Caigo
 

Sonrío,
ya no temo revolcarme en hojas secas,
sin mancharme de azules que inundan la piel.

La montaña incandescente se desploma
espléndido es el silencio del cuerpo.

Mis manos conocen el camino de regreso mejor que mis pies.

Soy ciega a las aves en solitario,
a la muchedumbre en las calles de París
a las lecturas en las bibliotecas
a los sonidos regocijantes que explotan en un sin cesar de colores,
multiplanicies
y el mágico cantar de un saltamontes.
 


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