He pasado cuatro días de vacaciones en Mérida, para recibir el año nuevo aquí, en familia. Estuve visitando varios sitios en Internet y me topé con viejas voces en las que pude reconocerme. De paso, traía lecturas que quería revisar aquí, con la calma que fuera posible -que no fue toda la que quise, después de todo-, y creo que volví a encontrar un tono del que me había divorciado, en cierta medida. Espero comentarios.

El pulso asombroso de esta sangre hecha de manuscritos y miniaturas me arrastra a las catedrales y a las pequeñas capillas que cunden la montaña y los pueblos. Los ojos -divididos en cristales y en mandorlas sorprendidas, cortadas en blanco y verde- se me llenan de lágrimas y de cantares. No reconozco del todo sus notas, pero sé que pertenecen a las crudas melodías con las que los primeros hombres habrían de danzar largas horas -de día o de noche, poco importa- al caer en la cuenta de las estrellas, de las estaciones y del aparentemente anónimo ir y venir de la vida. Entre las rutas y la voz de la entraña, en las bocanadas de mi cansancio se me escapan letanías y mis pies descubren inéditos malabares entre el oleaje y la arena de las preguntas (un reloj de arena, precisamente, quizá me asentaría los pasos en esta ruta desconocida. Me pregunto si el legendario San Brandán llevaba alguno, pero dudo que los cronistas se hayan fijado bien). El viento me desnuda la frente -amo hallarla amplia, esperando el beso de algún ángel hermano-. Le ruego se lleve lejos la recia encrucijada, la duda de hierro, la contradicción como un roble, la mancha tenaz en la camisa blanca, la herrumbre entre los dientes, el pálpito feroz de las arterias. Que deje todo pendiendo de una alambrada, de una veleta, que la disuelva como un puñado de polvo en un ciclón y pueda yo quedarme masticando una hebra de grama bajo las cañas y los papiros. Que me deje las pestañas arrulladas como mieses en la hora vespertina, entre monodias, silbos y gritos de entre las piedras. Sin quimeras que arrastrar, sin deseos que me hagan estallar las venas, sin palabras hirientes en el cielo de la boca ¡Estoy tan rendido que podrían crecerme raíces en las manos antes de que me diera cuenta! Me siento en esta tierra a esperar que mi alma sea zurcida de nuevo por un par de manos amantes e invisibles que bien conozco.


Antaño, no tenía necesidad de levantar las paredes de ningún santuario. No conocía la paz que retoza entre las viejas columnas. Caminaba estúpidamente, orgulloso de mis heridas, procurando abrirlas cada vez que pretendían sanar. Un encuentro fatal, una entrega desmesurada, una pretensión soberbia. Buscaba con la voracidad de los lobos el modo fácil de desangrarme en las pequeñas avenidas y arroparme, patán, con la lástima de aquellos que me profesaban amor y amistad ¡Ah, yo, triste vasallo del feudo de la idiotez contumaz, de una fiebre canina, de la rapacidad de los buitres y la ridiculez absoluta de la maldad! El pecado es absolutamente aburrido, me confesaba un monje: se repite constantemente. La creatividad es exclusiva del Espíritu.


El buen tiempo de la reconciliación ha llegado. Ya pero todavía no -en la lengua de los teólogos- y encuentro mis brazos ajustándose a la estrechura de mis hombros débiles y antaño asmáticos. Es un alambique, este tiempo, y hallo el zumo de mis venas hecho de mil cepas distintas -a todas ellas les debo las gracias y un quitarme el sombrero para dejarlas pasar. A algunas pocas las acompañaré con un grito y un reproche y un amago de castigo por las amarguras recibidas, y procuraré dejarles bien en claro que, lamentablemente, por ahora en este pecho no hay posada. Los primeros hombres la han querido limpiar poco a poco, sin hechizos y con agua suficiente para tratar de sacar las manchas sobre las piedras ¡Ay! ¡Esta abrasadora lejía en el corazón! (Hay ocasiones, dicen los que saben, en las que el corazón no es más que una llaga encendida en la sal que otros tiempos, bárbaros o no, dejaron caer ¡Ay, paradoja de la sal! ¡En su ausencia, los sabores se nos hacen tan leves! Mi paladar, a veces, se decide tan primitivo)-.


Me vestiré la piel de cobalto, abriré los ojos y ataré los apetitos más salvajes: la competencia, el atropello, la codicia, el dolor por el bien ajeno -casi repugna mirarle de frente (a veces sueño que es empresa única de reyes o de mendigos, y deliro: ¿qué puedo hacer, pequeño y estúpido burgués desde la cuna, acarreando el vicio de las monedas y la honra, sino unirme a uno de estos dos bandos? Maldigo el peso de mis ropas y te llamo, Buena Pobreza, para que traigas la llave de este grillete). Desenterraré el hacha que, estoy casi seguro, abandoné en el jardín cuando rodeaba los catorce años, enloquecí, y comencé a destruir mundos en los que la espalda y la cabeza ya no cabían -estaba hinchada, esta última, y mis amigos bien lo saben-. Me levantaré sobre la mínima punta de mis grandes pies para tratar de ver más allá del primer camino y le rogaré al Buen Dios que se ocupe de mí, con la plegaria de una amada amiga judía: Sopórtame, Señor . Ya no sé yo, Dios mío, cómo continuar el dibujo de mis días.


Misericordia quiero, y no sacrificio, has dicho, en este ciclópeo cruce de caminos.
 

Enero 1, 2002


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