Aprendí a satisfacerme de sentimientos que revientan la piel con una sola mirada.
Me acostumbré a morir en cada caricia
y eso ni siquiera fue más fácil cuando me veía obligada a nacer.

Lo que cultivé la verdad no importa,
supersticiones baratas fueron mi alucinógeno por mucho tiempo
y eso me llenó de injusticia – la justicia no existe -.

La flor que renace del otoño marchito,
la única fibra de calor que nos dejó la nieve de antaño.

Jamás olvidaré aquel amanecer violento
que acabó con mis noches de sonreída maldad.

Alcancé mi propio mundo.
Para nada igualmente hoy me derrito en blancos espacios.

 


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