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      Me hiciste sentir plena. Con una plenitud efímera. Una plenitud que no es ni  mía ni tuya. Como el segundo en el  que cae la primera gota de lluvia. Como la paz después de la hostia (si sabes a lo que me refiero). Una plenitud que no puedes comprar con palabras, ni siquiera ocultar bajo el silencio. Un preludio a la muerte. La muerte misma, la sagrada muerte. De sonrisas no besables.

 Perdonando respuestas sin preguntas. Tranquilidad hecha de complejas estructuras no materiales. Como el agua. Conociendo el sabor, más no saboreables.

        

        Cumpliendo con códices no establecidos. La plenitud que te deja la hoja sin caer. Miedo que nos dejó solos. Caer. Caímos de nuevo sin tocar el piso. Lamimos las alas de las mariposas y ellas nos permitieron morir muchas veces. Y la gota rozó nuestro cuerpo. Un cuerpo inventado para sentir tu plenitud.

        

        Magnifica sensatez de separarnos por completo. Sabiendo que despertamos sin poder existir. Negación de todo lo que me rodea. Negación de ti. Cantares de voces extrañas que penetran en lo más profundo de mi alma. Plenitud de la que jamás se puede vivir.

 

         Silencio, silencio, calla, sonríe, luego llora a solas con mi sombra.       

Únicamente danza, danza de mi.


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