Hay que quemar todos nuestros puentes
hay que abandonarse al deseo
dejar que la vida se acople
no con la lógica
sino con aquello más fuerte
que nos rompe
y hace
que quememos nuestros puentes
en una noche
a mitad del jazz más triste del planeta
en los ojos desconocidos
del mañana
que quizás
quede
en otro cuerpo
ajeno pero complaciente
rodando en espirales
y locura
de ese maravilloso estado
de ya
no ser
 


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