusive tuve el valor de disfrutarlo por micro segundos, como si la sangre que corría por el suelo no venía de la misma fuente que la mía. Pero yo no había sido elegida, y debía sentirme orgullosa por ello. Entre tanto el Mago se dedicó simplemente a ejercitar lo ya tan habitual, podría compararlo con algún acto de magia prohibido a los ojos humanos, de igual manera, no creo que ningún humano hubiese sido capaz de presenciar tal cosa. Era un verdadero arte lo suyo.

 

Lo primero que hizo fue percatarse de su conciencia; algo dentro de ella lo presentía, no había podido dormir desde que yo tuve uso de razón, pero yo me mantenía inocente ante su más prodigiosa angustia. Apenas el Mago entró en la habitación, ella se puso de pie y lo miró cara a cara, era un desafío que sólo se podía permitir en esas circunstancias. Luego se dio la vuelta, presintiendo el primer acto de aquel ritual cuneiforme, en donde sus alas serían arrancadas pluma a pluma y cada gota que derramase simplemente simbolizaría el renacimiento que daba paso a la muerte. Dos mil trescientas veintisiete plumas conté por cada ala, acompañadas del mismo número de lágrimas reteniendo la ausencia de la voz.

 

El segundo acto era insospechado, el Mago abrió la piel en lugares estratégicos y fue desmembrando el interior del cuerpo vena a vena, como si éstas no fueran más que un frágil hilo de araña que se enredaba en las manos del Mago, sin pudor o paciencia.

 

Para el tercer acto se le dejó sin alma, fue algo tan rápido y tan garrafalmente doloroso, que sólo entendí lo que ocurría cuando vi como se desfiguraba su rostro, en una mueca agria y estridente. Entonces deduje que ya sólo era discernimiento, y que esa era la última tarea del Mago, el acto con el que cerraría la danza y haría desaparecer todo vestigio de aquella inmortal existencia.

 

El cuarto acto simplemente fue macabro, todas las viseras se revolvían en mi cuando el Mago la hacía tragarse su más asqueroso veneno, hecho de trozos de carne humana claramente definidos, bañados en lo más putrefacto que poseía la razón, delimitando así su locura sin retorno, y dejándola acabarse a sí misma con desespero, arrancarse los ojos, las uñas, la piel de los pies utilizando como única arma unos dientes infectados de odio y violencia. Tres horas después ella misma se había dado su muerte absoluta.

 

El Mago dejó todo autoritariamente impecable y volteó a mirarme con la más pura de sus sonrisas. Desde aquel día no he vuelto a cerrar los ojos, y veo con tortura como cada día va creciendo en mi vientre la marca inexacta de que algún día mi propia hija entenderá, porque su madre jamás ha podido conciliar el sueño y ese día de la misma manera que yo hoy lo he hecho, presenciará mi  ritual de muerte.  ¿Cuánta pureza se obtiene de la belleza disfrazada de miedo?

 

- Todos los ángeles llevamos una maldición a cuestas: Quién logre conciliar la paz del sueño después de vivir al Mago, tomará su lugar y deberá aprender a vivir sin pudores al realizar su trabajo y vaciar el inframundo de los execrables hechiceros, que nos condenaron desde el inicio de nuestra era. Hasta el sol de hoy jamás ningún ángel ha podido con ello. Es cierto, quedamos menos ángeles, pero llevamos más venganza por dentro.

 

 

“ Y todos vivimos infelices para siempre...”

 


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