16.


              De nuevo en la calle A. Era, literalmente, volver con la frente marchita y las nieves del tiempo plateando mi sien, o algo por el estilo. Viejo barrio que tenés el alma inquieta de un gorrión sentimental. Era noche temprana, todo a media luz, a media luz los dos, los dos mi vaso infinito de café hirviente y yo, soplo de nuestro espíritu indomable. Estaba frente a la casa de Isabelle. Isabelle, tan torcida. ¿Qué sería del alma confusa de Isabelle?

-  ¡ Isabelle! - grité. Tardó un poco en asomarse. Me reconoció en seguida y bajó a abrir la puerta. Niebla del riachuelo, amarrao' al recuerdo, esa misma niebla que me calaba los huesos y me obligaba a refugiarme en el humo cálido del café era la que se cernía sobre las palabras de esa noche. Me escondía en el abrigo lo más que podía, como Isabelle hacía lo mismo tras sus muecas de mujer vencida.

- Me voy Santiago, me voy a ir lejos.
- No creas que haré fiesta, pero tampoco te voy a llorar -
- No, no, yo sé ¿qué haces? -

La cara de Isabelle se me antojaba acusadora, punzopenetrante como el olor a quemado. Ya sus manos mentirosas e ignorantes empezaban a sacar largas y penosas astillas del tronco caído que era yo entonces.

- Me adapto. No es nada fácil-
- Se te ve más claro desde que volviste -
- Estoy a punto de indigencia-
- Nadie confía en un muchachito caminando por los puertos ¿huh? -
- No, nadie. - la cabeza gacha, los dedos entrelazados alrededor del vaso, quemándome las palmas.
- Ni siquiera Raquel ¿huh? -
- ¿ Es vox populi?
- No, pero toda la calle Florida lo vio -

        En sus muy mal escritas cartas me contaba de la vida del puerto. Así, el frente supo de la vida de Raquel hasta donde mis mentiras y los ojos y oídos de Isabelle lo permitieron, y la bayoneta fue testigo de mil muertes en nombre de mi arrojo. Y de Raquel, aunque a ella le importara un demonio. No era cuestión de enorgullecerse. Al fin y al cabo, Isabelle sólo lo hacía porque estaba enamorada de Raquel y de mí desde hacía mucho tiempo, casi desde niños. Sólo lo hacía para hacerse una imagen de sí misma lo suficientemente atormentada como para justificar el fracaso. Lo que nunca supo es que todo esto consiste en saber que la meta no existe, en que todos - si es así- hemos fracasado desde siempre.

- Sí, claro, ¿a dónde te vas?-
- Lejos, déjalo así, no importa- claro que no me importaba.
- ¿Nos vamos a algún rinconcito arrabalero?-
- Ve tú si quieres; yo me voy esta noche-
- Ah, bien. Supongo que fue bueno verte antes ¿sabré de ti?-
- Sí, creo que sí-
- Si precisás una ayuda, si te hace falta un consejo.-
- Sí, sí, yo sé-

       Me fui a la calle Chile. Todos en la cuadra eran inmigrantes como mis amigos y yo, y corrió el vino y sonaron los bandoneones al son de un recuerdo querido, como para ponerse a llorar cuando la farra decae, cuando la melancolía borracha obliga a encaminarse hacia la cama vacía con el cansancio y la esperanza y la iluminación atados a las trenzas de los zapatos. Isabelle únicamente molestaba como un mosquito, nunca la tomé muy en serio aunque a ratos me sentaba a hablar con ella: escucharla era como sentarme cómodo en una gran butaca para escuchar en perfecto surround y pleno technicolor una versión diferente de mi vida, repleta de detalles más acuciosos  de los que yo mismo podía recordar. Era tan absurdo que daba risa. Esa noche los inmigrantes de la calle Chile y yo tiramos a la marchanta los morlacos de los que disponíamos.


E Isabelle finalmente se cortó las venas, inundando de sangre el lavamanos.

 

 Daniel Esparza.

 


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